De: Pavese y Kodak. María Teresa Andruetto
Instante
Una turbulencia balancea
las barcazas. La luz pinta el aire
de amarillos y están cerradas
las viejas puertas. Nadie
en la pescara, ni las góndolas
lúgubres. En el puente de Canaregio
ni las de lujo ni el vaporetto,
sólo pequeñas barcazas
han pasado la noche entre los palos.
Allá al fondo, un hombre barre
la fondamenta de Ca laria. El resto,
nada.
Ahora que viene el tiempo de los pájaros
Ahora que viene el tiempo de los pájaros
y de los brotes en las ramas y la blancura
del almendro,
ahora que salgo al aire por las tardes
y riego plantas y veo cómo la tierra bebe
el agua,
ahora que se agitan las polleras
al murmullo de la brisa,
ahora que los niños conquistan el baldío
y construyen refugios y saltan vallas,
ahora que en el barrio las mujeres se sientan
a la sombra de los fresnos y toman mate
y hablan,
yo miro a cada instante hacia el Oeste, hacia
tu casa.
Primavera de l992.
In memoriam Clara Rut Crimberg.
Entre tus fauces
Río de lomo azul donde navego
con la cabeza otra vez contra
la orilla, devuélveme el resuello
y el talle que he tenido entre tus fauces;
y esta memoria que se lo come todo,
llévatela. Aquella niña calando
sandía en el patio y los amargos
granados abiertos, diamantes
de azúcar, llévatelos. Llévate también
a ese hombre de cejas espesas
y mirada viva que me ha mirado tanto.
Llévate los días, y el recuerdo
de los días, y la tarde en que se fueron,
y el abrazo. Muchas veces Caronte
me pidió que entregara la dádiva,
y yo la di, y los subí a la barca,
y los empujé hacia el agua
que hace sombra.Vuelve siempre
un camino de cipreses y el crujido
de mis pasos en la arena. Vuelven
los que trazan la huella de los días
y reclaman: Mira hacia arriba.
Y yo por el cielo,huérfana, buscando
el Caprino, los Gemelos, un recuerdo
de agua azul sin alimañas. Mira
hacia arriba, dicen, y yo en tus fauces
otra vez, contra la orilla.
De artes y oficios: Delia Pasini
Stabat Mater
La madre con el hijo expuestos tras un vidrio
preservan su eternidad. Los ojos ya no ansían
el aliento del mármol, ni recorren los dedos
sus pliegues interiores. Anónimo viajero,
su voz desaparece en ecos al unísono.
La madre con el hijo expuestos tras un vidrio
preservan su eternidad. Los ojos ya no ansían
el aliento del mármol, ni recorren los dedos
sus pliegues interiores. Anónimo viajero,
su voz desaparece en ecos al unísono.
No es necesario llegar ante esa puerta
para abandonar toda esperanza.
Chillan los ojos de quienes ya perdieron
los sonidos. Abrazados a huesos que aún
respiran, esperan el alimento de la muerte.
Agónica tierra sembrada de codicia.
Bocas vacías de estupor, papando moscas.
Más próximo el dolor, igual ajeno.
Tantos son los que yacen sin regazo
sin una lágrima que pueda recordarlos
siquiera ojeras bajo los párpados
soberbios de obstinación, al trocar
la aflicción por la condena.
Ella extendía un blanquísimo lienzo
salpicado por dos gotas de sangre.
La piel cetrina se demoraba en sombras
en tanto el valle resplandecía en verdes
después de la tormenta.
Acorralan al río con sus mañas,
titilan las luces sobre el hormigón,
lo reflejan en yermo.
Un país es sus costumbres y sus miedos.
La figura inclinada sobre el banco de piedra,
cubierta su cabeza con el manto,
las manos aleves contra el aire
acunan los labios su reposo.
Caen los peces.
Se hinchan sobre el barro.
Su hedor se mezcla con el de la ciudad.
Crujen las fachadas contra las
casillas de chapas y cartón.
Someter y despojarse forman parte
de la razón y el desatino.
La mueca complaciente se hunde
en el rictus de quien celebra su agonía.
De Zoología del conejo: Cecilia Romana
DOS O TRES COSAS ACERCA DE ÉL
Me limpio la suela en el borde del cantero. Hice
dos cosas inexplicables. La primera: decirle a mi amiga
que se parece al personaje de McCullers ¿Por qué?,
pregunta ella con toda razón. No sé. Por lo alta, quizás,
porque tiene esa manía de estirarse la camisa para
esconder los pezones ¿Por qué?, vuelve a preguntar.
Porque le incomoda ser mujer, supongo. O porque
sabe que los hombres son todos unos cerdos.
Mick –a ella me refiero-, tiene doce años. Compra
cigarrillos a escondidas. Cuando habla, se aplasta
el flequillo con el puño cerrado. Escribió en un muro:
Edison, Dick Tracy, Mussollini. Después,
en el primer lugar agregó a Mozart ¿Y en qué nos
parecemos?, pregunta mi amiga. Qué sé yo,
en que las dos usan pantalones de tiro bajo.
Desmontamos el puesto. Los libros grandes en el fondo,
los medianos arriba... Qué bien si yo pudiera
catalogar mi amor así de fácil. El sol
se adhiere como una sábana al último piso de la
biblioteca. Él se acerca: remera negra, zapatillas
Lotto. Cargado de hombros, se entiende,
por la edad. O porque sería mucho que
además de buen narrador fuera también atlético.
Él no usa cinturón, salvo en casos extremos.
En realidad son tres cosas, no dos las inexplicables.
Sumémosle a la primera que pisé caca de perro y debería
retroceder en mi aseveración de antes: no todos
los hombres son unos cerdos. Él, de hecho, usa anteojos,
señal de que, en algún sentido, no anduvo por la
calle apedreando a otros muchachos. Apostaría mis
suelas a que es limpio, ordenado y se duerme boca arriba.
De: Mientras duerme el inocente Ana Guillot
1
Clama la encrucijada de la noche
y el cielo es apenas
el rostro angular
de una escena que ocurre en otra parte
Alguien juega a los dados
(ya se sabe)
y uno es siempre entonces
un hombre desnudo
que se esconde
del sortilegio final
Alguien juega a los dados
y el infinito se compacta
en un destino individual
Alguien juega a los dados
y el compás
dibuja los contornos
de ese hombre ahora
mientras, el inocente duerme
y ensueña música
como si el universo pudiera reducirse
a la armonía posible
de los otros
Alguien juega a los dados
y empuja el número
la cifra que siempre nos define
la herencia de agua y de sangre
la suma de destierros
Alguien juega a los dados
(ya se sabe)
/ ¿con ironía? ¿con celo?
¿con tristeza?/
Desciende en la encrucijada de la noche
una estrella feroz
mientras, el inocente duerme
3
Porque sólo el ojo recorre la cifra
y reconoce al hombre
que será
porque sólo el ojo ha de reconocer
antes que nadie
dónde se ha de partir el cáliz
cuándo las lágrimas seccionarán el vientre
cómo ha de nacer magnolias también alguna vez
Porque sólo ese ojo abierto y metálico
descifra el código del agua
o el mínimo temblor de la semilla
porque sólo ese ojo perpendicular al mundo
define el nombre oculto
en la madera hostil del ataúd
Ha jugado a los dados
/ ¿con infinita paciencia? ¿con malicia?/
Avanza ahora el dedo
y la cifra revela la presencia
de un puente entre dos mundos
duerme el inocente, sin embargo
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