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Autor: José Luis Torres Vitolas
La niña bebió la taza de té y devoró su pan.
—Es tarde —su mamá señaló la entrada del callejón donde las luces de los postes empezaban a encenderse—. ¿Ya has hecho la cama?
—Sí, pero, hoy no, por fa… Tengo mucho sueño.
—Ven… Es tarde.
Con cuidado, empezó a cepillarle el cabello.
—No te muevas.
—Es que me haces cosquillas.
—Solo falta un poco… Listo... Ahora tus labios.
Al terminar, su mamá la contempló un momento.
La niña se alejó.
Avanzó hasta la vieja puerta. Bajo la luz amarilla del poste se detuvo. Levantó un poco más su falda y esperó el primer cliente.
Oscurecía.
Ayer
Autor: José Luis Torres Vitolas
Él era un hombre sin peripecias. Su rostro limpio, impecable en todo momento, era el escrupuloso diario abierto de su vida.
Solía pasar el día a poca distancia de sí mismo, revisando siempre sus propios actos de soslayo. En ocasiones muy limitadas, algún suceso repetido, demasiado cotidiano, le causaba un poco de alborozo y su boca, usualmente desparramada, se llenaba de curiosidades.
Solo entonces se ponía a escribir. Cartas, en general. Y mientras la tinta corría como un hilo azul, se volcaba hacia el papel, hacia sus parientes, amigos, antiguas novias, todos ellos ficticios, con la única esperanza de convertirse, al fin, en un recuerdo.
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