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sábado, 28 de agosto de 2010

Autora: Gisella Vilcapuma


I have been waiting for you so long


I´ve waited for you for long

limping in my opened heart

maybe it is time to stop it

no more past for me.

your penetrant gaze

made me surrundered to your knees talking in a language

what I never understood,

trying to decipher your code

how can I be alive without breathing tasting a sweet-bitter

is this moonlight who call me

and made me go back ...

your face blot out in my memory

I can not bring it

drowning in solitude

how can I be back?

and stay there,

looking in your palm

my essence

searching in the sparkle of your eyes

this silent night of my soul...

viernes, 23 de octubre de 2009

Autora: Ericka Koehler. Ruego de un condenado a muerte.

Autora: Ericka Koehler

Ruego de un condenado a muerte

No me condenes.
Porque nadie tiene la sombra perfecta
ni el ojo tan claro
Aunque el viento golpee
Y la lluvia no cese
Y parezca gris
Aunque no quede mar
Y ni una ave colgada de ese poste
No me condenes.
Porque nadie bebe leche fresca todos los días
ni recibe el abrazo generoso de la paz
Aunque creas que nunca más sea domingo
Y el parque no florezca
Y la nieve destruya nuestro techo
Aunque no te salude ningún amigo
Y todos crean que ésa es la verdad absoluta...
No me condenes.
La única verdad
es ésta
Ayer
no es hoy.

martes, 25 de agosto de 2009

Autora: Patty Camacho Blas. No Hay Lugar

Por: Patty Camacho Blas

No hay lugar
 
Mudando la piel
                     reinventado la vida
                        permitiendo volver al pasado    
                          descartando lo permitido
                             permitiendo lo prohibido
                                 no hay lugar
                                     no hay sitio
  cargando bolsos
                                            agujereados              
descansando
     inventando
  duendes
         luciérnagas
 
                                          y tiempos no hay lugar 
           esta noche
en esta ciudad
inmensa 
       no hay lugar para

martes, 23 de junio de 2009

Autor: Darío Leiva. Del libro “Tan sólo sentimiento"


Autor: Darío Leiva
Del libro “Tan sólo sentimiento"

SIN TU AMOR

Qué otra cosa sería sin tu amor
si no una noche despejada sin estrellas
un corazón que perdió signos vitales
un septiembre que no tiene primavera.

Qué otra cosa sería sin tu amor
si no un alma solitaria por tu ausencia
una condena de tristeza para siempre
un mar que fue cubierto por arena.

Qué otra cosa sería sin tu amor
si no un otoño de nostalgias enlutadas
un duende que extravió su Blanca Nieves
un canto que quedó sin su garganta.

Qué otra cosa sería sin tu amor
si tu amor es mi estandarte de esperanza
si tu amor es horizonte de mis ojos
y sin él, y sin él la verdad que no soy nada.



Del libro “Nada como el amor”

QUÉ MÁS

A ti te ofrezco, mi bahía de estrellas
mi constelación de perlas celestiales
estas nubes verdes que vagan por mis sueños
y este collar de llanto traído de los mares.

Para ti he preservado el jade de la noche
una lluvia roja de emblemas estelares
mi pluma divagante de idílico poeta
y mi lecho indulgente para que tú me ames.

Puedo darte si quieres, un jardín en el cielo
y por qué no el altar de mi boca esmeralda
una mágica piedra del lago de los cisnes
o este jazmín en Do que emitió mi guitarra.

Qué más podría darte motivo de mi vida
qué más puedo ofrecerte estigma del amor
si quieres yo te obsequio el alma de la luna
y envuelto entre mis manos el corazón del sol.


SOY YO
Soy peregrino que se detuvo ante tus ojos
pájaro libre, condenado por tu amor
árbol suicida enraizado a tus entrañas
fruto trashumante añejo de pasión.

Ermitaño de tus bosques encantados
indómito volcán, Neptuno en erupción
desterrado duende de galaxias extintas
ocasos encendidos, extraña insinuación.

Trapecista en los peldaños de tus labios
saeta incontenible, mundano cazador
gemido místico, poeta urbano
faro lunar, luz de neón.

Soy ese humano enamorado
un ser que no concibe estar sin vos
el mortal más amante de los mundos
tu loco compañero, ese soy yo.


Del libro “Equinoccio XXV”

DÉCIMOCUARTO
¡Qué hermosa eres, amada mía, qué hermosa eres!
¡Tus ojos son palomas!
Cantares 4.1


Para sembrar de nostalgias mi cielo te observo
mezclo la nada y la vierto en mis augurios
mi soledad arrastra sus raíces al mar
soy proyecto triste de amaneceres turbios.

Cada lágrima mía esculpe tu imagen
mi llanto se revuelca en la piel del murmullo
atravieso incipientes auroras desgastadas
descubro en alerces tus candiles desnudos.

Tu nombre es mi primera y última palabra
soy atavío yelmo espada lanza escudo
voy como un cruzado a conquistar tu amor
te observo y tu flechazo me deja moribundo.

sábado, 25 de abril de 2009

Por: Sara Bravo Montenegro. Amor que encarcela

Por: Sara Bravo Montenegro

Amor que encarcela

Eres miel, dulce y enrarecida
A mi vida llegada
Para hacer torrenciales abismos
En mi corazón

Eres el puerto lejano
Inalcanzable para mi desierto
Siempre sediento
De ti y de tu ser

Casi un dios
Amargamente idolatrado
Haciendo hilachas
De tanto ir queriéndote
Se ablandan
Mis manos
Mi voz
Mis piernas
Mi frente
Mi pecho

Siempre inubicable
Tú y tu corazón
Falto de desear sentir
Querer
Desfallecer
Llorar
Morir
Para por en desde
El amor

Me atraviesas con una lanza
Fallido tiro de un ciego
Con alas
Para medir el tamaño
De mi AMOR,
AMOR
Crueles palabras
Me dices
¿Serán tu verdad?

Adorable carcelero
Con las llaves olvidadas
Encerrada
Me has dejado
Cúbreme con tu amor
Lléname de él
No te hagas de rogar
Mi llorosa llaga
Más no me puedes doler…

miércoles, 25 de marzo de 2009

Autora: Clara Vasco. El árbol de Berlín


Autora: Clara Vasco

El árbol de Berlín

El árbol de Berlín
es pasto para los niños
sueña que es un árbol del mundo

mientras su canto es tierno en las mañanas
cuando el día pasa
responde al ruiseñor con sonidos de viento
sibilantes y misteriosos
como el nombre que traemos al nacer

El árbol de Berlín
cuando cae la tarde
se despide del murmullo
La savia
que al amanecer estallaba
en el corazón de las hojas
se aquieta como un cuerpo en resistencia

Azul
Pájaro
Trueno

Apenas me acurruco entre sus secretos
y me abrazo al tronco:

Amarillo y negro el árbol del otoño
me pregunta todo lo que no
puedo decir


Los Ahogados

Esto que traigo
como una cabellera de ahogado
me deja con sed cada noche
es collar de alambre a la madrugada
Antes de nacer
mi madre me salvó de todas mis muertes
(mi madre tiene un cántaro en el pecho)

Yo bebí la leche dulcísima de su cuerpo lunar
de su cabeza en flor
(es que antes del nacimiento hubo una fiesta)

Después
ni fiesta ni piernas ni viento en la cara
ni mano sobre mano

Una tarde inconclusa
la leche se corte
vinieron los ahogados
y esto que traigo persiste en acompañarme
como un perro sin dueño

lunes, 23 de febrero de 2009

Por: Susana Ferrer. Hospital

Por: Susana Ferrer
Hospital
Es la historia que será mañana
es la construcción de un derrumbe
que caerá desmoronado
a un agua cuadriculada que brama
atrincherada en la orilla de la fiebre.
Es una deriva encaminada
un romance con cordura
Son fusiles en la cintura
y una parca enamorada.
Un discurso hueco y mudo
leído de papeles transparentes
con obscenas palabras indecentes.
Es un beso helado y mustio
una caricia fría y apagada
La pudrición reverdeciendo ante los ojos
y toda la muerte agavillada.
Es un blanco terroso en las paredes curvas
Y un suelo de agua, de aire
de tules que se vuelan.
Es un naufragio a media superficie
en un mar espeso y blanco
islas hundidas en el fondo
y calamares de cables y escaleras.
Es el remedio que nunca curó
la planta marrón y herida
son cicatrices zigzagueando entre la piel
y un alma en quiebra en las costillas.
Es una oscuridad de atardecer
un dios de cárcel y cabaret
y una cruz cruzando los pasillos.
Es un toro tímido y cansado
un almanaque cóncavo y hundido
un beso de dolor agazapado
y una luna, un ángel y un ladrido.

lunes, 12 de enero de 2009

Autor: Florentino Díaz Ahumada. De "La Revolución de los peces".


De: La revolución de los peces
Autor: Florentino Díaz Ahumada


Preparación del cardumen
Poca favilla gran fiamma seconda.
Paradiso, I.
Dante Alighieri

1
Si quieres recordarte, siéntate:
respira,
Junta las manos
derecha sobre izquierda.
Crea un puente en los pulgares.
Presta atención a tu vientre, percíbelo.
Allí el caldero donde emerge el tú.
la luna, el sol y los demás destellos.
La luz va llegando desde el este, observa.
El sonido del mar se hace cercano.
El sueño y la vigilia, ambas se han fundido
No te distraigas, esto es sencillo no huele.
No sabe a nada, no tiene color, es agua.
Ése es el hilo. Lo vas notando lentamente.
Se expresa en el silencio la urdimbre de las voces.
Se va abriendo en la penumbra el rumor del aire.
Vital y grato. Siéntelo,
hazte el propósito.
Es invisible, no le tocas, no le puedes atrapar.
¿No será de amor Su aliento cuando al fin te encuentra?
Sigue respirando porque más de ti vas conociendo.
Más del suelo, del sillón, del edificio.
Más del parque, de la calle, de los autos.
Más de ese navío, de esas puertas. Ese tonel y ese garfio.
Lo íntimo del mar está en el viento.

Vas comprendiendo y el miedo se diluye.
Escucha: En esta noche duerme la ciudad
En este día.
Y en realidad todo relucirá de otra forma
Cuando tiendas desde el centro del corazón
Un lazo al infinito resplandor ahí en lo alto.
Y te dispongas
al cuidado del gladiolo y cedas al sereno
Canto de la mañana que no te pide nada.
Y de la noche que todo tu brillar recibe.
En esa estancia cada ser de tu ser se fundirá al servicio.
De la claridad amplísima del viento.
Y el Divino dejará caerse en tiernos gestos
Y en su caricia nunca olvidaremos nuestro origen.


2
En este momento hablemos, si tú quieres.
Podemos sostener dos alientos y entre ellos
Percibir en los dos rayos el color.
Temblamos, nos movemos en la luz.
Como dos velas que el fuego consume en el espacio.
Pero no mires lo absurdo en lo que apenas comprendes,
Y no enjuicies tan pronto el latido del león,
Ni la fruición de la ardilla o la lengua de los caballos.
De todos los cristales hoy éste ha aparecido.
Evita en lo sucesivo hacer comparaciones y aprende
A ver la fluidez del canto en la mirada, el fulgor de lo sentido
Entre las manos.
Hurgando esa palabra para abrazar soles, cálices de aguas,
Yerbas, bosques, algas y tormentas.
Lo que se vive ahora es guerra.
Lo que se vivió antes, lo que está por vivirse
Es guerra, si cerrando los ojos, desaparece el crepúsculo.
Pero la poesía se invoca en su ritmo, su plenitud.
Si ahondas en su sonido, puede que aparezcan
Cálidas lagunas, plazas, movimientos de planetas.
También los sucesos y sus temas, el ondear de su cabello,
Los sauces y sus secretos.
En ese sonido escuchar
Lo que a ti llegando en la quietud se ofrece.
Sólo date cuenta, espera un momento, inspírate
Del verdor en el fresno, ve: aquel jazmín no es lejano.
También está el sonido de la guerra, es lo que abunda.
Y lo que abunda no siempre es tu sentido.
Lo que deseo explicarte no tiene en su asunto vía recta,
Concatenación discursiva de lógica moldeable.
Lo que busco decirte está en los silencios
De la bruma y el sol entre las flores,
Entra, no por eso me volveré tu superior.
No pensaremos por ti, no haremos muros a tu alrededor.
En la contemplación torna a la alegría.
El verso es un saludar, brilla en consciencia,
Cual el ver de la piedra o el monte hacia la nube.
Y a cada instante algo se está volviendo lumbre.
Observa, deja a un lado los prejuicios.
Una caricia, un ritmo: La pausa entre el sonido y la ventana.
El estallido de la flor cuando se abraza a la luz,
El suspirar de las olas cuando se nutren de la noche.
Así, por ese repentino rumor
De relámpagos y encinas,
Podemos conocer el rumbo del electrón en la pantalla
O la sinuosa ruta de la imagen en tus ojos. Eso no es todo,
Pero ante la inmensa pregunta que plantea cada cosa
Puede serlo.
Una a otra van ligadas, uno a todo, causalmente.
Nombro esta ansia: llamar a ese Espíritu,
Hacerme uno con Él.
Reunirme nuevamente con el sol, amar
Con lo sin fin de cada astro.
Beber en su hálito la flama que en tu cuenco pueda despertar,
Que saborees, que gustes el grato aroma de la luna
Cuando el sol también está y todo a una inefable presencia
Se va entrelazando.
Todo es un decir celebrando. En el tono
Está lo importante, lo sugerente en la cualidad de la inflexión,
La diferencia entre lo visto y lo escuchado: el puente
Entre los ojos y el oído.
Debes saber que en la pupila, su oscuridad,
Congrégase la semilla de mil nombres, crecen serenos
Los suspiros y el fuego oscuro derramado en la rosa.
Sin competir, sin desafiar con estruendos las miradas.
No se yergue sobre otros, nunca combate.
Luego de todo aquello nada sabemos, sólo siente
La complacencia de estar de cada cosa, la bella forma
Que adquiere el agua en las orillas, su danza irrepetible.
Un poco de eso está en tus ojos,
su cimbrear y su aleteo
También anida en cada mano, siempre que palpite
Tu corazón como un único encuentro en el instante,
Como un sabor que en cada aliento se renueve.
La vida hace mucho que empezó,
Estamos en el océano.


3
Lo que ves es cómo lo ves.
Y en esa singular visión las visiones. Una a una concuerdan,
Aunque distantes.
Lo que ves no es sólo lo visto.
Es lo que detrás te va llegando: un abrazar.
Estás envuelto: un recordar. Estás atento.
El sendero no es otro que el servicio a la gente.
Que no te dividan en dos. No temas,
Eso es poder.
El poder desea que le temas,
Eso no es el universo.
No ejerce el sol sobre la luna un dominio. Sino
Que a su resplandor el arco sigue y los planetas
Son los destellos de ese canto. No te animes
A tejer en los que velan algún nudo de querencia
No es ésa la vía, no es el corazón hecho para el miedo.
No repitas el mismo comportar de los que viven
Enlazados por un signo, una palabra y se hacen eco
Mental de aquello que despiertan: lo que ríe es un manto
Luminoso y amarillo. Te reaviva y te conduce.
Por eso amanece,
Por eso oscurece.
Así lo vivo vive,
Así se anda en su mirar cantado la infinita posibilidad.
Y lo imposible una señal de que se está por el sentido,
Se está muy cerca, mas nunca se le alcanza, ¿qué medirás
Qué lumbre o sueño o angosta majestad es lo que pesas?
No te enfrentes a nada que se agite o te revuelva.
La música se esparce como ondas en el agua y el fruto
Permanece fresco ahí en la rama. El cielo otorga su color
Y la mañana es una hermosa princesa que no duda.
Sus brazos cobijan lo viviente y le hace ofrenda
De puntual esplendor cuando aparece y todo empieza a despertar.
Amando un poco más las cosas, la piedra, el árbol
El verso retorna al corazón y el sonido, eso importante,
Cuyo tronco es para ti una puerta, o una dorada espuma,
Va declarándose en el aire y entonces confiando le pronuncias
Mientras el sol sigue buscando y las hojas renacen a otro verde.
En ese momento sabes que hay voces en el viento y en la tierra.
Las escuchas, pero no con alarma, no con prisa. Esperas
El rumor de aliento, el entusiasmo, la risa verdadera.
Y las flores del campo. Con ellas nos iremos. El sol sigue
Su camino por el río y la ciudad. No te pierdas
El paso entre la nube y tus pies.
Es también la cuerda entre el gigante y la tierra.
Asciende, que el corazón te lleve
Lejos donde hay cima sin neblina
Y reposa hermoso aquel palacio.
El sendero no es la exterioridad del signo, en él tú no buscas
Ser contemplado por el rito, la presencia de lo fabricado.
Es la comprensión de tu lugar en este gran lugar,
Hacerse acorde al movimiento de la luz.
La humildad de la flor cuando le acaricia el rocío.
El paso de la gota en las cenizas del cielo, ya de noche,
Pronto, pronto se hará perla, ha tocado a la puerta
Y en el umbral se han abierto con ternura las certezas.

martes, 30 de setiembre de 2008

Autor: Florentino Díaz. "Transmutación de la ciudad o el alba de los cuerpos luminosos".

Autor: Florentino Díaz
De: Transmutación de la ciudad o el alba de los cuerpos luminosos

Transformarlo todo
Presiento desde aquí
La tormenta de fuego sobre tu frente.
El ser humillado, desplazado
No le es grato a la vida. Ella estalla,
Ella conjura sus elementos y amenaza tu falsa estirpe.
Puedo ver que te aniquila.
También deshace al tiempo,
Al flujo abdominal que en la conciencia se concibe como hora.
Yo estoy libre, he aprendido a controlarme.
Que caiga la noche precipitada de verde.
Que todos tus huesos despierten.
Caminen,
Integrados a esa sombra que protege a las piedras.
Hablan de la enfermedad y no entienden.
Hablan de sus pobres y vacíos miedos.
En esa sangre está el amor, en ese cielo
Sostenido por el respiro.
No aprenden de los siglos, de los años.
La rama muerta danza sobre sus pechos,
No la flor luminosa, el encendido cuerpo del agua.
Ustedes, los que persiguen, ya están muertos.
Ustedes, los que humillan, la vida terminó por arrancarlos.
¡Oh fuego! ¡Oh quietud!
Mis ojos como otro río. Estoy bebiendo.
No me permites encantarme del todo. El sonido de esa voz
Puede causar el extravío. El sonido de sus dientes y su aliento.
Cuéntala también, es la herramienta divina. Cuéntala con su peso y destrucción.
Ya están ahogados.
Finalmente esa tormenta soy yo mismo.
Tampoco existe. No es importante.
El problema está en pensar,
En asumirse como un leño predestinado a arder.
Nada de eso.
El fuego nos nombra,
Sin piedad consume las hojas,
La carne guardada en tu vientre.
Pero acabo de notar tu castigado rumbo.
El frío estremecimiento ni siquiera te devora.
No posees ni voluntad ni impulso.
Eres como las demás mujeres,
La misma carga, la misma invitación al duelo.
En verdad voy a destruirte.
Con una frase basta, con un gesto.
Decirte que todo amor olvides,
Que el cuerpo, tu cuerpo,
No debe desear al mío porque mi cuerpo
Es sólo lo efímero, lo no deseable.
También recuerda:
Tendrás otro sexo para tu deleite alguna noche.
Tendrás aquel rostro acalorado
Descansando junto a tu mejilla.
Eso es lo cierto.
Por puro vano gusto nos mentimos.
Por pura casualidad coincides
En hacerme ver
Que no ansías el placer de los demás placeres.
Pero el tiempo exige ahora
El acariciar con dulzura tu espalda entre las sombras.
La inquietud de lo gozado, el cambio.
A veces, realmente, deseo buscarte y gritarte
Como a un cuerpo que se va a perder, que se va a ahogar.
La vida engendra a la noche infinita.
Y ese grito me dará otra muerte más
A la muerte de mis ojos.
Te buscaría entonces para rodearte de luz.
Un círculo del que no salieras ni vieras.
Pero qué lentitud se apoderaría de mí
Al no aceptar que también has de vivir
Que estás muriendo,
Como yo, como los otros.
Y no hay lugar tranquilo, ni un refugio
Para todo espíritu que arde.
Esperas al guía, lo sabemos.
Esperas ver el polvo de sus pasos en la calle.
No encuentras la verdad en sus quejidos.
El carro de la noche te ha arrancado el pensamiento,
El hilo tibio que desciende en tus mejillas.
Ahora has vuelto a las piedras del río.
Has regresado sin saber por la ruta de los viejos comerciantes.
Gustas de sus comidas, del olor de sus leños.
Ya te has perdido nuevamente.
Todo lo guía un dios. Respóndele.
Todo lo llevan sus miradas brillantes.
¿A ellos deseas acudir? Criatura del miedo.
Todos descansan en ti. Criatura que desprecia
El rumor del viento y la piel de ese niño.
La muerte que corrompe, la que hunde.
De la mente nace siempre su delirio.
Huye de ella, véncela. Tú, el inspirado, tú, vuelto por las flores a la vida.
La ciudad venga a sus débiles.
Cuéntate entre los humillados,
Entre los que respiran y persisten.
No eres nada de lo que crees ser.
En los muros las cruces, ninguna rama
Que te asegure el reposo. Pierdes el sentido.
Tan sólo un poco de esa luz y vivirás.
Tan sólo una palabra de sus cabellos cercanos.
Desespera, entrégate al olvido de tu vana presencia.
Los barcos se han hundido al fin.
Esa columna en tu rostro nada sostiene.
Eres libre, inmensamente triste sobre el polvo.
Tu visión ha sido un sueño, tu deseo de amor.
Mira los campos bajo los cuervos. El sol
Oscuro en el horizonte.
No te niegues al alba, allá vienen.
No te aferres a la flor acabada.
Todos los espíritus a tu alrededor.
Tú confiado, protegido por sus brazos.
Acércate, el silencio de las hojas son sus manos.
Vaga entre los puentes y los bosques.
La montaña gira cuando estás despertando.
No me ofrezcas tu vida, no me ofrezcas
El sabio cultivo de esas nubes.
Aleja tus pies sucios, estás podrido.
Concédeme un instante la verdadera contemplación.
Se oscurece la esfera de los vivos, otra se ilumina.
No has comprendido. Marcha el río.
Persigue esa corriente.
Respuesta de los Engendradores, los Procreadores a las plegarias de los hombres:
En todas las ventanas duerme el mundo.
Sólo en tus ojos despierta, al calor de tus manos,
Las señales.
Eso piensas es lo cierto
También te han hablado, es seguro,
Del cuerpo redimido sobre el mar,
Del venerable rostro en cada piel urdido.
La fatal codicia proviene de tu mente, entiéndelo.
El anhelado encuentro es sólo un sueño.
Aprende en lo que ves la verdadera ley:
La arena ha de cubrirlos algún día,
Bajo la piedra, su espinoso borde.
Y en realidad, más allá de esto o de lo otro,
Seguirán estando ahí, permaneciendo.
Saciando ignorantes la esperada lumbre.
Acaba ya con la brisa, esos hombres,
El aire te sigue con sus muertos.
Ellos respiraron. Ellos vieron.
Ellos caminaron sobre el pleno suelo fértil.
Estación de lluvia. Danza.
Estación de fuego. Danza.
Estación para las nubes. Llevar
Y alimentar los animales. Rosas a la derecha.
En torno al árbol. Danza.
Conocieron la humedad de la carne. El calor de la carne.
El olor. Las espaldas, las manos, esos cuellos
Moviéndose con el viento.
Sin buscar nada más. Buscaban el día.
Siembra de los frutos, siembra de la piel dorada.
La orilla del mar. El otro lado es cosa seria.
La noche es espléndida. Humaredas rojizas
Mientras se abre el cielo.
Juntáronse todos ellos, libres ya de las miradas de los pájaros
Su seno muerto de color violeta.
Frío su torso. Los jirones de su manto en las hormigas.
En su boca el escorpión prendado de las nubes.
Siembra de la piel dorada, siembra para la noche venidera.
La alcanzarás, estás muy cerca.
Serás honrado por los hombres.
Está lejos, la niebla te cegará.
Maldito serás para los hombres.
Los troncos se doblan, húmedos, en lo profundo de esta selva.
El tiempo cercano.
De uno de ellos fuiste parte. Parte de las flores.
Sangre derramada en la montaña.
A ellos te diriges. Edad tras edad. El viento.
Sombra tras sombra. El fuego encendido en el follaje.
Juntáronse y dividieron.
La luz del cielo. La noche del cielo.
El agua del río escoge la carne de sus muertos.
Poderoso el espíritu, suave voz en los oídos.
Alimentar al que nace y al que enferma.
Alimentar la tierra que alimenta. Amarillo el cenit.
Al paso de las mujeres. Los árboles moviéndose.
Un anciano desciende. Puñal para tus ojos.
Tres veces la luz. Tres veces el brillo sin verbo.
Tres veces la luz deslumbrante.
Mas no era el padre. Él dormía. Fuera de toda noche.
Soñaba. Fuera de todo día.
Nueve veces la sombra de tu cuerpo.
Comida y bebida para él. Ofrenda dulce para el fuego.
El canto antiguo debes comprender. En aquel canto de siglos, con toda tu atención, debes sumergirte. No pretendas conocer ya del desierto. Ellos han de retornar.
Lo que no es de la ciudad siempre es ceniza.
Los caminos, los puentes,
Hasta las esquinas que respiran
De la sombra de los niños son de fuego.
La curvatura de los cuerpos,
La basura, los insectos boca arriba.
Todo es la flama blanquecina y pura.
Las catedrales y los parques,
Aquellos jardines que albergaban
A las aves y las flores se vuelven a su forma.
También el cielo que cubre a la ciudad
Es un círculo oscuro consumido por el fuego.
Poetas, músicos,
Los hacedores de muros y edificios,
Los mendigos y las madres.
Los que caminan, los que duermen.
Ellos son de fuego.
Los árboles crujen silenciosos.
La materia es fuego en toda la ciudad.
Y los cuerpos amantes, verdaderos, no pertenecen a ella.
En este siglo de hierro. No.
Sigo el rumbo, la velocidad.
En la calle despierto, huelo sus casas.
Sus paredes. También tu cabello.
Podría haber sido gris entre las hojas.
Transformar todo en belleza.
Cada movimiento del cuerpo, el segundo.
Esa es la sagrada labor. Lentamente
Estremeciendo el tuétano de toda conciencia.
Allá va el infinito y gritarle.
Allá con su corriente helada de metal, su lengua.
No nos desviemos, me dirás de pronto.
Pero las nubes oscuras te desean.
Las nubes punta de labios, bordes de caderas.
Ellas están pendientes de tus palabras.
Es seguro que no tendré hoy tu cuerpo en mi cuello.
Vives extasiado por el presente.
Aparentemente no podrías pensar y ser preciso.
La verdad es lo contrario.
No recuerdo nada de la noche anterior.
Sólo la complacencia de llamarte a la distancia.
¿Realmente necesitas esos ojos brillantes?
Podrás vivir sobre la curva luz de sus dedos.
Un poco de piel, un poco de ese respiro.
La luna ausente y tu rostro.
Continuas llamándome, pero no importa.
Al tacto sería agradable empezar por tu mentón.
Tu paciencia es inútil sin la gracia
De lo que sólo se recibe en el silencio.
De ese modo la calle va quedando tras el vidrio.
No te preocupes por esa flor, está muriendo.
No te preocupes por el trayecto liberado. No hay mentira.
Es definitivo que la gente se alarme
Porque de pronto ven ante ese cuerpo su destino.
Para todas las horas polvo, para el resto de semanas.
Polvo ante la vista de los pájaros, los balcones.
Polvo en medio de murallas y automóviles.
Y con todo derecho reclaman el poder,
La duda que somete todo al hambre.
Ya no vivo en el mundo, soy los muertos.
Que enloquecen por tener siempre un lugar.
La agobiante espera te envuelve.
Esa es la hora para cada caverna.

sábado, 12 de enero de 2008

Poesía

De: Pavese y Kodak. María Teresa Andruetto

Instante
Una turbulencia balancea
las barcazas. La luz pinta el aire
de amarillos y están cerradas
las viejas puertas. Nadie
en la pescara, ni las góndolas
lúgubres. En el puente de Canaregio
ni las de lujo ni el vaporetto,
sólo pequeñas barcazas
han pasado la noche entre los palos.
Allá al fondo, un hombre barre
la fondamenta de Ca laria. El resto,
nada.

Ahora que viene el tiempo de los pájaros

Ahora que viene el tiempo de los pájaros
y de los brotes en las ramas y la blancura
del almendro,
ahora que salgo al aire por las tardes
y riego plantas y veo cómo la tierra bebe
el agua,
ahora que se agitan las polleras
al murmullo de la brisa,
ahora que los niños conquistan el baldío
y construyen refugios y saltan vallas,
ahora que en el barrio las mujeres se sientan
a la sombra de los fresnos y toman mate
y hablan,
yo miro a cada instante hacia el Oeste, hacia
tu casa.

Primavera de l992.
In memoriam Clara Rut Crimberg.

Entre tus fauces

Río de lomo azul donde navego
con la cabeza otra vez contra
la orilla, devuélveme el resuello
y el talle que he tenido entre tus fauces;
y esta memoria que se lo come todo,
llévatela. Aquella niña calando
sandía en el patio y los amargos
granados abiertos, diamantes
de azúcar, llévatelos. Llévate también
a ese hombre de cejas espesas
y mirada viva que me ha mirado tanto.
Llévate los días, y el recuerdo
de los días, y la tarde en que se fueron,
y el abrazo. Muchas veces Caronte
me pidió que entregara la dádiva,
y yo la di, y los subí a la barca,
y los empujé hacia el agua
que hace sombra.Vuelve siempre
un camino de cipreses y el crujido
de mis pasos en la arena. Vuelven
los que trazan la huella de los días
y reclaman: Mira hacia arriba.
Y yo por el cielo,huérfana, buscando
el Caprino, los Gemelos, un recuerdo
de agua azul sin alimañas. Mira
hacia arriba, dicen, y yo en tus fauces
otra vez, contra la orilla.

De artes y oficios: Delia Pasini
Stabat Mater
La madre con el hijo expuestos tras un vidrio
preservan su eternidad. Los ojos ya no ansían
el aliento del mármol, ni recorren los dedos
sus pliegues interiores. Anónimo viajero,
su voz desaparece en ecos al unísono.

No es necesario llegar ante esa puerta
para abandonar toda esperanza.

Chillan los ojos de quienes ya perdieron
los sonidos. Abrazados a huesos que aún
respiran, esperan el alimento de la muerte.

Agónica tierra sembrada de codicia.
Bocas vacías de estupor, papando moscas.
Más próximo el dolor, igual ajeno.

Tantos son los que yacen sin regazo
sin una lágrima que pueda recordarlos
siquiera ojeras bajo los párpados
soberbios de obstinación, al trocar
la aflicción por la condena.

Ella extendía un blanquísimo lienzo
salpicado por dos gotas de sangre.
La piel cetrina se demoraba en sombras
en tanto el valle resplandecía en verdes
después de la tormenta.

Acorralan al río con sus mañas,
titilan las luces sobre el hormigón,
lo reflejan en yermo.

Un país es sus costumbres y sus miedos.

La figura inclinada sobre el banco de piedra,
cubierta su cabeza con el manto,
las manos aleves contra el aire
acunan los labios su reposo.

Caen los peces.
Se hinchan sobre el barro.
Su hedor se mezcla con el de la ciudad.
Crujen las fachadas contra las
casillas de chapas y cartón.

Someter y despojarse forman parte
de la razón y el desatino.
La mueca complaciente se hunde
en el rictus de quien celebra su agonía.

De Zoología del conejo: Cecilia Romana

DOS O TRES COSAS ACERCA DE ÉL

Me limpio la suela en el borde del cantero. Hice
dos cosas inexplicables. La primera: decirle a mi amiga
que se parece al personaje de McCullers ¿Por qué?,
pregunta ella con toda razón. No sé. Por lo alta, quizás,
porque tiene esa manía de estirarse la camisa para
esconder los pezones ¿Por qué?, vuelve a preguntar.
Porque le incomoda ser mujer, supongo. O porque
sabe que los hombres son todos unos cerdos.

Mick –a ella me refiero-, tiene doce años. Compra
cigarrillos a escondidas. Cuando habla, se aplasta
el flequillo con el puño cerrado. Escribió en un muro:
Edison, Dick Tracy, Mussollini. Después,
en el primer lugar agregó a Mozart ¿Y en qué nos
parecemos?, pregunta mi amiga. Qué sé yo,
en que las dos usan pantalones de tiro bajo.

Desmontamos el puesto. Los libros grandes en el fondo,
los medianos arriba... Qué bien si yo pudiera
catalogar mi amor así de fácil. El sol
se adhiere como una sábana al último piso de la
biblioteca. Él se acerca: remera negra, zapatillas
Lotto. Cargado de hombros, se entiende,
por la edad. O porque sería mucho que
además de buen narrador fuera también atlético.
Él no usa cinturón, salvo en casos extremos.

En realidad son tres cosas, no dos las inexplicables.
Sumémosle a la primera que pisé caca de perro y debería
retroceder en mi aseveración de antes: no todos
los hombres son unos cerdos. Él, de hecho, usa anteojos,
señal de que, en algún sentido, no anduvo por la
calle apedreando a otros muchachos. Apostaría mis
suelas a que es limpio, ordenado y se duerme boca arriba.

De: Mientras duerme el inocente Ana Guillot

1

Clama la encrucijada de la noche
y el cielo es apenas
el rostro angular
de una escena que ocurre en otra parte

Alguien juega a los dados
(ya se sabe)

y uno es siempre entonces
un hombre desnudo
que se esconde
del sortilegio final

Alguien juega a los dados
y el infinito se compacta
en un destino individual

Alguien juega a los dados
y el compás
dibuja los contornos
de ese hombre ahora

mientras, el inocente duerme
y ensueña música
como si el universo pudiera reducirse
a la armonía posible
de los otros

Alguien juega a los dados
y empuja el número
la cifra que siempre nos define
la herencia de agua y de sangre
la suma de destierros

Alguien juega a los dados
(ya se sabe)

/ ¿con ironía? ¿con celo?
¿con tristeza?/

Desciende en la encrucijada de la noche
una estrella feroz
mientras, el inocente duerme

3

Porque sólo el ojo recorre la cifra
y reconoce al hombre
que será

porque sólo el ojo ha de reconocer
antes que nadie
dónde se ha de partir el cáliz
cuándo las lágrimas seccionarán el vientre
cómo ha de nacer magnolias también alguna vez

Porque sólo ese ojo abierto y metálico
descifra el código del agua
o el mínimo temblor de la semilla

porque sólo ese ojo perpendicular al mundo
define el nombre oculto
en la madera hostil del ataúd

Ha jugado a los dados
/ ¿con infinita paciencia? ¿con malicia?/

Avanza ahora el dedo
y la cifra revela la presencia
de un puente entre dos mundos

duerme el inocente, sin embargo