De: Transmutación de la ciudad o el alba de los cuerpos luminosos
Transformarlo todo
Presiento desde aquí
La tormenta de fuego sobre tu frente.
El ser humillado, desplazado
No le es grato a la vida. Ella estalla,
Ella conjura sus elementos y amenaza tu falsa estirpe.
Puedo ver que te aniquila.
También deshace al tiempo,
Al flujo abdominal que en la conciencia se concibe como hora.
Yo estoy libre, he aprendido a controlarme.
Que caiga la noche precipitada de verde.
Que todos tus huesos despierten.
Caminen,
Integrados a esa sombra que protege a las piedras.
Hablan de la enfermedad y no entienden.
Hablan de sus pobres y vacíos miedos.
En esa sangre está el amor, en ese cielo
Sostenido por el respiro.
No aprenden de los siglos, de los años.
La rama muerta danza sobre sus pechos,
No la flor luminosa, el encendido cuerpo del agua.
Ustedes, los que persiguen, ya están muertos.
Ustedes, los que humillan, la vida terminó por arrancarlos.
¡Oh fuego! ¡Oh quietud!
Mis ojos como otro río. Estoy bebiendo.
No me permites encantarme del todo. El sonido de esa voz
Puede causar el extravío. El sonido de sus dientes y su aliento.
Cuéntala también, es la herramienta divina. Cuéntala con su peso y destrucción.
Ya están ahogados.
Finalmente esa tormenta soy yo mismo.
Tampoco existe. No es importante.
El problema está en pensar,
En asumirse como un leño predestinado a arder.
Nada de eso.
El fuego nos nombra,
Sin piedad consume las hojas,
La carne guardada en tu vientre.
Pero acabo de notar tu castigado rumbo.
El frío estremecimiento ni siquiera te devora.
No posees ni voluntad ni impulso.
Eres como las demás mujeres,
La misma carga, la misma invitación al duelo.
En verdad voy a destruirte.
Con una frase basta, con un gesto.
Decirte que todo amor olvides,
Que el cuerpo, tu cuerpo,
No debe desear al mío porque mi cuerpo
Es sólo lo efímero, lo no deseable.
También recuerda:
Tendrás otro sexo para tu deleite alguna noche.
Tendrás aquel rostro acalorado
Descansando junto a tu mejilla.
Eso es lo cierto.
Por puro vano gusto nos mentimos.
Por pura casualidad coincides
En hacerme ver
Que no ansías el placer de los demás placeres.
Pero el tiempo exige ahora
El acariciar con dulzura tu espalda entre las sombras.
La inquietud de lo gozado, el cambio.
A veces, realmente, deseo buscarte y gritarte
Como a un cuerpo que se va a perder, que se va a ahogar.
La vida engendra a la noche infinita.
Y ese grito me dará otra muerte más
A la muerte de mis ojos.
Te buscaría entonces para rodearte de luz.
Un círculo del que no salieras ni vieras.
Pero qué lentitud se apoderaría de mí
Al no aceptar que también has de vivir
Que estás muriendo,
Como yo, como los otros.
Y no hay lugar tranquilo, ni un refugio
Para todo espíritu que arde.
Esperas al guía, lo sabemos.
Esperas ver el polvo de sus pasos en la calle.
No encuentras la verdad en sus quejidos.
El carro de la noche te ha arrancado el pensamiento,
El hilo tibio que desciende en tus mejillas.
Ahora has vuelto a las piedras del río.
Has regresado sin saber por la ruta de los viejos comerciantes.
Gustas de sus comidas, del olor de sus leños.
Ya te has perdido nuevamente.
Todo lo guía un dios. Respóndele.
Todo lo llevan sus miradas brillantes.
¿A ellos deseas acudir? Criatura del miedo.
Todos descansan en ti. Criatura que desprecia
El rumor del viento y la piel de ese niño.
La muerte que corrompe, la que hunde.
De la mente nace siempre su delirio.
Huye de ella, véncela. Tú, el inspirado, tú, vuelto por las flores a la vida.
La ciudad venga a sus débiles.
Cuéntate entre los humillados,
Entre los que respiran y persisten.
No eres nada de lo que crees ser.
En los muros las cruces, ninguna rama
Que te asegure el reposo. Pierdes el sentido.
Tan sólo un poco de esa luz y vivirás.
Tan sólo una palabra de sus cabellos cercanos.
Desespera, entrégate al olvido de tu vana presencia.
Los barcos se han hundido al fin.
Esa columna en tu rostro nada sostiene.
Eres libre, inmensamente triste sobre el polvo.
Tu visión ha sido un sueño, tu deseo de amor.
Mira los campos bajo los cuervos. El sol
Oscuro en el horizonte.
No te niegues al alba, allá vienen.
No te aferres a la flor acabada.
Todos los espíritus a tu alrededor.
Tú confiado, protegido por sus brazos.
Acércate, el silencio de las hojas son sus manos.
Vaga entre los puentes y los bosques.
La montaña gira cuando estás despertando.
No me ofrezcas tu vida, no me ofrezcas
El sabio cultivo de esas nubes.
Aleja tus pies sucios, estás podrido.
Concédeme un instante la verdadera contemplación.
Se oscurece la esfera de los vivos, otra se ilumina.
No has comprendido. Marcha el río.
Persigue esa corriente.
Respuesta de los Engendradores, los Procreadores a las plegarias de los hombres:
En todas las ventanas duerme el mundo.
Sólo en tus ojos despierta, al calor de tus manos,
Las señales.
Eso piensas es lo cierto
También te han hablado, es seguro,
Del cuerpo redimido sobre el mar,
Del venerable rostro en cada piel urdido.
La fatal codicia proviene de tu mente, entiéndelo.
El anhelado encuentro es sólo un sueño.
Aprende en lo que ves la verdadera ley:
La arena ha de cubrirlos algún día,
Bajo la piedra, su espinoso borde.
Y en realidad, más allá de esto o de lo otro,
Seguirán estando ahí, permaneciendo.
Saciando ignorantes la esperada lumbre.
Acaba ya con la brisa, esos hombres,
El aire te sigue con sus muertos.
Ellos respiraron. Ellos vieron.
Ellos caminaron sobre el pleno suelo fértil.
Estación de lluvia. Danza.
Estación de fuego. Danza.
Estación para las nubes. Llevar
Y alimentar los animales. Rosas a la derecha.
En torno al árbol. Danza.
Conocieron la humedad de la carne. El calor de la carne.
El olor. Las espaldas, las manos, esos cuellos
Moviéndose con el viento.
Sin buscar nada más. Buscaban el día.
Siembra de los frutos, siembra de la piel dorada.
La orilla del mar. El otro lado es cosa seria.
La noche es espléndida. Humaredas rojizas
Mientras se abre el cielo.
Juntáronse todos ellos, libres ya de las miradas de los pájaros
Su seno muerto de color violeta.
Frío su torso. Los jirones de su manto en las hormigas.
En su boca el escorpión prendado de las nubes.
Siembra de la piel dorada, siembra para la noche venidera.
La alcanzarás, estás muy cerca.
Serás honrado por los hombres.
Está lejos, la niebla te cegará.
Maldito serás para los hombres.
Los troncos se doblan, húmedos, en lo profundo de esta selva.
El tiempo cercano.
De uno de ellos fuiste parte. Parte de las flores.
Sangre derramada en la montaña.
A ellos te diriges. Edad tras edad. El viento.
Sombra tras sombra. El fuego encendido en el follaje.
Juntáronse y dividieron.
La luz del cielo. La noche del cielo.
El agua del río escoge la carne de sus muertos.
Poderoso el espíritu, suave voz en los oídos.
Alimentar al que nace y al que enferma.
Alimentar la tierra que alimenta. Amarillo el cenit.
Al paso de las mujeres. Los árboles moviéndose.
Un anciano desciende. Puñal para tus ojos.
Tres veces la luz. Tres veces el brillo sin verbo.
Tres veces la luz deslumbrante.
Mas no era el padre. Él dormía. Fuera de toda noche.
Soñaba. Fuera de todo día.
Nueve veces la sombra de tu cuerpo.
Comida y bebida para él. Ofrenda dulce para el fuego.
El canto antiguo debes comprender. En aquel canto de siglos, con toda tu atención, debes sumergirte. No pretendas conocer ya del desierto. Ellos han de retornar.
Lo que no es de la ciudad siempre es ceniza.
Los caminos, los puentes,
Hasta las esquinas que respiran
De la sombra de los niños son de fuego.
La curvatura de los cuerpos,
La basura, los insectos boca arriba.
Todo es la flama blanquecina y pura.
Las catedrales y los parques,
Aquellos jardines que albergaban
A las aves y las flores se vuelven a su forma.
También el cielo que cubre a la ciudad
Es un círculo oscuro consumido por el fuego.
Poetas, músicos,
Los hacedores de muros y edificios,
Los mendigos y las madres.
Los que caminan, los que duermen.
Ellos son de fuego.
Los árboles crujen silenciosos.
La materia es fuego en toda la ciudad.
Y los cuerpos amantes, verdaderos, no pertenecen a ella.
En este siglo de hierro. No.
Sigo el rumbo, la velocidad.
En la calle despierto, huelo sus casas.
Sus paredes. También tu cabello.
Podría haber sido gris entre las hojas.
Transformar todo en belleza.
Cada movimiento del cuerpo, el segundo.
Esa es la sagrada labor. Lentamente
Estremeciendo el tuétano de toda conciencia.
Allá va el infinito y gritarle.
Allá con su corriente helada de metal, su lengua.
No nos desviemos, me dirás de pronto.
Pero las nubes oscuras te desean.
Las nubes punta de labios, bordes de caderas.
Ellas están pendientes de tus palabras.
Es seguro que no tendré hoy tu cuerpo en mi cuello.
Vives extasiado por el presente.
Aparentemente no podrías pensar y ser preciso.
La verdad es lo contrario.
No recuerdo nada de la noche anterior.
Sólo la complacencia de llamarte a la distancia.
¿Realmente necesitas esos ojos brillantes?
Podrás vivir sobre la curva luz de sus dedos.
Un poco de piel, un poco de ese respiro.
La luna ausente y tu rostro.
Continuas llamándome, pero no importa.
Al tacto sería agradable empezar por tu mentón.
Tu paciencia es inútil sin la gracia
De lo que sólo se recibe en el silencio.
De ese modo la calle va quedando tras el vidrio.
No te preocupes por esa flor, está muriendo.
No te preocupes por el trayecto liberado. No hay mentira.
Es definitivo que la gente se alarme
Porque de pronto ven ante ese cuerpo su destino.
Para todas las horas polvo, para el resto de semanas.
Polvo ante la vista de los pájaros, los balcones.
Polvo en medio de murallas y automóviles.
Y con todo derecho reclaman el poder,
La duda que somete todo al hambre.
Ya no vivo en el mundo, soy los muertos.
Que enloquecen por tener siempre un lugar.
La agobiante espera te envuelve.
Esa es la hora para cada caverna.
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