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viernes, 31 de octubre de 2008

Autor: Christian Solano. De: Breves

Autor: Christian Solano

De: Breves
La mujer maravilla

Y después de salvar a dos parejas, tres mujeres, dos niños y hasta un anciano, llega a su casa y su esposo le reclama por la cena, la que ella otra vez ha comprado para calentar en el microondas; por sus hijos que no han terminado la tarea ya que la niñera no sabe nada de inglés y ella debería encargarse; por que cada vez llega más tarde a casa y por que ya casi no duermen juntos cuando se van a la cama; al fin le reclama por qué su matrimonio se está yendo en picada. Ella intenta relajarse al máximo para no lastimar a su esposo y piensa que la mejor solución para todos es que ambos acudan a una buena terapia con un psicólogo. Entonces decide que por la mañana al llegar a su consultorio llamará a un colega que tiene y que sabe experto en terapia de parejas, se anima a pensar que incluso es mejor que ella en estos temas.


Casa
Yo sólo quería regresar a casa, pero mi casa eras tú. Yo no quería tener que pagar el alquiler del departamento, ni la luz o el gas, sólo quería sentir que mi hogar estaba entre tus brazos. Y no quería tener que recordar el día de tu santo o el de nuestro primer beso, nuestro primer aniversario, sólo quería despertar cada mañana con la certeza de que ese día empezaba y terminaba contigo. No quería viajar para tener que llamarte o recordarte, pensarte, sentirte, tú eras mi ciudad, no deseaba irme, tú eras mi memoria, mis recuerdos. Yo sólo quería regresar a casa, pero aún no lo he conseguido, al cabo de tantas mudanzas y tantos otros abrazos, otros despertares, otros primeros besos, otras llamadas y recuerdos he terminado por descubrir que mi hogar siempre fuiste tú, lástima venir a darme cuenta de ello ahora que tú ya me suenas con tanto eco, como deshabitada, como sin mí.


Costumbres
Se despidió y caminando parsimonioso, con el mismo paso levitante, tan suyo, salió por la puerta del frente. Cabizbajo y reflexivo, avanzaba con la mirada perdida en la nada. Superó el breve pasadizo hasta llegar a la vereda y tomó la izquierda. No tenía un rumbo determinado; en rigor de verdad, no pensaba en ello, tenía su mente ocupada intentando resolver aquel problema, mas no podía concentrarse lo suficiente. De un tiempo a esta parte no podía concentrarse en un problema lo suficiente como para llegar a resolverlo y lo que es peor ni siquiera le interesa hacerlo. Tampoco podía distraer una parte de su atención en seguir sus pasos ni, mucho menos, en dirigirlos hacia algún lugar determinado. Anduvo buena parte de las calles de la ciudad, sin embargo si tuviera que desandarlas no podría hacerlo, lo perdían sus pies, su conciencia andaba por otros lados más envolventes que las tantas veces recorridas calles frías e insípidas de esta ciudad. Siempre sabía cómo llegar de donde sea que despertase a donde se le antojase y lo común era que se antojase la casa de Carla. Desde que ella murió él iba a visitarla a su casa, no al cementerio, solía llegar por la madrugada y pararse en la acera de enfrente como lo hizo siempre, a contemplar la ventana del cuarto de ella, que para él, siempre será su cuarto, además pasada la media noche ella aún le deja el pestillo de la ventana abierto, como siempre, claro.


Amor
Yo les hablo a las personas que amo cuando duermen. Le hablo a mi esposa, me gusta verla dormir, le hablo y me animo a decir la comunicación se hace mucho más estrecha, aun cuando ella parece no darse cuenta, tan ocupada como está: durmiendo. Sé que así puedo amarla, todas las veces que yo quiera. Sé que el subconsciente está atento a mis palabras, por ello cuando amanece y veo su rostro resplandeciente me invade una total gratitud. Antes, es decir cuando aún no le hablaba mientras ella dormía, despertaba las más de las veces con un humor terrible y con un rostro demacrado, a pesar de haber pasado la noche a mi lado, claro con el transcurrir del día volvía a ser ella y me amaba bien. Pero desde que le hablo mientras duerme —sé que me escucha— esa leve sonrisa en su rostro y ese brillo en sus ojos, lo es todo en mí. Es como el brillo en sus ojos cuando mira a nuestro hijo. Cuando lo abraza, sintiéndolo, besándolo, ese brillo en sus ojos, es algo que sólo he podido notar en ella desde que le hablo mientras duerme, sí. Con mi hijo es diferente, a él le hablo desde que nació, cada vez que lo hacía dormir entre mis brazos, arrullándolo, vigilando sus trémulos y tiernos párpados, dormidos, le hablaba y sabía que me escuchaba. Le decía mientras acariciaba su escaso y suave cabello que lo amaba, que siempre iba a estar allí para cuidar de él, que no sabría qué hacer si algún día me faltara. Le sigo hablando ahora en su cama por las noches cuando duerme, tiene cinco años ya. Me tiendo a su lado y le hablo, le hablo y sé que continúa oyéndome tal y como lo hacía antes. Yo les hablo a las personas que amo cuando duermen, eso es todo lo que puedo hacer ahora, ahora que estoy muerto.

Autor: Christian Solano. De: Breves.


Autor: Christian Solano

De: Breves
Caín
Una vez que bajó la colina y lo hizo, tiró la quijada ensangrentada entre las matas más espesas de los arbustos, tal como ella se lo dijo y recordó el resto de sus palabras la noche anterior mientras aún sudaban agitados por el amor: Ahora ya no nos molestará más y nos quedaremos con todo para nosotros, mi amor.
Culpa
Y después de hacer el amor él busca entre sus pantalones, al lado de la cama, la cajetilla de cigarros y el encendedor. Quema y aspira ese inicio áspero y dulce a la vez, como lo que siente después de un orgasmo. Las sábanas aún permanecen húmedas y ambos resuman cansancio, el cansancio feliz que sobreviene a las ganas, cuando las ganas han sobrepasado al amor, a ese amor que siempre sobra cuando todo ha sido consumado y consumido. Ella musita algunas palabras siempre incongruentes, él no la escucha y prefiere perderse aceptando esa sensación incompresible pero tan absoluta que le deja haber fundido sus cinturas en furiosa comunión, pues sabe que al cabo de unos minutos ella, irremediablemente, se entregará al sueño. Una vez que esto sucede él se viste y se va, abandonando la habitación, el hotel y todo lo que implicaría ella en su vida.
Para cuando ella despierta, él ya está lejos de su vida. Tras el desconcierto inicial, ella gana la certeza de que maldecir, gritar y golpear las paredes no arregla nada, pero igual lo hace, enseguida se viste mientras va tranquilizándose. Luego se dirige al baño y mira su rostro ajeno sollozando en el espejo. Se calma y se va. Al salir del hotel regresa a su casa, a sus amigos, a su esposo. Regresa a su vida, a donde un él no pertenece. Ella lo sabe y, sin embargo, lo ha vuelto a hacer.
Segunda muerte
Un hombre sueña que está muriendo, está atado y no puede moverse: lo dejan morir. Su percepción durante el sueño supera los límites de la autenticidad, se desespera, suda, se angustia, teme; muere, conoce la muerte. Ante este nuevo conocimiento, se maneja en los linderos de una nueva vida, la que ha logrado, su nueva vida, ahora muerto. Cuando, de improviso, despierta y consigue reaccionar, azorado, acezante, cae en la cuenta de que no tiene suficiente espacio para moverse con facilidad, la oscuridad lo asfixia y poco a poco gana conciencia, está dentro de un ataúd: Ha regresado de la muerte para morir.

martes, 8 de julio de 2008

Narración

5:37
Autor: José Luis Torres Vitolas

La niña bebió la taza de té y devoró su pan.
—Es tarde —su mamá señaló la entrada del callejón donde las luces de los postes empezaban a encenderse­—. ¿Ya has hecho la cama?
—Sí, pero, hoy no, por fa… Tengo mucho sueño.
—Ven… Es tarde.
Con cuidado, empezó a cepillarle el cabello.
—No te muevas.
—Es que me haces cosquillas.
—Solo falta un poco… Listo... Ahora tus labios.
Al terminar, su mamá la contempló un momento.
La niña se alejó.
Avanzó hasta la vieja puerta. Bajo la luz amarilla del poste se detuvo. Levantó un poco más su falda y esperó el primer cliente.
Oscurecía.


Ayer
Autor: José Luis Torres Vitolas

Él era un hombre sin peripecias. Su rostro limpio, impecable en todo momento, era el escrupuloso diario abierto de su vida.
Solía pasar el día a poca distancia de sí mismo, revisando siempre sus propios actos de soslayo. En ocasiones muy limitadas, algún suceso repetido, demasiado cotidiano, le causaba un poco de alborozo y su boca, usualmente desparramada, se llenaba de curiosidades.
Solo entonces se ponía a escribir. Cartas, en general. Y mientras la tinta corría como un hilo azul, se volcaba hacia el papel, hacia sus parientes, amigos, antiguas novias, todos ellos ficticios, con la única esperanza de convertirse, al fin, en un recuerdo.

sábado, 12 de enero de 2008

Narración

Autora: María Neder

L A V I S I T A
En aquel momento le pedí besáme. Su mano tenaza caliente fue a mi cintura y con el otro brazo comenzó a presionarme la espalda hasta hacerme cimbrar, la mano de ese brazo se movió enloquecida rastreándome, llegándome al cuello y subiendo agazapada entre mi pelo. Había un impulso detestable, una urgencia rozando la belleza, porque mordía mis labios con la pasión no cotidiana, casi anclados los dos en la vereda y la gente caminando y el taxi habría pasado frente a nuestros cuerpos y su lengua buscando mi garganta en un ahogo maravilloso mientras la saliva me goteaba y su barba se dejaba humedecer y me achiqué en su cuerpo, acepté el abuso y me dejé y sus dientes tironearon hasta el último dolor insoportable, me temblaban las rodillas pero él estaba pisándome los pies para contener mi caída, la ilusión de no ver más, alguien lo había dicho antes y yo lo sentí, que había sido suya en todo momento, en el ahogo y la sangre brutal, volcánica, ya con baba y todo fue un mismo líquido. Alguien que habrá pasado frente a nosotros dijo mirá mirá. Neil se separó dulcemente y escupió mi lengua hacia el cordón de la vereda. Después buscó un pañuelo y me tapó la boca.Dos días antes Paul llegaba, de Francia, sin aviso y haciendo sonar el timbre del portero eléctrico en medio de un desayuno casi idílico, y sin exageraciones. Una sabe de qué halo se cubren las cuestiones de rutina para lograr tener tintes idílicos. Con semejante timbre desafinado yo me había asustado más que Neil porque últimamente nos perseguía la mala racha (dos días antes, a la misma hora, habían venido del Juzgado para entregar una citación). Paul tuvo que subir porque somos atentos, porque ni Neil ni yo sabemos decir no, porque qué bien Paul aquí desde tan lejos. Porque no sé qué mecanismos Paul estaba sentado en uno de los sillones tomando café y diciéndole a Neil que estaba acá porque yo había estrenado una obra de teatro y yo pensando qué mierda le habré dicho a este Paul y no recordaba y no hubo caso, aún no lo recuerdo. Aunque con seguridad debo haberle comentado en la única carta que le envié que mis planes, que una obra, que algo por el estilo. Neil sostuvo su cara de póker lo más que le da y yo inventé sonrisas y complacencias ridículas por alguno de mis mecanismos contradictorios. Neil se fue a la oficina y el dulce Paul nos invitó a cenar.Por la noche fue Neil, que aún con su muela ausente y después de un helado postodontólogo, eligió un buen restaurante a su gusto, dispuesto a comer como en su gran noche. Paul habrá gozado el buen vino pero olvidó su invitación y Neil desembolsó nuestros billetes. Después hubo café bohemio, buen regreso con promesas y planes para el sábado. Entonces Paul debe haberse sentido grande muy grande. Como sin querer suele una hacer sentir a cierta gente. Como sin querer le sale a una esa puta modalidad, tan puta sensual que brinda placer más placer al otro y ni siquiera se toma el tiempo de sentir lo asqueroso que resulta que un tipo como Paul esté gozando a costa de sus anfitriones. En algún momento me sentí molesta o invadida o exigida. En algún momento Neil no soportó a Paul. En algún momento Paul no soportó su papel de simple visitante, simplemente de paso e igualmente atendido por cualquiera de nosotros.El día siguiente fue sábado de Centro Cultural y galería de fotos, charla tonta e intercambio cuidadoso de chistes que no ofendieran demasiado nuestras nacionalidades. Hubo excelente música, como Paul no está acostumbrado en su pueblo, con caricias de Neil a mi pierna y de mi mano al cuello de Neil. Habrá -también- habido alguna mirada celosa y caliente de Paul a nosotros.Después del jazz y mi alegría musical hubo cena que Neil decidió aunque, por suerte para nosotros, Paul usó su tarjeta internacional. Y allí sí comenzaron los sablazos verbales. Paul traía deseo encima y entonces pensé que mejor aguantar ya que faltaba poco. También deseaba que Neil me poseyera con su mirada, como acostumbra a hacerlo en público y yo me mojo. Pero hubo corolario de café. Caminamos unas cuadras hacia la avenida, tal vez para sentir el sábado o la gente o para llenarnos de extranjeros noctámbulos. La noche no estaba ventosa. Daba gusto. Final de café con más estupideces en forma de palabras y Paul que se anima a dar su estocada espléndida: con los ojos brillosos, con toda su sonrisa atragantada, lo mira a Neil contándole que cuando yo lo llamé, no sé qué cosa.Mutismo es también brutalidad cuando no se dice lo que se tiene que decir. Por ejemplo mirar a Neil y sonreírle y recordar que es cierto, que algún día que en ese momento no sabía cuál yo había llamado a Paul por no escribir una carta, porque quería saber cuándo vendría, porque Neil y yo no estaríamos en la ciudad, porque la locura altera todo los renglones de la memoria y los mecanismos terrosos de Neil, y también los mecanismos de elección de ciertos minutos fatales, algo como un derramamiento de silencio, la locura natural o circunstancial que una no sabe, que una se piensa que puede modular palabra y no lo hace mientras mira a Paul y le dice sin decir qué mierda pretende con lo que dijo o qué mala leche le ataca y desde qué hora de ese maldito día. Pero no, sin palabras. Entonces Paul dice que se irá al hotel porque mañana debe viajar y si nosotros nos quedamos ahí, en el bar. Neil dice nos vamos y nos vamos los tres.Y en la vereda nos despedimos, paramos un taxi para Paul porque nosotros vamos caminando, le dijimos.El sonriente de Paul no había cerrado aún la puerta del taxi cuando Neil y yo comenzamos a caminar, lo tomé de la mano. Supe que hervía en imágenes por aquel llamado. No me gustó su cara pétrea. En aquel momento le pedí besáme.

del libro
ENTRE LOS HUECOS
Ediciones del Dock, Buenos Aires, 1994(LA VISITA fue premiado y publicado también en Antología Arcano, Bs. As., 1994)