sábado, 12 de enero de 2008

Narración

Autora: María Neder

L A V I S I T A
En aquel momento le pedí besáme. Su mano tenaza caliente fue a mi cintura y con el otro brazo comenzó a presionarme la espalda hasta hacerme cimbrar, la mano de ese brazo se movió enloquecida rastreándome, llegándome al cuello y subiendo agazapada entre mi pelo. Había un impulso detestable, una urgencia rozando la belleza, porque mordía mis labios con la pasión no cotidiana, casi anclados los dos en la vereda y la gente caminando y el taxi habría pasado frente a nuestros cuerpos y su lengua buscando mi garganta en un ahogo maravilloso mientras la saliva me goteaba y su barba se dejaba humedecer y me achiqué en su cuerpo, acepté el abuso y me dejé y sus dientes tironearon hasta el último dolor insoportable, me temblaban las rodillas pero él estaba pisándome los pies para contener mi caída, la ilusión de no ver más, alguien lo había dicho antes y yo lo sentí, que había sido suya en todo momento, en el ahogo y la sangre brutal, volcánica, ya con baba y todo fue un mismo líquido. Alguien que habrá pasado frente a nosotros dijo mirá mirá. Neil se separó dulcemente y escupió mi lengua hacia el cordón de la vereda. Después buscó un pañuelo y me tapó la boca.Dos días antes Paul llegaba, de Francia, sin aviso y haciendo sonar el timbre del portero eléctrico en medio de un desayuno casi idílico, y sin exageraciones. Una sabe de qué halo se cubren las cuestiones de rutina para lograr tener tintes idílicos. Con semejante timbre desafinado yo me había asustado más que Neil porque últimamente nos perseguía la mala racha (dos días antes, a la misma hora, habían venido del Juzgado para entregar una citación). Paul tuvo que subir porque somos atentos, porque ni Neil ni yo sabemos decir no, porque qué bien Paul aquí desde tan lejos. Porque no sé qué mecanismos Paul estaba sentado en uno de los sillones tomando café y diciéndole a Neil que estaba acá porque yo había estrenado una obra de teatro y yo pensando qué mierda le habré dicho a este Paul y no recordaba y no hubo caso, aún no lo recuerdo. Aunque con seguridad debo haberle comentado en la única carta que le envié que mis planes, que una obra, que algo por el estilo. Neil sostuvo su cara de póker lo más que le da y yo inventé sonrisas y complacencias ridículas por alguno de mis mecanismos contradictorios. Neil se fue a la oficina y el dulce Paul nos invitó a cenar.Por la noche fue Neil, que aún con su muela ausente y después de un helado postodontólogo, eligió un buen restaurante a su gusto, dispuesto a comer como en su gran noche. Paul habrá gozado el buen vino pero olvidó su invitación y Neil desembolsó nuestros billetes. Después hubo café bohemio, buen regreso con promesas y planes para el sábado. Entonces Paul debe haberse sentido grande muy grande. Como sin querer suele una hacer sentir a cierta gente. Como sin querer le sale a una esa puta modalidad, tan puta sensual que brinda placer más placer al otro y ni siquiera se toma el tiempo de sentir lo asqueroso que resulta que un tipo como Paul esté gozando a costa de sus anfitriones. En algún momento me sentí molesta o invadida o exigida. En algún momento Neil no soportó a Paul. En algún momento Paul no soportó su papel de simple visitante, simplemente de paso e igualmente atendido por cualquiera de nosotros.El día siguiente fue sábado de Centro Cultural y galería de fotos, charla tonta e intercambio cuidadoso de chistes que no ofendieran demasiado nuestras nacionalidades. Hubo excelente música, como Paul no está acostumbrado en su pueblo, con caricias de Neil a mi pierna y de mi mano al cuello de Neil. Habrá -también- habido alguna mirada celosa y caliente de Paul a nosotros.Después del jazz y mi alegría musical hubo cena que Neil decidió aunque, por suerte para nosotros, Paul usó su tarjeta internacional. Y allí sí comenzaron los sablazos verbales. Paul traía deseo encima y entonces pensé que mejor aguantar ya que faltaba poco. También deseaba que Neil me poseyera con su mirada, como acostumbra a hacerlo en público y yo me mojo. Pero hubo corolario de café. Caminamos unas cuadras hacia la avenida, tal vez para sentir el sábado o la gente o para llenarnos de extranjeros noctámbulos. La noche no estaba ventosa. Daba gusto. Final de café con más estupideces en forma de palabras y Paul que se anima a dar su estocada espléndida: con los ojos brillosos, con toda su sonrisa atragantada, lo mira a Neil contándole que cuando yo lo llamé, no sé qué cosa.Mutismo es también brutalidad cuando no se dice lo que se tiene que decir. Por ejemplo mirar a Neil y sonreírle y recordar que es cierto, que algún día que en ese momento no sabía cuál yo había llamado a Paul por no escribir una carta, porque quería saber cuándo vendría, porque Neil y yo no estaríamos en la ciudad, porque la locura altera todo los renglones de la memoria y los mecanismos terrosos de Neil, y también los mecanismos de elección de ciertos minutos fatales, algo como un derramamiento de silencio, la locura natural o circunstancial que una no sabe, que una se piensa que puede modular palabra y no lo hace mientras mira a Paul y le dice sin decir qué mierda pretende con lo que dijo o qué mala leche le ataca y desde qué hora de ese maldito día. Pero no, sin palabras. Entonces Paul dice que se irá al hotel porque mañana debe viajar y si nosotros nos quedamos ahí, en el bar. Neil dice nos vamos y nos vamos los tres.Y en la vereda nos despedimos, paramos un taxi para Paul porque nosotros vamos caminando, le dijimos.El sonriente de Paul no había cerrado aún la puerta del taxi cuando Neil y yo comenzamos a caminar, lo tomé de la mano. Supe que hervía en imágenes por aquel llamado. No me gustó su cara pétrea. En aquel momento le pedí besáme.

del libro
ENTRE LOS HUECOS
Ediciones del Dock, Buenos Aires, 1994(LA VISITA fue premiado y publicado también en Antología Arcano, Bs. As., 1994)

Poesía

De: Pavese y Kodak. María Teresa Andruetto

Instante
Una turbulencia balancea
las barcazas. La luz pinta el aire
de amarillos y están cerradas
las viejas puertas. Nadie
en la pescara, ni las góndolas
lúgubres. En el puente de Canaregio
ni las de lujo ni el vaporetto,
sólo pequeñas barcazas
han pasado la noche entre los palos.
Allá al fondo, un hombre barre
la fondamenta de Ca laria. El resto,
nada.

Ahora que viene el tiempo de los pájaros

Ahora que viene el tiempo de los pájaros
y de los brotes en las ramas y la blancura
del almendro,
ahora que salgo al aire por las tardes
y riego plantas y veo cómo la tierra bebe
el agua,
ahora que se agitan las polleras
al murmullo de la brisa,
ahora que los niños conquistan el baldío
y construyen refugios y saltan vallas,
ahora que en el barrio las mujeres se sientan
a la sombra de los fresnos y toman mate
y hablan,
yo miro a cada instante hacia el Oeste, hacia
tu casa.

Primavera de l992.
In memoriam Clara Rut Crimberg.

Entre tus fauces

Río de lomo azul donde navego
con la cabeza otra vez contra
la orilla, devuélveme el resuello
y el talle que he tenido entre tus fauces;
y esta memoria que se lo come todo,
llévatela. Aquella niña calando
sandía en el patio y los amargos
granados abiertos, diamantes
de azúcar, llévatelos. Llévate también
a ese hombre de cejas espesas
y mirada viva que me ha mirado tanto.
Llévate los días, y el recuerdo
de los días, y la tarde en que se fueron,
y el abrazo. Muchas veces Caronte
me pidió que entregara la dádiva,
y yo la di, y los subí a la barca,
y los empujé hacia el agua
que hace sombra.Vuelve siempre
un camino de cipreses y el crujido
de mis pasos en la arena. Vuelven
los que trazan la huella de los días
y reclaman: Mira hacia arriba.
Y yo por el cielo,huérfana, buscando
el Caprino, los Gemelos, un recuerdo
de agua azul sin alimañas. Mira
hacia arriba, dicen, y yo en tus fauces
otra vez, contra la orilla.

De artes y oficios: Delia Pasini
Stabat Mater
La madre con el hijo expuestos tras un vidrio
preservan su eternidad. Los ojos ya no ansían
el aliento del mármol, ni recorren los dedos
sus pliegues interiores. Anónimo viajero,
su voz desaparece en ecos al unísono.

No es necesario llegar ante esa puerta
para abandonar toda esperanza.

Chillan los ojos de quienes ya perdieron
los sonidos. Abrazados a huesos que aún
respiran, esperan el alimento de la muerte.

Agónica tierra sembrada de codicia.
Bocas vacías de estupor, papando moscas.
Más próximo el dolor, igual ajeno.

Tantos son los que yacen sin regazo
sin una lágrima que pueda recordarlos
siquiera ojeras bajo los párpados
soberbios de obstinación, al trocar
la aflicción por la condena.

Ella extendía un blanquísimo lienzo
salpicado por dos gotas de sangre.
La piel cetrina se demoraba en sombras
en tanto el valle resplandecía en verdes
después de la tormenta.

Acorralan al río con sus mañas,
titilan las luces sobre el hormigón,
lo reflejan en yermo.

Un país es sus costumbres y sus miedos.

La figura inclinada sobre el banco de piedra,
cubierta su cabeza con el manto,
las manos aleves contra el aire
acunan los labios su reposo.

Caen los peces.
Se hinchan sobre el barro.
Su hedor se mezcla con el de la ciudad.
Crujen las fachadas contra las
casillas de chapas y cartón.

Someter y despojarse forman parte
de la razón y el desatino.
La mueca complaciente se hunde
en el rictus de quien celebra su agonía.

De Zoología del conejo: Cecilia Romana

DOS O TRES COSAS ACERCA DE ÉL

Me limpio la suela en el borde del cantero. Hice
dos cosas inexplicables. La primera: decirle a mi amiga
que se parece al personaje de McCullers ¿Por qué?,
pregunta ella con toda razón. No sé. Por lo alta, quizás,
porque tiene esa manía de estirarse la camisa para
esconder los pezones ¿Por qué?, vuelve a preguntar.
Porque le incomoda ser mujer, supongo. O porque
sabe que los hombres son todos unos cerdos.

Mick –a ella me refiero-, tiene doce años. Compra
cigarrillos a escondidas. Cuando habla, se aplasta
el flequillo con el puño cerrado. Escribió en un muro:
Edison, Dick Tracy, Mussollini. Después,
en el primer lugar agregó a Mozart ¿Y en qué nos
parecemos?, pregunta mi amiga. Qué sé yo,
en que las dos usan pantalones de tiro bajo.

Desmontamos el puesto. Los libros grandes en el fondo,
los medianos arriba... Qué bien si yo pudiera
catalogar mi amor así de fácil. El sol
se adhiere como una sábana al último piso de la
biblioteca. Él se acerca: remera negra, zapatillas
Lotto. Cargado de hombros, se entiende,
por la edad. O porque sería mucho que
además de buen narrador fuera también atlético.
Él no usa cinturón, salvo en casos extremos.

En realidad son tres cosas, no dos las inexplicables.
Sumémosle a la primera que pisé caca de perro y debería
retroceder en mi aseveración de antes: no todos
los hombres son unos cerdos. Él, de hecho, usa anteojos,
señal de que, en algún sentido, no anduvo por la
calle apedreando a otros muchachos. Apostaría mis
suelas a que es limpio, ordenado y se duerme boca arriba.

De: Mientras duerme el inocente Ana Guillot

1

Clama la encrucijada de la noche
y el cielo es apenas
el rostro angular
de una escena que ocurre en otra parte

Alguien juega a los dados
(ya se sabe)

y uno es siempre entonces
un hombre desnudo
que se esconde
del sortilegio final

Alguien juega a los dados
y el infinito se compacta
en un destino individual

Alguien juega a los dados
y el compás
dibuja los contornos
de ese hombre ahora

mientras, el inocente duerme
y ensueña música
como si el universo pudiera reducirse
a la armonía posible
de los otros

Alguien juega a los dados
y empuja el número
la cifra que siempre nos define
la herencia de agua y de sangre
la suma de destierros

Alguien juega a los dados
(ya se sabe)

/ ¿con ironía? ¿con celo?
¿con tristeza?/

Desciende en la encrucijada de la noche
una estrella feroz
mientras, el inocente duerme

3

Porque sólo el ojo recorre la cifra
y reconoce al hombre
que será

porque sólo el ojo ha de reconocer
antes que nadie
dónde se ha de partir el cáliz
cuándo las lágrimas seccionarán el vientre
cómo ha de nacer magnolias también alguna vez

Porque sólo ese ojo abierto y metálico
descifra el código del agua
o el mínimo temblor de la semilla

porque sólo ese ojo perpendicular al mundo
define el nombre oculto
en la madera hostil del ataúd

Ha jugado a los dados
/ ¿con infinita paciencia? ¿con malicia?/

Avanza ahora el dedo
y la cifra revela la presencia
de un puente entre dos mundos

duerme el inocente, sin embargo

El Video Seleccionado: Poeta Merle Collins.