
¿QUÉ HACE EXITOSA UNA NOVELA?
GRACIAS MIS LIBROS
EL CANON DE HAROLD



Autor: Christian Solano
De: Breves
La mujer maravilla
Y después de salvar a dos parejas, tres mujeres, dos niños y hasta un anciano, llega a su casa y su esposo le reclama por la cena, la que ella otra vez ha comprado para calentar en el microondas; por sus hijos que no han terminado la tarea ya que la niñera no sabe nada de inglés y ella debería encargarse; por que cada vez llega más tarde a casa y por que ya casi no duermen juntos cuando se van a la cama; al fin le reclama por qué su matrimonio se está yendo en picada. Ella intenta relajarse al máximo para no lastimar a su esposo y piensa que la mejor solución para todos es que ambos acudan a una buena terapia con un psicólogo. Entonces decide que por la mañana al llegar a su consultorio llamará a un colega que tiene y que sabe experto en terapia de parejas, se anima a pensar que incluso es mejor que ella en estos temas.
Casa
Yo sólo quería regresar a casa, pero mi casa eras tú. Yo no quería tener que pagar el alquiler del departamento, ni la luz o el gas, sólo quería sentir que mi hogar estaba entre tus brazos. Y no quería tener que recordar el día de tu santo o el de nuestro primer beso, nuestro primer aniversario, sólo quería despertar cada mañana con la certeza de que ese día empezaba y terminaba contigo. No quería viajar para tener que llamarte o recordarte, pensarte, sentirte, tú eras mi ciudad, no deseaba irme, tú eras mi memoria, mis recuerdos. Yo sólo quería regresar a casa, pero aún no lo he conseguido, al cabo de tantas mudanzas y tantos otros abrazos, otros despertares, otros primeros besos, otras llamadas y recuerdos he terminado por descubrir que mi hogar siempre fuiste tú, lástima venir a darme cuenta de ello ahora que tú ya me suenas con tanto eco, como deshabitada, como sin mí.
Costumbres
Se despidió y caminando parsimonioso, con el mismo paso levitante, tan suyo, salió por la puerta del frente. Cabizbajo y reflexivo, avanzaba con la mirada perdida en la nada. Superó el breve pasadizo hasta llegar a la vereda y tomó la izquierda. No tenía un rumbo determinado; en rigor de verdad, no pensaba en ello, tenía su mente ocupada intentando resolver aquel problema, mas no podía concentrarse lo suficiente. De un tiempo a esta parte no podía concentrarse en un problema lo suficiente como para llegar a resolverlo y lo que es peor ni siquiera le interesa hacerlo. Tampoco podía distraer una parte de su atención en seguir sus pasos ni, mucho menos, en dirigirlos hacia algún lugar determinado. Anduvo buena parte de las calles de la ciudad, sin embargo si tuviera que desandarlas no podría hacerlo, lo perdían sus pies, su conciencia andaba por otros lados más envolventes que las tantas veces recorridas calles frías e insípidas de esta ciudad. Siempre sabía cómo llegar de donde sea que despertase a donde se le antojase y lo común era que se antojase la casa de Carla. Desde que ella murió él iba a visitarla a su casa, no al cementerio, solía llegar por la madrugada y pararse en la acera de enfrente como lo hizo siempre, a contemplar la ventana del cuarto de ella, que para él, siempre será su cuarto, además pasada la media noche ella aún le deja el pestillo de la ventana abierto, como siempre, claro.
Amor
Yo les hablo a las personas que amo cuando duermen. Le hablo a mi esposa, me gusta verla dormir, le hablo y me animo a decir la comunicación se hace mucho más estrecha, aun cuando ella parece no darse cuenta, tan ocupada como está: durmiendo. Sé que así puedo amarla, todas las veces que yo quiera. Sé que el subconsciente está atento a mis palabras, por ello cuando amanece y veo su rostro resplandeciente me invade una total gratitud. Antes, es decir cuando aún no le hablaba mientras ella dormía, despertaba las más de las veces con un humor terrible y con un rostro demacrado, a pesar de haber pasado la noche a mi lado, claro con el transcurrir del día volvía a ser ella y me amaba bien. Pero desde que le hablo mientras duerme —sé que me escucha— esa leve sonrisa en su rostro y ese brillo en sus ojos, lo es todo en mí. Es como el brillo en sus ojos cuando mira a nuestro hijo. Cuando lo abraza, sintiéndolo, besándolo, ese brillo en sus ojos, es algo que sólo he podido notar en ella desde que le hablo mientras duerme, sí. Con mi hijo es diferente, a él le hablo desde que nació, cada vez que lo hacía dormir entre mis brazos, arrullándolo, vigilando sus trémulos y tiernos párpados, dormidos, le hablaba y sabía que me escuchaba. Le decía mientras acariciaba su escaso y suave cabello que lo amaba, que siempre iba a estar allí para cuidar de él, que no sabría qué hacer si algún día me faltara. Le sigo hablando ahora en su cama por las noches cuando duerme, tiene cinco años ya. Me tiendo a su lado y le hablo, le hablo y sé que continúa oyéndome tal y como lo hacía antes. Yo les hablo a las personas que amo cuando duermen, eso es todo lo que puedo hacer ahora, ahora que estoy muerto.

Otro par de vueltas por la realidad
Por: Miguel Ildefonso
“Vibro cuando la vehemencia aúlla. Y hacia el sur
cuando comience el nuevo verano sobre las costas del Pacífico
me iré unos miles de kilómetros hacia el sur,
me despediré nuevamente de lo que más amo,
me pondré mi chompa roja. Y me iré.”
Juan Ramírez Ruiz. Un par de vueltas por la realidad.
Habiendo dejado para siempre Apolo, ahora sí el lugar de nunca jamás, cogí mi portátil mochila verde agua y me fui hacia el norte. Me vi en Trujillo, otra vez en la casa-minizoológico del poeta David Novoa. Me vi en Piura, conversando con el poeta Víctor Jara (homónimo del cantante chileno) y con la artista Carrera Lamadrid. Después me vi cruzando el puente Las Monjas, por el kilómetro 7 y medio, atravesando el desierto de Talara en la hora del sunset, hasta llegar a Tumbes y Aguas Calientes, la frontera. Aquel viaje me dejó unos poemas en el número 273 de la legendaria revista de Gustavo Armijos, La Tortuga Ecuestre, en un especial sobre poesía nor-peruana, con autores como Wilson Guevara, José María Gahona, Luz del Carmen Arrese y Stanley Vega Requejo, de quien me cogí de este su poema tipo Pavese para poder continuar mi viaje solitario:
Cuando llegue
La hora de partir
Jamás olvides
Colocar tu corazón
En la mochila
En cualquier aldea
Existe una linda muchachita
Esperando la llegada
De un forastero
Con los muslos tibios
Y acogedores
Por otra ruta, me vi en Huancayo, en el hostal Pasco de la tía Melesia, cerca de la estación de trenes; y en mi habitación me dediqué a leer el número 14 de la Revista de Literatura y Arte Cascadas, dirigida por Cirilo D. López Salvatierra. El sol frío reflejándose en los rieles y en la ventana, y la mulisa que venía de la calle, me acompañaban mientras leía la fábula El juicio del gallo y el pukupuku, escrita por Rita Amparo Orrego. También hallé un breve ensayo sobre el fatum de los poetas escrito por el lambayecano Nicolás Hidrogo, y El método wanka y la construcción de ecofábulas de Berta Rojas y Waldemar J. Cerrón. Muy interesante el artículo El realismo sucio en Huancayo de Isaac Lindo Vera, que venía acompañado de tres relatos: Claudia de Alberto Cavaría, Joyce de Flor de María Ayala y La desconocida de Cirilo D. López S. Y entre retamas camino a la laguna de Paca, me quedé leyendo estos versos de Carlos Mendoza:
Debían de haber traído una rosa
Nada más extraño que un pájaro volando hacia el sur
nada más extraño que una gaviota caminando en la arena
debían de haber traído una rosa para plantarla en
este papel y no tener que escribir estas líneas
Luego de tanto tiempo posponiéndolo, viajé a Iquitos, y pude llegar al Hostal Amor, libro de relatos de Cayo Vásquez, en una excelente edición de una colección de obras literarias de la amazonía, y que se distribuía gratuitamente, algo inaudito en nuestro país. Las historias de Cayo narran “un mundo oscuro que nadie quiere ver pero que todos quisieran disfrutar”. Su realismo tropical recoge con audacia una serie de personajes inolvidables: Loribet, Elmer, Zulema, Kike, Diego o Doña Erlinda. Y su destreza para fabular nos introduce fácilmente a aquellos espacios privados del amor pasajero: hostal Las Flores, hospedaje Detalles, El Dorado Plaza Hotel, hostal El Molino, hostal Manguaré y hospedaje Fantasía. El recurso de la ironía le permite dar consejos: “Para ligar una mujer de la selva nunca le preguntes esto: ¿Es verdad eso que dicen que las mujeres de la selva son fáciles? Sí que matas toda tu noche y no te liga nadie. Esa es una regla de oro. Puedes comenzar insinuándole que tienes una gran curiosidad, eso que las mujeres de la selva son seres divinos y sensuales, eso les gusta.” O también: “El año pasado habían pasado un reportaje en el programa Panorama del canal 5, donde hablaban de las chicas que se prostituían en Iquitos, ahí cayó mi amiga Leysi Jaramillo, ella aparecía bailando calata y borracha en la habitación de un hotel. ¡Hijos de puta! Casi le friegan toda su vida. El periodista vino haciéndose pasar por un empresario de plata, habló con la mayoría de cafichos, eso también suena mal, mejor les digo: negociador. Y como Segundo es el mejor negociador de Iquitos, le puso a su mejor chica, Leysi. Como en Lima les gusta el escándalo, y les gusta decir que aquí todas las mujeres somos putas, sacaron su reportaje con engaños. Hay que tener mucho cuidado con los que vienen de Lima.” Terminada aquella experiencia, me fui por el Amazonas hacia las tribus de Los Boras.
Más tarde llegué a Cusco, cuando también llegaba Cameron Díaz y su bellísima sonrisa. Me hospedé en el hostal Torcasa, y pasé noches, cansado de buscarla en vano, leyendo en mi cuarto número 6 el último número de la revista Sieteculebras. Veintidós números ya va editando el incansable Mario Guevara. Y luego de conversar con los pintores Mario Curasi y Víctor Zúñiga, y después de reencontrarme con un viejo amigo de mis viajes del 90 a Huaraz, el pintor Alex Córdova, me entregué a la lectura del poemario de Pasos Paz (o Carlos Sánchez), Espiga y humo, que obtuvo el Premio Regional de Cultura-Poesía 2004. Al terminar el taller de poesía que hice durante una semana a invitación de Carlos Sánchez (o Pasos Paz), me quedé con mi mochila, entre las verdosas piedras San Blas, y con estos sus versos:
Pasos lentos
Cual si se cayera
Tu voz
Ves
Los ángeles
No tienen alas
Sino
Pesado
Abrigo
Como el azul de arriba
Que se esfuma
Al atardecer de sus ojos
Deja de engañar…
Dime que es mentira
Aullido de luna
Entre follajes del mar…
Harapos de ese anciano
Que cruza su propia sombra
Hoy aquí nuestra mirada se confunde en el vacío
Sonidos en la noche
Resonancia del interludio
Es la estación que seduce con la misma elocuencia
Y permite que todavía estemos impecables
De cuerpo y remordimientos verdaderos
O un trozo de ala
Que pueda consumir los abismos de aquellos pasos
Aglutinados ahora mismo
A la risa del barranco aterciopelado
Límite con sinceridades falsas de toda realidad.
Ya de vuelta en Lima ─ la ciudad de las combis repletas de sardina y estentóreo movimiento de la sobrevivencia, con caramelos, chicles, cigarrillos, clavos en la garganta, y canciones con peine y tos ─ entre hostales fugaces, leía Desde la persistencia, antología de la agrupación Cultural Ave Fénix. Son “relatos forjados durante años de reclusión y vigilancia permanente al interior del establecimiento penitenciario del Régimen Especial ‘Miguel Castro Castro’”. Las historias empiezan con este contundente párrafo: “Como si una gigantesca mano me cerrara el paso me detengo, sin tocar aún la puerta, frente a mi casa. Todo parece en ella tan distinto, que hasta su espacio está como encogido en la noche, como si no existiera, como si yo tampoco estuviera frente a su pared de adobes, a su forma de antaño. Un punto en el inmenso terreno conquistado por emigrantes ayacuchanos peleando por un techo. Aquí he de reencontrarme con lo que amo.”
Después llegué al poemario de Bernardo Rafael Álvarez, nacido en Pallasca, Los bajos fondos del cielo. “Estamos ante una poética del lado sórdido y oscuro de la realidad. Pero que – simultáneamente – nos informa de una belleza contenida en él”, escribe prologando Róger Santiváñez. He aquí un breve poema:
Luz resbaladiza
Quién no ha untado
Alguna vez
La suela
De su zapato izquierdo
Con jabón
Y descubierto que
Dentro del hedor
También hay luz
Y finalmente abrí Anatomía de un vacío, de Paolo Astorga. Este poemario en Versión CD-Book, es una edición no venal, y abre un nuevo derrotero en las propuestas editoriales peruanas. “Astorga con este poemario va creando un gran inventario de sus visiones personales y cuestiona el mundo que lo rodea”, acota Augusto Rodríguez en el introito. Un poema como ejemplo:
Pucca (Fun Love)
Cenizas en mi boca derraman la tristeza de mi polo
Una foto en el poste y mi voz como una danza rota
Escondida en un cadáver a la moda
Y así termina este tour por la realidad y sus fantásticos seres que se encargan de reinventarla.