
Autor: Christian Solano
De: Breves
Caín
Una vez que bajó la colina y lo hizo, tiró la quijada ensangrentada entre las matas más espesas de los arbustos, tal como ella se lo dijo y recordó el resto de sus palabras la noche anterior mientras aún sudaban agitados por el amor: Ahora ya no nos molestará más y nos quedaremos con todo para nosotros, mi amor.
Una vez que bajó la colina y lo hizo, tiró la quijada ensangrentada entre las matas más espesas de los arbustos, tal como ella se lo dijo y recordó el resto de sus palabras la noche anterior mientras aún sudaban agitados por el amor: Ahora ya no nos molestará más y nos quedaremos con todo para nosotros, mi amor.
Culpa
Y después de hacer el amor él busca entre sus pantalones, al lado de la cama, la cajetilla de cigarros y el encendedor. Quema y aspira ese inicio áspero y dulce a la vez, como lo que siente después de un orgasmo. Las sábanas aún permanecen húmedas y ambos resuman cansancio, el cansancio feliz que sobreviene a las ganas, cuando las ganas han sobrepasado al amor, a ese amor que siempre sobra cuando todo ha sido consumado y consumido. Ella musita algunas palabras siempre incongruentes, él no la escucha y prefiere perderse aceptando esa sensación incompresible pero tan absoluta que le deja haber fundido sus cinturas en furiosa comunión, pues sabe que al cabo de unos minutos ella, irremediablemente, se entregará al sueño. Una vez que esto sucede él se viste y se va, abandonando la habitación, el hotel y todo lo que implicaría ella en su vida.
Para cuando ella despierta, él ya está lejos de su vida. Tras el desconcierto inicial, ella gana la certeza de que maldecir, gritar y golpear las paredes no arregla nada, pero igual lo hace, enseguida se viste mientras va tranquilizándose. Luego se dirige al baño y mira su rostro ajeno sollozando en el espejo. Se calma y se va. Al salir del hotel regresa a su casa, a sus amigos, a su esposo. Regresa a su vida, a donde un él no pertenece. Ella lo sabe y, sin embargo, lo ha vuelto a hacer.
Segunda muerte
Un hombre sueña que está muriendo, está atado y no puede moverse: lo dejan morir. Su percepción durante el sueño supera los límites de la autenticidad, se desespera, suda, se angustia, teme; muere, conoce la muerte. Ante este nuevo conocimiento, se maneja en los linderos de una nueva vida, la que ha logrado, su nueva vida, ahora muerto. Cuando, de improviso, despierta y consigue reaccionar, azorado, acezante, cae en la cuenta de que no tiene suficiente espacio para moverse con facilidad, la oscuridad lo asfixia y poco a poco gana conciencia, está dentro de un ataúd: Ha regresado de la muerte para morir.
Y después de hacer el amor él busca entre sus pantalones, al lado de la cama, la cajetilla de cigarros y el encendedor. Quema y aspira ese inicio áspero y dulce a la vez, como lo que siente después de un orgasmo. Las sábanas aún permanecen húmedas y ambos resuman cansancio, el cansancio feliz que sobreviene a las ganas, cuando las ganas han sobrepasado al amor, a ese amor que siempre sobra cuando todo ha sido consumado y consumido. Ella musita algunas palabras siempre incongruentes, él no la escucha y prefiere perderse aceptando esa sensación incompresible pero tan absoluta que le deja haber fundido sus cinturas en furiosa comunión, pues sabe que al cabo de unos minutos ella, irremediablemente, se entregará al sueño. Una vez que esto sucede él se viste y se va, abandonando la habitación, el hotel y todo lo que implicaría ella en su vida.
Para cuando ella despierta, él ya está lejos de su vida. Tras el desconcierto inicial, ella gana la certeza de que maldecir, gritar y golpear las paredes no arregla nada, pero igual lo hace, enseguida se viste mientras va tranquilizándose. Luego se dirige al baño y mira su rostro ajeno sollozando en el espejo. Se calma y se va. Al salir del hotel regresa a su casa, a sus amigos, a su esposo. Regresa a su vida, a donde un él no pertenece. Ella lo sabe y, sin embargo, lo ha vuelto a hacer.
Segunda muerte
Un hombre sueña que está muriendo, está atado y no puede moverse: lo dejan morir. Su percepción durante el sueño supera los límites de la autenticidad, se desespera, suda, se angustia, teme; muere, conoce la muerte. Ante este nuevo conocimiento, se maneja en los linderos de una nueva vida, la que ha logrado, su nueva vida, ahora muerto. Cuando, de improviso, despierta y consigue reaccionar, azorado, acezante, cae en la cuenta de que no tiene suficiente espacio para moverse con facilidad, la oscuridad lo asfixia y poco a poco gana conciencia, está dentro de un ataúd: Ha regresado de la muerte para morir.
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