lunes, 13 de julio de 2009
martes, 23 de junio de 2009
Autor: Darío Leiva. Del libro “Tan sólo sentimiento"
Autor: Darío Leiva
Del libro “Tan sólo sentimiento"
SIN TU AMOR
Qué otra cosa sería sin tu amor
si no una noche despejada sin estrellas
un corazón que perdió signos vitales
un septiembre que no tiene primavera.
Qué otra cosa sería sin tu amor
si no un alma solitaria por tu ausencia
una condena de tristeza para siempre
un mar que fue cubierto por arena.
Qué otra cosa sería sin tu amor
si no un otoño de nostalgias enlutadas
un duende que extravió su Blanca Nieves
un canto que quedó sin su garganta.
Qué otra cosa sería sin tu amor
si tu amor es mi estandarte de esperanza
si tu amor es horizonte de mis ojos
y sin él, y sin él la verdad que no soy nada.
Del libro “Nada como el amor”
QUÉ MÁS
A ti te ofrezco, mi bahía de estrellas
mi constelación de perlas celestiales
estas nubes verdes que vagan por mis sueños
y este collar de llanto traído de los mares.
Para ti he preservado el jade de la noche
una lluvia roja de emblemas estelares
mi pluma divagante de idílico poeta
y mi lecho indulgente para que tú me ames.
Puedo darte si quieres, un jardín en el cielo
y por qué no el altar de mi boca esmeralda
una mágica piedra del lago de los cisnes
o este jazmín en Do que emitió mi guitarra.
Qué más podría darte motivo de mi vida
qué más puedo ofrecerte estigma del amor
si quieres yo te obsequio el alma de la luna
y envuelto entre mis manos el corazón del sol.
SOY YO
Soy peregrino que se detuvo ante tus ojos
pájaro libre, condenado por tu amor
árbol suicida enraizado a tus entrañas
fruto trashumante añejo de pasión.
Ermitaño de tus bosques encantados
indómito volcán, Neptuno en erupción
desterrado duende de galaxias extintas
ocasos encendidos, extraña insinuación.
Trapecista en los peldaños de tus labios
saeta incontenible, mundano cazador
gemido místico, poeta urbano
faro lunar, luz de neón.
Soy ese humano enamorado
un ser que no concibe estar sin vos
el mortal más amante de los mundos
tu loco compañero, ese soy yo.
Del libro “Equinoccio XXV”
DÉCIMOCUARTO
¡Qué hermosa eres, amada mía, qué hermosa eres!
¡Tus ojos son palomas!
Cantares 4.1
Para sembrar de nostalgias mi cielo te observo
mezclo la nada y la vierto en mis augurios
mi soledad arrastra sus raíces al mar
soy proyecto triste de amaneceres turbios.
Cada lágrima mía esculpe tu imagen
mi llanto se revuelca en la piel del murmullo
atravieso incipientes auroras desgastadas
descubro en alerces tus candiles desnudos.
Tu nombre es mi primera y última palabra
soy atavío yelmo espada lanza escudo
voy como un cruzado a conquistar tu amor
te observo y tu flechazo me deja moribundo.
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Autor: Darío Leiva,
Poesía
sábado, 25 de abril de 2009
Por: Sara Bravo Montenegro. Amor que encarcela
Por: Sara Bravo Montenegro
Amor que encarcela
Eres miel, dulce y enrarecida
A mi vida llegada
Para hacer torrenciales abismos
En mi corazón
Eres el puerto lejano
Inalcanzable para mi desierto
Siempre sediento
De ti y de tu ser
Casi un dios
Amargamente idolatrado
Haciendo hilachas
De tanto ir queriéndote
Se ablandan
Mis manos
Mi voz
Mis piernas
Mi frente
Mi pecho
Siempre inubicable
Tú y tu corazón
Falto de desear sentir
Querer
Desfallecer
Llorar
Morir
Para por en desde
El amor
Me atraviesas con una lanza
Fallido tiro de un ciego
Con alas
Para medir el tamaño
De mi AMOR,
AMOR
Crueles palabras
Me dices
¿Serán tu verdad?
Adorable carcelero
Con las llaves olvidadas
Encerrada
Me has dejado
Cúbreme con tu amor
Lléname de él
No te hagas de rogar
Mi llorosa llaga
Más no me puedes doler…
Amor que encarcela
Eres miel, dulce y enrarecida
A mi vida llegada
Para hacer torrenciales abismos
En mi corazón
Eres el puerto lejano
Inalcanzable para mi desierto
Siempre sediento
De ti y de tu ser
Casi un dios
Amargamente idolatrado
Haciendo hilachas
De tanto ir queriéndote
Se ablandan
Mis manos
Mi voz
Mis piernas
Mi frente
Mi pecho
Siempre inubicable
Tú y tu corazón
Falto de desear sentir
Querer
Desfallecer
Llorar
Morir
Para por en desde
El amor
Me atraviesas con una lanza
Fallido tiro de un ciego
Con alas
Para medir el tamaño
De mi AMOR,
AMOR
Crueles palabras
Me dices
¿Serán tu verdad?
Adorable carcelero
Con las llaves olvidadas
Encerrada
Me has dejado
Cúbreme con tu amor
Lléname de él
No te hagas de rogar
Mi llorosa llaga
Más no me puedes doler…
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Autora: Sara Bravo Montenegro,
Poesía
miércoles, 25 de marzo de 2009
Autora: Clara Vasco. El árbol de Berlín

Autora: Clara Vasco
El árbol de Berlín
El árbol de Berlín
es pasto para los niños
sueña que es un árbol del mundo
mientras su canto es tierno en las mañanas
cuando el día pasa
responde al ruiseñor con sonidos de viento
sibilantes y misteriosos
como el nombre que traemos al nacer
El árbol de Berlín
cuando cae la tarde
se despide del murmullo
La savia
que al amanecer estallaba
en el corazón de las hojas
se aquieta como un cuerpo en resistencia
Azul
Pájaro
Trueno
Apenas me acurruco entre sus secretos
y me abrazo al tronco:
Amarillo y negro el árbol del otoño
me pregunta todo lo que no
puedo decir
El árbol de Berlín
El árbol de Berlín
es pasto para los niños
sueña que es un árbol del mundo
mientras su canto es tierno en las mañanas
cuando el día pasa
responde al ruiseñor con sonidos de viento
sibilantes y misteriosos
como el nombre que traemos al nacer
El árbol de Berlín
cuando cae la tarde
se despide del murmullo
La savia
que al amanecer estallaba
en el corazón de las hojas
se aquieta como un cuerpo en resistencia
Azul
Pájaro
Trueno
Apenas me acurruco entre sus secretos
y me abrazo al tronco:
Amarillo y negro el árbol del otoño
me pregunta todo lo que no
puedo decir
Los Ahogados
Esto que traigo
como una cabellera de ahogado
me deja con sed cada noche
es collar de alambre a la madrugada
Antes de nacer
mi madre me salvó de todas mis muertes
(mi madre tiene un cántaro en el pecho)
Yo bebí la leche dulcísima de su cuerpo lunar
de su cabeza en flor
(es que antes del nacimiento hubo una fiesta)
Después
ni fiesta ni piernas ni viento en la cara
ni mano sobre mano
Una tarde inconclusa
la leche se corte
vinieron los ahogados
y esto que traigo persiste en acompañarme
como un perro sin dueño
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Autora: Clara Vasco,
Poesía
lunes, 23 de febrero de 2009
Por: Susana Ferrer. Hospital
Por: Susana Ferrer
Hospital
Es la historia que será mañana
es la construcción de un derrumbe
que caerá desmoronado
a un agua cuadriculada que brama
atrincherada en la orilla de la fiebre.
Es una deriva encaminada
un romance con cordura
Son fusiles en la cintura
y una parca enamorada.
Un discurso hueco y mudo
leído de papeles transparentes
con obscenas palabras indecentes.
Es un beso helado y mustio
una caricia fría y apagada
La pudrición reverdeciendo ante los ojos
y toda la muerte agavillada.
Es un blanco terroso en las paredes curvas
Y un suelo de agua, de aire
de tules que se vuelan.
Es un naufragio a media superficie
en un mar espeso y blanco
islas hundidas en el fondo
y calamares de cables y escaleras.
Es el remedio que nunca curó
la planta marrón y herida
son cicatrices zigzagueando entre la piel
y un alma en quiebra en las costillas.
Es una oscuridad de atardecer
un dios de cárcel y cabaret
y una cruz cruzando los pasillos.
Es un toro tímido y cansado
un almanaque cóncavo y hundido
un beso de dolor agazapado
y una luna, un ángel y un ladrido.
Hospital
Es la historia que será mañana
es la construcción de un derrumbe
que caerá desmoronado
a un agua cuadriculada que brama
atrincherada en la orilla de la fiebre.
Es una deriva encaminada
un romance con cordura
Son fusiles en la cintura
y una parca enamorada.
Un discurso hueco y mudo
leído de papeles transparentes
con obscenas palabras indecentes.
Es un beso helado y mustio
una caricia fría y apagada
La pudrición reverdeciendo ante los ojos
y toda la muerte agavillada.
Es un blanco terroso en las paredes curvas
Y un suelo de agua, de aire
de tules que se vuelan.
Es un naufragio a media superficie
en un mar espeso y blanco
islas hundidas en el fondo
y calamares de cables y escaleras.
Es el remedio que nunca curó
la planta marrón y herida
son cicatrices zigzagueando entre la piel
y un alma en quiebra en las costillas.
Es una oscuridad de atardecer
un dios de cárcel y cabaret
y una cruz cruzando los pasillos.
Es un toro tímido y cansado
un almanaque cóncavo y hundido
un beso de dolor agazapado
y una luna, un ángel y un ladrido.
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Autora: Susana Ferrer,
Poesía
jueves, 19 de febrero de 2009
lunes, 12 de enero de 2009
Autor: Florentino Díaz Ahumada. De "La Revolución de los peces".
De: La revolución de los peces
Autor: Florentino Díaz Ahumada
Preparación del cardumen
Poca favilla gran fiamma seconda.
Paradiso, I.
Dante Alighieri
1
Si quieres recordarte, siéntate:
respira,
Junta las manos
derecha sobre izquierda.
Crea un puente en los pulgares.
Presta atención a tu vientre, percíbelo.
Allí el caldero donde emerge el tú.
la luna, el sol y los demás destellos.
La luz va llegando desde el este, observa.
El sonido del mar se hace cercano.
El sueño y la vigilia, ambas se han fundido
No te distraigas, esto es sencillo no huele.
No sabe a nada, no tiene color, es agua.
Ése es el hilo. Lo vas notando lentamente.
Se expresa en el silencio la urdimbre de las voces.
Se va abriendo en la penumbra el rumor del aire.
Vital y grato. Siéntelo,
hazte el propósito.
Es invisible, no le tocas, no le puedes atrapar.
¿No será de amor Su aliento cuando al fin te encuentra?
Sigue respirando porque más de ti vas conociendo.
Más del suelo, del sillón, del edificio.
Más del parque, de la calle, de los autos.
Más de ese navío, de esas puertas. Ese tonel y ese garfio.
Lo íntimo del mar está en el viento.
Vas comprendiendo y el miedo se diluye.
Escucha: En esta noche duerme la ciudad
En este día.
Y en realidad todo relucirá de otra forma
Cuando tiendas desde el centro del corazón
Un lazo al infinito resplandor ahí en lo alto.
Y te dispongas
al cuidado del gladiolo y cedas al sereno
Canto de la mañana que no te pide nada.
Y de la noche que todo tu brillar recibe.
En esa estancia cada ser de tu ser se fundirá al servicio.
De la claridad amplísima del viento.
Y el Divino dejará caerse en tiernos gestos
Y en su caricia nunca olvidaremos nuestro origen.
2
En este momento hablemos, si tú quieres.
Podemos sostener dos alientos y entre ellos
Percibir en los dos rayos el color.
Temblamos, nos movemos en la luz.
Como dos velas que el fuego consume en el espacio.
Pero no mires lo absurdo en lo que apenas comprendes,
Y no enjuicies tan pronto el latido del león,
Ni la fruición de la ardilla o la lengua de los caballos.
De todos los cristales hoy éste ha aparecido.
Evita en lo sucesivo hacer comparaciones y aprende
A ver la fluidez del canto en la mirada, el fulgor de lo sentido
Entre las manos.
Hurgando esa palabra para abrazar soles, cálices de aguas,
Yerbas, bosques, algas y tormentas.
Lo que se vive ahora es guerra.
Lo que se vivió antes, lo que está por vivirse
Es guerra, si cerrando los ojos, desaparece el crepúsculo.
Pero la poesía se invoca en su ritmo, su plenitud.
Si ahondas en su sonido, puede que aparezcan
Cálidas lagunas, plazas, movimientos de planetas.
También los sucesos y sus temas, el ondear de su cabello,
Los sauces y sus secretos.
En ese sonido escuchar
Lo que a ti llegando en la quietud se ofrece.
Sólo date cuenta, espera un momento, inspírate
Del verdor en el fresno, ve: aquel jazmín no es lejano.
También está el sonido de la guerra, es lo que abunda.
Y lo que abunda no siempre es tu sentido.
Lo que deseo explicarte no tiene en su asunto vía recta,
Concatenación discursiva de lógica moldeable.
Lo que busco decirte está en los silencios
De la bruma y el sol entre las flores,
Entra, no por eso me volveré tu superior.
No pensaremos por ti, no haremos muros a tu alrededor.
En la contemplación torna a la alegría.
El verso es un saludar, brilla en consciencia,
Cual el ver de la piedra o el monte hacia la nube.
Y a cada instante algo se está volviendo lumbre.
Observa, deja a un lado los prejuicios.
Una caricia, un ritmo: La pausa entre el sonido y la ventana.
El estallido de la flor cuando se abraza a la luz,
El suspirar de las olas cuando se nutren de la noche.
Así, por ese repentino rumor
De relámpagos y encinas,
Podemos conocer el rumbo del electrón en la pantalla
O la sinuosa ruta de la imagen en tus ojos. Eso no es todo,
Pero ante la inmensa pregunta que plantea cada cosa
Puede serlo.
Una a otra van ligadas, uno a todo, causalmente.
Nombro esta ansia: llamar a ese Espíritu,
Hacerme uno con Él.
Reunirme nuevamente con el sol, amar
Con lo sin fin de cada astro.
Beber en su hálito la flama que en tu cuenco pueda despertar,
Que saborees, que gustes el grato aroma de la luna
Cuando el sol también está y todo a una inefable presencia
Se va entrelazando.
Todo es un decir celebrando. En el tono
Está lo importante, lo sugerente en la cualidad de la inflexión,
La diferencia entre lo visto y lo escuchado: el puente
Entre los ojos y el oído.
Debes saber que en la pupila, su oscuridad,
Congrégase la semilla de mil nombres, crecen serenos
Los suspiros y el fuego oscuro derramado en la rosa.
Sin competir, sin desafiar con estruendos las miradas.
No se yergue sobre otros, nunca combate.
Luego de todo aquello nada sabemos, sólo siente
La complacencia de estar de cada cosa, la bella forma
Que adquiere el agua en las orillas, su danza irrepetible.
Un poco de eso está en tus ojos,
su cimbrear y su aleteo
También anida en cada mano, siempre que palpite
Tu corazón como un único encuentro en el instante,
Como un sabor que en cada aliento se renueve.
La vida hace mucho que empezó,
Estamos en el océano.
3
Lo que ves es cómo lo ves.
Y en esa singular visión las visiones. Una a una concuerdan,
Aunque distantes.
Lo que ves no es sólo lo visto.
Es lo que detrás te va llegando: un abrazar.
Estás envuelto: un recordar. Estás atento.
El sendero no es otro que el servicio a la gente.
Que no te dividan en dos. No temas,
Eso es poder.
El poder desea que le temas,
Eso no es el universo.
No ejerce el sol sobre la luna un dominio. Sino
Que a su resplandor el arco sigue y los planetas
Son los destellos de ese canto. No te animes
A tejer en los que velan algún nudo de querencia
No es ésa la vía, no es el corazón hecho para el miedo.
No repitas el mismo comportar de los que viven
Enlazados por un signo, una palabra y se hacen eco
Mental de aquello que despiertan: lo que ríe es un manto
Luminoso y amarillo. Te reaviva y te conduce.
Por eso amanece,
Por eso oscurece.
Así lo vivo vive,
Así se anda en su mirar cantado la infinita posibilidad.
Y lo imposible una señal de que se está por el sentido,
Se está muy cerca, mas nunca se le alcanza, ¿qué medirás
Qué lumbre o sueño o angosta majestad es lo que pesas?
No te enfrentes a nada que se agite o te revuelva.
La música se esparce como ondas en el agua y el fruto
Permanece fresco ahí en la rama. El cielo otorga su color
Y la mañana es una hermosa princesa que no duda.
Sus brazos cobijan lo viviente y le hace ofrenda
De puntual esplendor cuando aparece y todo empieza a despertar.
Amando un poco más las cosas, la piedra, el árbol
El verso retorna al corazón y el sonido, eso importante,
Cuyo tronco es para ti una puerta, o una dorada espuma,
Va declarándose en el aire y entonces confiando le pronuncias
Mientras el sol sigue buscando y las hojas renacen a otro verde.
En ese momento sabes que hay voces en el viento y en la tierra.
Las escuchas, pero no con alarma, no con prisa. Esperas
El rumor de aliento, el entusiasmo, la risa verdadera.
Y las flores del campo. Con ellas nos iremos. El sol sigue
Su camino por el río y la ciudad. No te pierdas
El paso entre la nube y tus pies.
Es también la cuerda entre el gigante y la tierra.
Asciende, que el corazón te lleve
Lejos donde hay cima sin neblina
Y reposa hermoso aquel palacio.
El sendero no es la exterioridad del signo, en él tú no buscas
Ser contemplado por el rito, la presencia de lo fabricado.
Es la comprensión de tu lugar en este gran lugar,
Hacerse acorde al movimiento de la luz.
La humildad de la flor cuando le acaricia el rocío.
El paso de la gota en las cenizas del cielo, ya de noche,
Pronto, pronto se hará perla, ha tocado a la puerta
Y en el umbral se han abierto con ternura las certezas.
Autor: Florentino Díaz Ahumada
Preparación del cardumen
Poca favilla gran fiamma seconda.
Paradiso, I.
Dante Alighieri
1
Si quieres recordarte, siéntate:
respira,
Junta las manos
derecha sobre izquierda.
Crea un puente en los pulgares.
Presta atención a tu vientre, percíbelo.
Allí el caldero donde emerge el tú.
la luna, el sol y los demás destellos.
La luz va llegando desde el este, observa.
El sonido del mar se hace cercano.
El sueño y la vigilia, ambas se han fundido
No te distraigas, esto es sencillo no huele.
No sabe a nada, no tiene color, es agua.
Ése es el hilo. Lo vas notando lentamente.
Se expresa en el silencio la urdimbre de las voces.
Se va abriendo en la penumbra el rumor del aire.
Vital y grato. Siéntelo,
hazte el propósito.
Es invisible, no le tocas, no le puedes atrapar.
¿No será de amor Su aliento cuando al fin te encuentra?
Sigue respirando porque más de ti vas conociendo.
Más del suelo, del sillón, del edificio.
Más del parque, de la calle, de los autos.
Más de ese navío, de esas puertas. Ese tonel y ese garfio.
Lo íntimo del mar está en el viento.
Vas comprendiendo y el miedo se diluye.
Escucha: En esta noche duerme la ciudad
En este día.
Y en realidad todo relucirá de otra forma
Cuando tiendas desde el centro del corazón
Un lazo al infinito resplandor ahí en lo alto.
Y te dispongas
al cuidado del gladiolo y cedas al sereno
Canto de la mañana que no te pide nada.
Y de la noche que todo tu brillar recibe.
En esa estancia cada ser de tu ser se fundirá al servicio.
De la claridad amplísima del viento.
Y el Divino dejará caerse en tiernos gestos
Y en su caricia nunca olvidaremos nuestro origen.
2
En este momento hablemos, si tú quieres.
Podemos sostener dos alientos y entre ellos
Percibir en los dos rayos el color.
Temblamos, nos movemos en la luz.
Como dos velas que el fuego consume en el espacio.
Pero no mires lo absurdo en lo que apenas comprendes,
Y no enjuicies tan pronto el latido del león,
Ni la fruición de la ardilla o la lengua de los caballos.
De todos los cristales hoy éste ha aparecido.
Evita en lo sucesivo hacer comparaciones y aprende
A ver la fluidez del canto en la mirada, el fulgor de lo sentido
Entre las manos.
Hurgando esa palabra para abrazar soles, cálices de aguas,
Yerbas, bosques, algas y tormentas.
Lo que se vive ahora es guerra.
Lo que se vivió antes, lo que está por vivirse
Es guerra, si cerrando los ojos, desaparece el crepúsculo.
Pero la poesía se invoca en su ritmo, su plenitud.
Si ahondas en su sonido, puede que aparezcan
Cálidas lagunas, plazas, movimientos de planetas.
También los sucesos y sus temas, el ondear de su cabello,
Los sauces y sus secretos.
En ese sonido escuchar
Lo que a ti llegando en la quietud se ofrece.
Sólo date cuenta, espera un momento, inspírate
Del verdor en el fresno, ve: aquel jazmín no es lejano.
También está el sonido de la guerra, es lo que abunda.
Y lo que abunda no siempre es tu sentido.
Lo que deseo explicarte no tiene en su asunto vía recta,
Concatenación discursiva de lógica moldeable.
Lo que busco decirte está en los silencios
De la bruma y el sol entre las flores,
Entra, no por eso me volveré tu superior.
No pensaremos por ti, no haremos muros a tu alrededor.
En la contemplación torna a la alegría.
El verso es un saludar, brilla en consciencia,
Cual el ver de la piedra o el monte hacia la nube.
Y a cada instante algo se está volviendo lumbre.
Observa, deja a un lado los prejuicios.
Una caricia, un ritmo: La pausa entre el sonido y la ventana.
El estallido de la flor cuando se abraza a la luz,
El suspirar de las olas cuando se nutren de la noche.
Así, por ese repentino rumor
De relámpagos y encinas,
Podemos conocer el rumbo del electrón en la pantalla
O la sinuosa ruta de la imagen en tus ojos. Eso no es todo,
Pero ante la inmensa pregunta que plantea cada cosa
Puede serlo.
Una a otra van ligadas, uno a todo, causalmente.
Nombro esta ansia: llamar a ese Espíritu,
Hacerme uno con Él.
Reunirme nuevamente con el sol, amar
Con lo sin fin de cada astro.
Beber en su hálito la flama que en tu cuenco pueda despertar,
Que saborees, que gustes el grato aroma de la luna
Cuando el sol también está y todo a una inefable presencia
Se va entrelazando.
Todo es un decir celebrando. En el tono
Está lo importante, lo sugerente en la cualidad de la inflexión,
La diferencia entre lo visto y lo escuchado: el puente
Entre los ojos y el oído.
Debes saber que en la pupila, su oscuridad,
Congrégase la semilla de mil nombres, crecen serenos
Los suspiros y el fuego oscuro derramado en la rosa.
Sin competir, sin desafiar con estruendos las miradas.
No se yergue sobre otros, nunca combate.
Luego de todo aquello nada sabemos, sólo siente
La complacencia de estar de cada cosa, la bella forma
Que adquiere el agua en las orillas, su danza irrepetible.
Un poco de eso está en tus ojos,
su cimbrear y su aleteo
También anida en cada mano, siempre que palpite
Tu corazón como un único encuentro en el instante,
Como un sabor que en cada aliento se renueve.
La vida hace mucho que empezó,
Estamos en el océano.
3
Lo que ves es cómo lo ves.
Y en esa singular visión las visiones. Una a una concuerdan,
Aunque distantes.
Lo que ves no es sólo lo visto.
Es lo que detrás te va llegando: un abrazar.
Estás envuelto: un recordar. Estás atento.
El sendero no es otro que el servicio a la gente.
Que no te dividan en dos. No temas,
Eso es poder.
El poder desea que le temas,
Eso no es el universo.
No ejerce el sol sobre la luna un dominio. Sino
Que a su resplandor el arco sigue y los planetas
Son los destellos de ese canto. No te animes
A tejer en los que velan algún nudo de querencia
No es ésa la vía, no es el corazón hecho para el miedo.
No repitas el mismo comportar de los que viven
Enlazados por un signo, una palabra y se hacen eco
Mental de aquello que despiertan: lo que ríe es un manto
Luminoso y amarillo. Te reaviva y te conduce.
Por eso amanece,
Por eso oscurece.
Así lo vivo vive,
Así se anda en su mirar cantado la infinita posibilidad.
Y lo imposible una señal de que se está por el sentido,
Se está muy cerca, mas nunca se le alcanza, ¿qué medirás
Qué lumbre o sueño o angosta majestad es lo que pesas?
No te enfrentes a nada que se agite o te revuelva.
La música se esparce como ondas en el agua y el fruto
Permanece fresco ahí en la rama. El cielo otorga su color
Y la mañana es una hermosa princesa que no duda.
Sus brazos cobijan lo viviente y le hace ofrenda
De puntual esplendor cuando aparece y todo empieza a despertar.
Amando un poco más las cosas, la piedra, el árbol
El verso retorna al corazón y el sonido, eso importante,
Cuyo tronco es para ti una puerta, o una dorada espuma,
Va declarándose en el aire y entonces confiando le pronuncias
Mientras el sol sigue buscando y las hojas renacen a otro verde.
En ese momento sabes que hay voces en el viento y en la tierra.
Las escuchas, pero no con alarma, no con prisa. Esperas
El rumor de aliento, el entusiasmo, la risa verdadera.
Y las flores del campo. Con ellas nos iremos. El sol sigue
Su camino por el río y la ciudad. No te pierdas
El paso entre la nube y tus pies.
Es también la cuerda entre el gigante y la tierra.
Asciende, que el corazón te lleve
Lejos donde hay cima sin neblina
Y reposa hermoso aquel palacio.
El sendero no es la exterioridad del signo, en él tú no buscas
Ser contemplado por el rito, la presencia de lo fabricado.
Es la comprensión de tu lugar en este gran lugar,
Hacerse acorde al movimiento de la luz.
La humildad de la flor cuando le acaricia el rocío.
El paso de la gota en las cenizas del cielo, ya de noche,
Pronto, pronto se hará perla, ha tocado a la puerta
Y en el umbral se han abierto con ternura las certezas.
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Autor: Florentino Díaz Ahumada,
Poesía,
POETRY
viernes, 12 de diciembre de 2008
Por: Franco Cavagnaro ¿Qué hace éxitosa una novela?

Por: Franco Cavagnaro
¿QUÉ HACE EXITOSA UNA NOVELA?
¿QUÉ HACE EXITOSA UNA NOVELA?
Para esa gente que la quiere hacer en el mundo editorial con una novela que los faje en billetes, aquí la respuesta desde BBC Mundo.com
¿Por qué hay obras literarias que gustan tanto? ¿Cuál es el secreto para que una historia se venda como pan caliente?
¿Qué se necesita para que una novela arrase en un concurso literario? Escritores, editores y críticos explican cómo ganar fama, dinero y público.
Sir Salman Rushdie, el mismo que fue condenado a muerte en 1989 por el ayatolá Jomeini -entonces líder espiritual de Irán- por sus "Versos satánicos", acaba de ganar en el Reino Unido los cuarenta y tantos mil dólares del premio "Lo mejor del Booker", por su novela "Hijos de medianoche".
El triunfo de Rushdie es en dos tableros porque la misma novela se llevó el premio en 1981 y esta vez competía con otros ganadores del mismo galardón, que celebra ya cuarenta años.
Según Martyn Goff, quien dirigió el concurso durante 35 años, la clave del éxito está ligada al concepto de "turismo literario", es decir, es necesario llevar al lector a lugares que le sean profundamente desconocidos."
La novela le da a la gente información, sentimientos nuevos, sobre algo de lo que sabían extremadamente poco", explica Goff, de 85 años de edad.
"Sí, claro que debe tener una trama sólida. Pero también debería proporcionar descripciones de algo que la mayoría de nosotros desconoce. Es lo que ocurre con la India de Rushdie, cosas así. Eso impresiona fuertemente a la gente".
Trama crucial
Si definir qué constituye una novela válida literariamente ya es difícil, identificar el factor que la hace popular lo es aún más.
Novelistas y editores fantasean con emular el éxito internacional de autores como Ian McEwan, Sebastian Faulks o Louis de Bernieres.
El trío citado parece respaldar la idea de Goff de que un bestseller con calidad literaria necesita transportar al lector a un tiempo o lugar remotos.
"La definición funcional de ficción literaria es ficción que no sólo se preocupa de la trama, sino también de la manera de tejerla", explica la escritora estadounidense Tracy Chevalier, autora de "La joven de la perla".
"Si uno examina 'El código da Vinci', se encuentra con una trama interesante que sigue y sigue. No creo que Dan Brown haya pensado mucho en cómo contar la historia", opina.
"Cuando se lee un libro como "Expiación" (de Ian McEwan) - una ficción literaria muy popular - su forma condice con su función. La trama es muy envolvente, pero la forma de construirla es esencial para la narración misma".
"Las dos cosas se combinan perfectamente y hacen del libro más de lo que sería si fuera solamente una trama", señala.
Influencia
Sin embargo, muchos temen que son los propios premios los que tienen, actualmente, mucha influencia.
Incluso, el propio Martyn Goff, quien dedicó gran parte de su vida a administrar el Booker, piensa así."En los primeros días del Booker, los escritores querían producir una buena novela. Ahora, tratan de escribir un libro ganador del Booker", dice Goff.
"Los premios son los grandes factores hoy en día", añade.Tracy Chevalier se defiende y aduce que no sólo los escritores están obsesionados con los premios.
"Creo que los escritores, en su mayor parte, lo único que quieren es escribir", afirma.
"Pero para los editores es mucho más difícil vender libros. Se publica demasiado y la gente lee cada vez menos. Las dos razones están liquidando a los autores medianos".
"La manera más fácil para que un editor imponga a un autor es ganando el Premio Orange o el Booker".
"Eso da una enorme publicidad, dado que los libreros ponen esos textos en los escaparates de la librería", dice Chevalier.
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GRACIAS MIS LIBROS
Hasta ahora los conservo. Hasta ahora sigo pensando qué casualidad que me gustaran tanto, que llegaran a mí cuando tenia 9 ó 10 años. Qué loco y qué emocionante cuando acompañaba a mis padres a comprar a Scala gigante de La Marina. Allí están. El mundo perdido. Wou! El profesor Lidenbrook y su sobrino. Dos imágenes inmortales para mí: Lidenbrock enseñándole a su sobrino cómo perder el miedo a las alturas. Un grabado a lo Doré. Ambos en una cima impresionante de un edificio. Segunda: Lidenbrook buscando a su sobrino perdido bajo millones de kilómetros bajo tierra. Herido en la oscuridad de una galería perdida. Y claro El castillo de Otranto. ¡Qué increíble!
Cómo no decidir amar los libros con esa colección, ¡cómo no desear escribir una novela después de eso! Gracias Verne, gracias Conan Doyle, gracias Walpole. Allí se inicia todo. Allí está todo.
EL CANON DE HAROLD
EL CANON DE HAROLD
Cuando uno piensa en El canon occidental de Harold Bloom, se imagina primero a todos los grandes poetas, novelistas y demás en una carrera alocada por los 100 metros planos. Allí está Shakespeare jalándolo del laurel a Dante y éste haciendo lo propio con el arete del dramaturgo inglés. Más atrás vienen Chaucer, Joyce, Kafka, Emily Dickinson, Walt Withman, Proust y todos los demás, demasiado respetuosos de los dos primeros corredores como para pisarles el poncho. Después de seis años releo el libro y pienso en un cuadrilátero de pugilatos, donde Shakeaspeare es el matoncito y Dante el sobrado. Como siempre, y como me ocurrió la primera vez que leí el libro, me quedo con Dante. Me rectifico en mi juicio sobre Miller, en verdad no hay nadie más egocéntrico y fanático de sí mismo que Dante porque es “el más agresivo y polémico de todos los escritores importantes de Occidente… Dante era un partido político y una secta de un solo miembro”. Y supongo para Bloom Dante es herético por solapa, porque “la convincente ironía (o alegoría) de la obra de Dante es que él afirma aceptar los límites al tiempo que los viola. Todo lo que es vital y original en Dante resulta arbitrario y personal, y aun con todo es presentado como la verdad, en consonancia con la tradición, la fe y la racionalidad”. Dante es tan sobrado que seguramente el creía que no estaba para elogiar a todos los que le precedieron, sino que “él los distribuye, según su propio criterio, en el Limbo, el Purgatorio, el Infierno y el Cielo, pues él es el verdadero profeta, y espera ser reinvindicado en su propia época”.
Ahora veo este libro como una prueba obvia de los tiempos de competencia brutal. El canon occidental es producto exclusivo de esa visión. En esa batalla, los escritores se hacen un espacio en la gloria. Entonces los creadores deben enfundarse guantes de box si quieren sobrevivir.
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Autor: Franco Cavagnaro,
Publicaciones
Por: Sara Bravo Montenegro. "Rojo y Negro" de Stendhal.

Por: Sara Bravo Montenegro
“Rojo y negro” de Stendhal
Análisis del libro
“El horrible combate que libraban la timidez y el deber se le hacía muy penoso y no le permitía observar nada fuera de sí mismo”, así describe Stendhal el momento en que Julián se encuentra a solas con la señora de Renal, de quien se da cuenta que se ha empezado a enamorar de él, y desea cogerle la mano, lo cual él lo toma como un deber.
En la mayor parte de la obra, Julián Sorel, personaje principal, se debatirá entre cómo debe comportarse y lo que sus verdaderos sentimientos e impulsos lo llevan a hacer. Su deseo por subir en la escala social lo lleva a ser hipócrita y a rechazar el amor de la señora de Renal, por lo cual opta por dejar de ser preceptor de sus hijos e irse a un seminario. Por su parte, esta como una mujer virtuosa se negará en un inicio sus sentimientos hasta que los celos que siente por él la llevan a aceptar lo que verdaderamente siente.
Su deseo de subir en la escala social lo lleva a hacer lo que otros desean que haga y a decir lo que otros desean oír, es decir, es necesario que sea hipócrita para poder dejar su humilde origen. Por otro lado, su hipocresía probablemente no solo sea un arma para subir socialmente, sino también una “caparazón” para defenderse del mundo, de la sociedad y de los intereses mezquinos de los otros, y por lo cual él tiene que ser como los demás son, y aspira a tener lo que otros tienen: poder (el poder de la Iglesia o el poder del Ejército).
Podemos decir, entonces, que esta novela pregunta en repetidas ocasiones la posibilidad, e incluso la conveniencia, de ser sinceros o de ser hipócritas: la mayoría de los personajes y, en particular Julián, son muy conscientes de la necesidad de desempeñar un papel a fin de obtener la aprobación de los que le rodean y de poder lograr subir en la escala social (en el caso de Julián). En la obra, los personajes piensan de una manera y actúan de otra, e incluso optan por esconder sus verdaderos sentimientos (como en el caso de Matilde, que desdeña a Julián por su origen pobre).
El tema principal de la novela es, por otra parte, atemporal y por ello ha trascendido. La novela pregunta en repetidas ocasiones la posibilidad, e incluso la conveniencia, de ser sinceros o hipócritas: la mayoría de los personajes y, en particular Julien, son muy conscientes de la necesidad de desempeñar un papel especial a fin de obtener la aprobación de los que le rodean (aunque no siempre con éxito). La palabra "hipocresía" puede ser entendida como la palabra clave en una novela donde las locuciones de los personajes y sus pensamientos más íntimos están, con mucha frecuencia, en contradicción.
Stendhal, uno de los primeros escritores del realismo, escribe con un estilo muy puntilloso, pues de esa manera logra analizar las pasiones y describir los comportamientos sociales de su época, logrando retratar a la sociedad francesa del siglo XIX. La acción se dilata para describir los gestos de los personajes, y poder penetrar en sus pensamientos, con lo cual logra hacer ver al lector que tanto el actuar y el decir de los personajes está en contradicción con lo que piensan.
LA OBRA
PERSONAJES PRINCIPALES
Julian Sorel: Personaje protagonista de la obra. Atractivo, seductor, apuesto y joven, frágil físicamente, y con rasgos finos, Julian es hijo de un carpintero de la ciudad de Verrières, quien detesta a su padre. Gracias a su encanto, a sus conocimientos de latín y a su inteligencia, comienza una ascensión social acompañada de humillaciones, desengaños amorosos, agravios y abominables intereses.
Sorel tratará a sus amantes con la frialdad que impone la ambición y será tan enamoradizo como el propio Stendhal, un dandy que frecuentaba salones y teatros y en cada uno de ellos encontraba una aventura.
Señora de Renal: Esposa del alcade Verrieres. Tiene aproximadamente treinta años y está dotada de un alma delicada y sencilla, ama a sus hijos, pero no a su marido. Cuando empieza a darse cuenta de que siente celos por Julián se aflige, siente que no debe ceder a sus sentimientos, mas luego su pasión por él se encenderá y no podrá dejar de amarlo.
Matilde de La Mole: Hija del marqués de La Mole. Tiene diecinueve años, es caprichosa y se aburre con sus pretendientes porque estos no son inteligentes. Se enamora de Julián a quien considera inteligente y solo cuando él está se le pasa a ella el aburrimiento. Desdeña a Julián a pesar de sentirse enamorada de él, pues conoce su origen humilde. Llega a tener un romance con él, pero por su carácter antipático Julián la termina aborreciendo.
“Rojo y negro” de Stendhal
Análisis del libro
“El horrible combate que libraban la timidez y el deber se le hacía muy penoso y no le permitía observar nada fuera de sí mismo”, así describe Stendhal el momento en que Julián se encuentra a solas con la señora de Renal, de quien se da cuenta que se ha empezado a enamorar de él, y desea cogerle la mano, lo cual él lo toma como un deber.
En la mayor parte de la obra, Julián Sorel, personaje principal, se debatirá entre cómo debe comportarse y lo que sus verdaderos sentimientos e impulsos lo llevan a hacer. Su deseo por subir en la escala social lo lleva a ser hipócrita y a rechazar el amor de la señora de Renal, por lo cual opta por dejar de ser preceptor de sus hijos e irse a un seminario. Por su parte, esta como una mujer virtuosa se negará en un inicio sus sentimientos hasta que los celos que siente por él la llevan a aceptar lo que verdaderamente siente.
Su deseo de subir en la escala social lo lleva a hacer lo que otros desean que haga y a decir lo que otros desean oír, es decir, es necesario que sea hipócrita para poder dejar su humilde origen. Por otro lado, su hipocresía probablemente no solo sea un arma para subir socialmente, sino también una “caparazón” para defenderse del mundo, de la sociedad y de los intereses mezquinos de los otros, y por lo cual él tiene que ser como los demás son, y aspira a tener lo que otros tienen: poder (el poder de la Iglesia o el poder del Ejército).
Podemos decir, entonces, que esta novela pregunta en repetidas ocasiones la posibilidad, e incluso la conveniencia, de ser sinceros o de ser hipócritas: la mayoría de los personajes y, en particular Julián, son muy conscientes de la necesidad de desempeñar un papel a fin de obtener la aprobación de los que le rodean y de poder lograr subir en la escala social (en el caso de Julián). En la obra, los personajes piensan de una manera y actúan de otra, e incluso optan por esconder sus verdaderos sentimientos (como en el caso de Matilde, que desdeña a Julián por su origen pobre).
El tema principal de la novela es, por otra parte, atemporal y por ello ha trascendido. La novela pregunta en repetidas ocasiones la posibilidad, e incluso la conveniencia, de ser sinceros o hipócritas: la mayoría de los personajes y, en particular Julien, son muy conscientes de la necesidad de desempeñar un papel especial a fin de obtener la aprobación de los que le rodean (aunque no siempre con éxito). La palabra "hipocresía" puede ser entendida como la palabra clave en una novela donde las locuciones de los personajes y sus pensamientos más íntimos están, con mucha frecuencia, en contradicción.
Stendhal, uno de los primeros escritores del realismo, escribe con un estilo muy puntilloso, pues de esa manera logra analizar las pasiones y describir los comportamientos sociales de su época, logrando retratar a la sociedad francesa del siglo XIX. La acción se dilata para describir los gestos de los personajes, y poder penetrar en sus pensamientos, con lo cual logra hacer ver al lector que tanto el actuar y el decir de los personajes está en contradicción con lo que piensan.
LA OBRA
PERSONAJES PRINCIPALES
Julian Sorel: Personaje protagonista de la obra. Atractivo, seductor, apuesto y joven, frágil físicamente, y con rasgos finos, Julian es hijo de un carpintero de la ciudad de Verrières, quien detesta a su padre. Gracias a su encanto, a sus conocimientos de latín y a su inteligencia, comienza una ascensión social acompañada de humillaciones, desengaños amorosos, agravios y abominables intereses.
Sorel tratará a sus amantes con la frialdad que impone la ambición y será tan enamoradizo como el propio Stendhal, un dandy que frecuentaba salones y teatros y en cada uno de ellos encontraba una aventura.
Señora de Renal: Esposa del alcade Verrieres. Tiene aproximadamente treinta años y está dotada de un alma delicada y sencilla, ama a sus hijos, pero no a su marido. Cuando empieza a darse cuenta de que siente celos por Julián se aflige, siente que no debe ceder a sus sentimientos, mas luego su pasión por él se encenderá y no podrá dejar de amarlo.
Matilde de La Mole: Hija del marqués de La Mole. Tiene diecinueve años, es caprichosa y se aburre con sus pretendientes porque estos no son inteligentes. Se enamora de Julián a quien considera inteligente y solo cuando él está se le pasa a ella el aburrimiento. Desdeña a Julián a pesar de sentirse enamorada de él, pues conoce su origen humilde. Llega a tener un romance con él, pero por su carácter antipático Julián la termina aborreciendo.
Resumen de la obra
La mayor parte de los acontecimientos de esta novela se suceden en Verrieres (Francia), una pequeña ciudad que el autor sitúa en el Franco Condado, cerca de su capital Besançon, a orillas del río Doubs. La mayor parte de su población se dedica a la producción de madera y principal fuente de riqueza es la manufactura de estampados. Su población está formada, en buena parte, por advenedizos que tratan de ascender en la escala social, para lo cual ingresan al clero, institución que pugnaba por tener tanto poder como el gobierno de la Francia del siglo XIX, y a la cual el autor crítica en la novela.
En la entrada del pueblo se encuentra la fábrica de clavos, a orillas del río, propiedad del alcalde, señor de Rênal, quien es un hombre de cabellos grises, entre los cuarenta y ocho y cincuenta años de edad. Tiene una casa con grandes jardines, para lo cual compró terreno a sus vecinos, entre ellos al viejo Sorel, dueño de una serrería y padre de tres hijos, entre ellos Julián, personaje principal de esta novela.
El señor de Rênal se da cuenta que él y su esposa ya no pueden controlar a sus hijos por ser demasiado traviesos para ellos, por lo cual le comunica a su mujer que ha decidido contratar como preceptor de ellos a Julián Sorel. Un viejo comandante cirujano del ejército de Napoleón le ha enseñado latín y le ha dejado en herencia todos sus libros. Ha estudiado algo de teología y piensa ingresar en el seminario, por lo que el señor de Rênal, al saber que Julián desea entrar al seminario. Además, piensa que así le dará envidia al Prefecto de la Casa de los Pobres, Valenod, su gran rival político, que no tiene preceptor para sus hijos.
El alcalde y el viejo Sorel llegan a un acuerdo sobre el pago a Julián, quien, en un inicio, no quiere aceptar el puesto, pues cree que será un criado y se siente humillado, pero luego se deja convencer por su padre. Luego, entra a trabajar a la casa del señor de Rênal. Allí conoce a los hijos de este y a su esposa, por quien comienza a sentir una admiración que es correspondida. Los niños llegan a querer y respetar a Julián, mientras la señora de Rênal y él empiezan una relación de amistad que se acrecienta poco a poco.
Con el transcurrir del tiempo, una de las criadas de la casa se enamora de Julián y le confiesa al cura Chélan su proyecto de casarse con él. Julián no se interesa por la propuesta, pues tiene otras ambiciones para lo cual es capaz de comportarse hipócritamente. La señora de Rênal le dice a su criada que intercederá por ella ante Julián, aunque en lo más íntimo de su corazón ella desea que él siga rechazando esa propuesta.
Poco después, por imitación de los hábitos cortesanos, a principios de la primavera, el señor de Rênal traslada su casa al vecino pueblo de Vergy, donde es propietario de un viejo castillo. Julián se dedica de lleno a sus lecturas, pasea por el campo con los niños y descuida la educación de los hijos del señor de Rênal, que le recrimina por ello. Se siente humillado y amenaza con abandonar su empleo para encargarse de los hijos de Valenod, ante lo cual le aumentan el sueldo. Se desahoga paseando en el campo y trama vengarse del alcalde, con su mujer.
El joven se encuentra con Valenod a quien le informa de su aumento de sueldo. Continúa la vida en Vergy mientras el alcalde, preocupado con las intrigas y los vaivenes de la política, no se apercibe de lo que sucede. La señora de Rênal se da cuenta de que está enamorada de Julián, pero la idea del adulterio - que asocia a la de ignominia pública - le aterroriza y decide comportarse con extrema frialdad frente a Julián.
Julián consigue un permiso para ir a ver a su amigo Fouqué. Este le ofrece entrar a partes iguales en su negocio de maderas. Aunque le atrae económicamente, no le gusta la idea de quedarse definitivamente en una provincia, y declina su oferta excusándose en su supuesta vocación por el sacerdocio.
Al regreso a Verrieres, observa la frialdad de la señora de Rênal hacia él, pero poco a poco van deshaciéndose de sus prejuicios: ella de sus principios morales, y él de las diferencias de casta, que ceden a su deseo de hacer fortuna y a su orgullo ante los ricos que le han humillado. El romance entre los dos se desarrolla en completo secreto y Julián va superando la humillación que hasta entonces había sufrido, porque no se siente tratado como un criado.
Más adelante, cuando regresan a Vergy, se enferma el menor de los hijos del alcalde, con lo que se agudiza el remordimiento de su mujer, al pensar que se trata de un castigo divino por sus relaciones con Julián. La señora de Rênal resiste a los remordimientos por el amor que siente hacia el joven. Una amiga de ella, invitada en la casa, se da cuenta de lo que sucede y acude a contárselo a Valenod —rival político del alcalde y antiguo pretendiente de la señora de Rênal—, que escribe una carta anónima al alcalde. Julián sospecha de la carta que ha recibido el alcalde y decide actuar con prudencia. La señora de Rênal, enterada del contenido, propone a Julián redactar otra carta, supuestamente escrita por Valenod, en la que le declara su amor y le amenaza con chantaje.
El alcalde se preocupa por los efectos que el hecho podría tener en su carrera política y en la no pequeña herencia de su esposa. Tras leer la segunda carta, concede a Julián una semana de permiso para que se aleje de la casa. Julián aprovecha ese tiempo para visitar al Abad Chélan, que ya ha sido desposeído de su puesto en Verrieres, y le presta algunos servicios materiales. Después se encuentra con un amigo de Valenod, que le ofrece ser preceptor de los hijos de su amigo que, entre otras cosas, le pagará mucho mejor. En los días de permiso de Julián se ha difundido por el pueblo el escándalo del adulterio. Chélan insta a Julián para que se vaya al seminario o a casa de su amigo Fouqué. Julián sale de Verrieres y se dirige a Besançon.
Julián llega al seminario en Besançon. Allí es recibido por el Rector del seminario, Pirard, quien le dice que tiene una carta de recomendación de Chélan, por lo cual es aceptado allí. Una vez instalado en el seminario, Julián está allí solo por ambición y porque ya no puede seguir en la casa de los señores de Rênal. Poco a poco Julián va aprendiendo el arte de la hipocresía. Mientras tanto la señora de Rênal le ha estado escribiendo con frecuencia, pero sus cartas son interceptadas y destruidas por el Rector, a quien impresiona el fervor religioso de esa mujer, junto con su loca pasión por Julián. En la última carta se despide para siempre, manifestando una completa conversión. En esas circunstancias se presenta Fouqué, que consigue ver a Julián solo después de varios intentos. Este le cuenta la conversión de la mujer del alcalde a la beatería, sin embargo, Julián se interesa por otras cosas y le pide periódicos liberales.
El Rector, víctima de maquinaciones, es destituido de su puesto. Durante seis años, Pirard había mantenido un enfrentamiento con Frilair, Vicario General de la Diócesis, a causa de un pleito por unas tierras entre este y el marqués de la Mole, por quien había tomado partido al comprobar su razón. El Vicario, que en doce años se había convertido en uno de los mayores terratenientes de Besançon, está decidido a usar de toda su influencia para ganar el pleito; de aquí su furia contra el Rector del seminario.
Julián es nombrado preceptor para las asignaturas de Antiguo y Nuevo Testamento, con lo que se gana el respeto de los otros seminaristas. El marqués de la Mole para agradecer a Pirard todos sus servicios en relación al juicio que llevaba con Frilair le ofrece dinero que aquel rechaza. Entonces, al enterarse de que Julián es su favorito le envía dinero anónimamente. Además, el marqués obtiene para el padre Pirard una parroquia en París.
En París, el padre Pirard sugiere al marqués que ofrezca a Julián un puesto de secretario particular. Una vez que Julián sale del seminario, pasa por Verrieres para saludar al padre Chélanl. Consigue una escalera de mano y con ella logra entrar en la habitación de la mujer del alcalde, la señora de Rênal. Ella al inicio lo rechaza, pero luego conversan y él le habla de su vida en el seminario. Estando en esa situación, casi es descubierto por el alcalde, pero consigue escapar perseguido por los perros y los disparos de los criados que le toman por un ladrón, y se dirige a París.
Llega Julián a París que es el centro de la hipocresía y de la intriga, según la novela. El Abad Pirard y Julián son recibidos brevemente por el marqués de la Mole, en su estudio y empieza a trabajar con él. Va aprendiendo los modales parisinos y recobra poco a poco la confianza en sí mismo que había perdido por la impresión del ambiente. En la cena conoce a la mujer y a los dos hijos del Marqués: el Conde Norberto y Matilde.
En la novela se describe aquella sociedad a través de las cenas que los marqueses ofrecían, y al hilo de las reflexiones de Julián. Se relata el aburrimiento, la falta de inteligencia y la total superficialidad de ese ambiente. En una de esas veladas se describe a los pretendientes de Matilde, a quienes esta trata con desdén.
Pasan varios meses. El marqués le ha encomendado a Julián el estudio de la administración de sus latifundios, y viaja a estas regiones. A causa de enfermar, el marqués deposita en Julián cada vez más su confianza. Julián y el marqués pasan mucho tiempo juntos y termina enviándole dos meses a Londres para que frecuente allí los ambientes diplomáticos y poder obtener para él la Cruz de la Legión de Honor, que facilitará el reconocerle como noble.
A su regreso de Londres le conceden la Cruz. Recibe la visita de Valenod, que va a ser nombrado alcalde de Verrieres, pues Rênal ha sido destituido por haber recibido apoyo de los liberales. Este le ruega que le presente al marqués, y Julián, a cambio, le pide para su padre, el viejo Sorel, el puesto de gobernador de la Casa de los Pobres.
La novela nos relata que Julián y Matilde sienten mutua atracción mezclada con desprecio e hipocresía, mutuos también. Él tiene conciencia de clase y ella lo desprecia por su origen humilde, pero le agrada su inteligencia, lo cual lo hace diferente a los pretendientes de su clase, quienes la aburren. El aburrimiento de ella sólo desaparece en presencia de Julián, del que acaba enamorándose y él decide conquistarla.
Julián recibe una carta de amor de Matilde, pero sospecha que se trata de una trampa para perderle. En la duda, y llevado por el deseo de vengarse de todos los desprecios sufridos, envía la carta a Fouqué para que la guarde por si es una emboscada, y contesta a Matilde acusándola de tramar contra él. Sigue un intercambio de cartas y termina con el triunfo de la pasión sobre el orgullo. Matilde Acaba enviándole una carta en la que concierta una cita.
La primera reacción de Julián es marcharse, pues se imagina un complot, pero luego se arrepiente ya que huir le parece una cobardía y decide acudir a la cita armado con pistola. Antes envía también esa carta a Fouqué. Logran verse a escondidas para no ser descubiertos por los criados ni por el marqués, pero se hieren mutuamente.
Pasan días en los que no se hablan, alimentando un odio mutuo por el orgullo herido. Aunque continúan sus contradicciones, recuperan su amistad y Julián acaba por enamorarse de ella; pero con el tiempo Matilde toma una actitud hiriente y se dedica a contarle historias de sus pretendientes, hablando bien de ellos, lo que provoca el dolor de los celos en Julián. Se describe un continuo sucederse de amor, autojustificación y sufrimiento, mientras Julián, que llega a pensar en el suicidio, trata de interpretar los sentimientos de Matilde, típico del romanticismo, donde la emoción es más fuerte que la razón.
Luego, el Marqués envuelve a Julián en un complot político. Consiste en que asista con él a una reunión de conspiradores y se aprenda de memoria un resumen de cuatro folios de lo dicho allí para luego transmitirlo verbalmente a una alta personalidad. Entre los conspiradores se encuentran representantes del clero. Su pretensión es instalar en el poder una monarquía que asegure una mayor unión entre el trono y el altar eliminando la libertad, para lo que piensan formar unas milicias voluntarias, reclutadas en las provincias con el apoyo económico de Inglaterra.
Julián parte para cumplir su misión, en un país extranjero, Estrasburgo, donde debe recitar de recitar de memoria lo dicho en aquella reunión de conspiración a un alto miembro del gobierno y éste envía un mensaje al márques de La Mole. Durante su estancia allí encuentra al Príncipe Korasoff, a quien conoció en uno de los bailes parisinos, y le confía que su aspecto triste y melancólico se debe a que la mujer que ama no le corresponde. Este le aconseja que haga la corte a otra para provocar los celos de la primera, y para ello le proporciona una colección de cartas de amor. Finalmente, Julián regresa a París.
En París entrega al Marqués la respuesta al mensaje. Después elige a la mujer para conquistar. Ante la extrañeza de Matilde, empieza a cortejarla y también a escribir las cartas de Korasoff. Durante una de las comidas en casa de la mujer con la que dará celos a Matilde, coincide con un obispo, tío de aquella, que se hallaba presente en la conspiración. Se trata de un personaje importante, pues interviene en el nombramiento de casi todos los obispos en Francia; se dice que no le niega nada a su sobrina predilecta. Julián sueña ya con ser obispo.
Tras algún tiempo, en el que Julián no acaba de ver el esperado resultado y está a punto de suicidarse cuando se entera de que Matilde va a casarse con otro, esta acaba claudicando, y dándole garantías de que ya no le dejará. Julián, sin embargo, continúa tratándola con un poco de dureza.
Matilde se embaraza y anuncia a Julián que está esperando un hijo, y que se lo va a comunicar a su padre. Así lo hace en una larga carta en la que le manifiesta su decisión de no separarse nunca de Julián aunque la expulse de su casa. Julián es llamado por el Marqués a su despacho, que lo recibe furioso con una avalancha de insultos, mostrándose indiferente ante su ofrecimiento de suicidarse o de que le mate. Decide entonces Julián acudir a Pirard a pedirle consejo pensando en su futura responsabilidad de padre.
Después de mucho cavilar, y habiendo consultado a Pirard, el marqués decide otorgar a Julián un título nobiliario, con parte de sus tierras, una generosa renta a ambos y el nombramiento de teniente de Husares. Julián, que empieza a creerse en efecto hijo de un noble, lleno de júbilo se incorpora al regimiento en Estrasburgo, donde con su personalidad y sus habilidades no tarda en conseguir el éxito.
Un día le llega una carta de Matilde, diciéndole que todo está perdido y que vaya inmediatamente a París. Allí le entrega una carta del marqués en la que dice que no puede consentir a su matrimonio después de haber recibido una carta enviada por la señora de Rênal, y que le entrega dinero con la condición de que se marche al extranjero. Le enseña luego esa carta medio borrada por las lágrimas, en la que reconoce la letra de la señora de Rênal. En ella le dice al marqués que al enterarse de la inminente boda de Julián se ve en la obligación moral y religiosa de advertirle la hipocresía e irreligiosidad del joven, y que es habitual en él recurrir a la seducción para dominar al dueño de la casa y obtener su fortuna.
Julián sale inmediatamente para Verrieres y compra unas pistolas en el viaje. Llega un domingo por la mañana y se dirige a la iglesia, sentándose unos metros detrás de la señora de Rênal. Se siente incapaz de realizar lo que se había propuesto, pero después dispara dos veces sobre ella, que se desploma. Julián es detenido por la policía sin oponer resistencia.
Dos gendarmes llevan a Julián a la cárcel, donde empieza a pensar en el suicidio o en la guillotina que le espera, aceptándola con resignación. Ante el magistrado que le interroga se declara culpable. Escribe a Matilde amablemente, satisfecho de haberse vengado, y le pide que no le escriba, que no hable a nadie de él, ni siquiera a su hijo, y que al cabo de un año se case con uno de sus ricos pretendientes.
Mme. de Rênal, herida sólo en un hombro, está fuera de peligro, lo que ella lamenta, pues no desea otra cosa que morir y envía dinero al carcelero para que trate bien a Julián. Este se entera por el carcelero de ella no ha muerto. A medida que el relato de éste demostraba a Julián que la herida que causó a Mme. de Rênal no era mortal, se enternece y se arrepiente de su deseo de haber deseado matarla.
Luego, Julián es trasladado a Besançon, donde tendrá lugar el proceso judicial. En esa situación, mientras sigue dando gracias al Cielo por no haberla matado, descarta la idea del suicidio y del soborno para huir; sigue pensando en Matilde y siente desprecio por los jueces.
Recibe la visita del padre Chélan y de su amigo Fouqué, que le deja el consuelo de un verdadero amigo que está dispuesto a vender todos sus bienes para liberarle - imagen que contrasta con los jóvenes que ha conocido en París -, pero Julián rechaza el ofrecimiento.
Matilde también quiere lograr la libertad de Julián. Con un soborno consigue el permiso para visitarle y allí le abraza llamando noble venganza al intento de asesinato. Para intentar liberarlo consigue una audiencia con el Vicario General, Frilair, que es además jefe de la policía secreta y el hombre más poderoso de la ciudad. Tras enterarse de que Matilde es hija de su mortal enemigo, el marqués de La Mole y que es amiga de la sobrina del famoso obispo, su semblante se transforma por la ambición. Explica a Matilde que él puede influir en cualquier jurado; luego, le relata el romance entre Julián y la señora de Rênal. Notando el efecto que esto causa en Matilde, no duda en hurgar en la herida - sabiendo que es su arma mejor para dominarla- diciéndole que el motivo del crimen son los celos de Julián, al enterarse de las relaciones de la señora de Rênal con su confesor, un joven sacerdote, y que por eso le disparó durante la misa. Acaba asegurándole la liberación de Julián a cambio del obispado que Matilde promete conseguir.
Matilde solicita a si amiga, la sobrina del obispo que venga personalmente a interceder por Julián. Este se siente abrumado por tanta devoción y sacrificio, aunque lo que le preocupa es si la señora de Rênal le ha perdonado. La tragedia en la que se ve inmerso hace que se produzca una especie de conversión moral de su espíritu egoísta y ambicioso sin límites, ante el sacrificio desinteresado de las dos mujeres. Julián le pide a Matilde que entregue su hijo a la señora de Rênal para que lo críe, y que se case un año después de su muerte.
Julián sufre otros dos interrogatorios, en los que sigue afirmando su culpabilidad, y se refugia en el mundo de sus ideas. Mientras Julián está encarcelado, el vicario Frilair consigue un grupo de hombre fieles en el Jurado, mandados por Valenod, que hipócritamente acepta hacer el favor, para que le absuelvan. Por su parte, la señora de Rênal, contra lo que le dicen su marido y su confesor, escribe a todos los miembros del jurado pidiendo la absolución de Julián.
Durante el proceso, Julián, en su alegato, se declara culpable sin atenuantes, pero se pronuncia contra el jurado, incapaz de juzgarle con clemencia —no veo entre el jurado a ningún pobre enriquecido, sino sólo burgueses indignados—, y se refiere a la injusticia de una sociedad y de unos hombres que no permiten el ascenso social.
Al ser pronunciada la sentencia de muerte por parte del jurado, Julián piensa con asco en la venganza satisfecha de Valenod – quien había escrito en el pasado un anónimo al alcalde hablándole de la relación de Julián con su esposa) su antiguo rival con relación a la señora de Rênal. Esta sentencia se debe a la traición de Valenod a lo prometido al Vicario General.
Encerrado en la prisión, se centra Julián en sus pensamientos sobre la señora de Rênal, y en sus monólogos. Así Julián continúa pensando en el regocijo de sus enemigos. Lo único que le importa es morir con valentía y despreciándolos, pues ha rechazado la posibilidad de la apelación que le sugiere Matilde para no perder con ese tiempo la valentía que ahora siente. Los ruegos de Matilde, que le reprocha amargamente todos sus defectos, le llevan a perder el poco afecto que le quedaba por ella.
La señora de Rênal visita a Julián en la cárcel. Esta, al mismo tiempo que le perdona, le pide perdón por la carta que envió al marqués, contándole que fue su confesor quien la redactó, quedando ambos como víctimas del clero y de la discriminación social. Le pregunta sobre Matilde, a lo que Julián responde que lo que dicen es sólo verdad en apariencia. Luego consigue convencerle de que no se suicide.
El día en que ella se marcha para Verrieres, siguiendo la orden de su marido, sucede el desagradable episodio de un sacerdote, un intrigante que no ha podido medrar entre los jesuitas, y decide hacerse famoso logrando la confesión de Julián. Se planta en la puerta de la prisión recitando oraciones y llamando a Julián a la conversión. Al fin, cansado del escándalo, Julián le permite entrar. Ante la hipocresía del sacerdote, Julián se siente furioso, pero al oírle hablar de la muerte se acobarda y casi llega a traicionarse con un gesto de debilidad; al final se libra de él entregándole cuarenta francos para decir una Misa por su alma aquel mismo día.
De nuevo solo, Julián empieza a llorar pensando en la muerte. Llega Matilde, por la que siente cada vez menos afecto, que le cuenta que Valenod traicionó a Frilair porque el día anterior había sido nombrado prefecto y ya no dependía de éste. Enfurecido echa de la celda a Matilde, que se deshace en lágrimas.
Julián rechaza la visita de su amigo Fouqué, para centrarse en sus meditaciones. Recibe en cambio a su padre, que le reclama todo el dinero que tuvo que gastar en mantenerle y en criarle, a quien disculpa por no ser peor que el resto de la sociedad. En la soledad de su celda, continúa entonces con sus cavilaciones sobre la vida de los hombres, que solo se mueven por el interés y la necesidad, sobre la verdad, la religión.
Uno de los pretendientes de Matilde muere en duelo por defender el honor de ella, y Julián trata de convencerla de que se case con otro. Ella queda sumida en los celos por la señora de Rênal, a la que ve cada día en la celda. A pesar de todos los intentos de las dos mujeres, Julián se niega a apelar la sentencia, y es guillotinado muriendo con honor, como había deseado. Fouqué compra el cuerpo de Julián a la congregación de Besançon, cuyos miembros sacan dinero de todo, para enterrarlo en una cueva cercana a su casa como le había pedido. Se presenta Matilde que como la reina amante de aquel antepasado suyo da sepultura a su cabeza con sus propias manos. La señora de Rênal, fiel a su promesa no trató de quitarse la vida; pero tres días más tarde, después de la muerte de Julián, murió mientras abrazaba a sus hijos.
Anécdota
Stendhal inventa poco y busca en los hechos reales acaecidos, las fuentes de sus novelas. En el caso de Rojo y negro, los eruditos stendhalianos encuentran algunas fuentes: una de ellas y la más importante es el crimen de un antiguo seminarista, Antoine Berthet, que asesinó a su amante, de cuyos hijos era preceptor y fue condenado a muerte el 15 de septiembre de 1827; y como otra fuente importante para las relaciones entre Julián Sorel y Matilde de La Mole, es el idilio entre una sobrina del rey Carlos X, con Edouard Grasset.
Biografía del Autor:
Stendhal es el seudónimo de Marie Henri Beyle, quien nació en Grenoble, Francia, en 1783 y murió en París, en 1842. Se quedó huérfano de madre a los siete años, por lo que se crió con su padre y su tía. Rechazó las virtudes monárquicas y religiosas que le inculcaron y expresó pronto la voluntad de huir de su ciudad natal. Abiertamente republicano, acogió con entusiasmo la ejecución del rey y celebró incluso el breve arresto de su padre. A partir de 1796 fue alumno de la Escuela central de Grenoble. Viajó a París para ingresar en la Escuela Politécnica.
Gracias a Pierre Daru, un pariente lejano que se convertiría en su protector, entró a trabajar en el ministerio de Guerra. Enviado por el ejército como ayudante del general Michaud, en 1800 descubrió Italia, país que tomó como su patria de elección. Desengañado por la vida militar, abandonó el ejército en 1801.
Ejerció diversos cargos oficiales y participó en las campañas imperiales. En 1814, a la caída de Napoleón, se exilió en Italia, fijó su residencia en Milán y efectuó varios viajes por la península italiana, pero luego volvió a vivir en París. Publicó sus primeros libros de crítica de arte bajo el seudónimo de L. A. C. Bombet, y en 1817 apareció Roma, Nápoles y Florencia (ensayo) en el que utilizó por primera vez el seudónimo de Stendhal.
Posiblemente Stendhal escribió Rojo y negro motivado a hacer un retrato y una crítica de la sociedad francesa del período de la Restauración, pues este se caracterizó por una aguda reacción conservadora y el restablecimiento de la Iglesia Católica como poder político en Francia. En otras palabras, la novela le sirvió para criticar a la Iglesia, pues esta también tenía poder político en aquella época, así como a la lucha política entre conservadores, quienes querían el regreso de la Monarquía, y republicanos.
La mayor parte de los acontecimientos de esta novela se suceden en Verrieres (Francia), una pequeña ciudad que el autor sitúa en el Franco Condado, cerca de su capital Besançon, a orillas del río Doubs. La mayor parte de su población se dedica a la producción de madera y principal fuente de riqueza es la manufactura de estampados. Su población está formada, en buena parte, por advenedizos que tratan de ascender en la escala social, para lo cual ingresan al clero, institución que pugnaba por tener tanto poder como el gobierno de la Francia del siglo XIX, y a la cual el autor crítica en la novela.
En la entrada del pueblo se encuentra la fábrica de clavos, a orillas del río, propiedad del alcalde, señor de Rênal, quien es un hombre de cabellos grises, entre los cuarenta y ocho y cincuenta años de edad. Tiene una casa con grandes jardines, para lo cual compró terreno a sus vecinos, entre ellos al viejo Sorel, dueño de una serrería y padre de tres hijos, entre ellos Julián, personaje principal de esta novela.
El señor de Rênal se da cuenta que él y su esposa ya no pueden controlar a sus hijos por ser demasiado traviesos para ellos, por lo cual le comunica a su mujer que ha decidido contratar como preceptor de ellos a Julián Sorel. Un viejo comandante cirujano del ejército de Napoleón le ha enseñado latín y le ha dejado en herencia todos sus libros. Ha estudiado algo de teología y piensa ingresar en el seminario, por lo que el señor de Rênal, al saber que Julián desea entrar al seminario. Además, piensa que así le dará envidia al Prefecto de la Casa de los Pobres, Valenod, su gran rival político, que no tiene preceptor para sus hijos.
El alcalde y el viejo Sorel llegan a un acuerdo sobre el pago a Julián, quien, en un inicio, no quiere aceptar el puesto, pues cree que será un criado y se siente humillado, pero luego se deja convencer por su padre. Luego, entra a trabajar a la casa del señor de Rênal. Allí conoce a los hijos de este y a su esposa, por quien comienza a sentir una admiración que es correspondida. Los niños llegan a querer y respetar a Julián, mientras la señora de Rênal y él empiezan una relación de amistad que se acrecienta poco a poco.
Con el transcurrir del tiempo, una de las criadas de la casa se enamora de Julián y le confiesa al cura Chélan su proyecto de casarse con él. Julián no se interesa por la propuesta, pues tiene otras ambiciones para lo cual es capaz de comportarse hipócritamente. La señora de Rênal le dice a su criada que intercederá por ella ante Julián, aunque en lo más íntimo de su corazón ella desea que él siga rechazando esa propuesta.
Poco después, por imitación de los hábitos cortesanos, a principios de la primavera, el señor de Rênal traslada su casa al vecino pueblo de Vergy, donde es propietario de un viejo castillo. Julián se dedica de lleno a sus lecturas, pasea por el campo con los niños y descuida la educación de los hijos del señor de Rênal, que le recrimina por ello. Se siente humillado y amenaza con abandonar su empleo para encargarse de los hijos de Valenod, ante lo cual le aumentan el sueldo. Se desahoga paseando en el campo y trama vengarse del alcalde, con su mujer.
El joven se encuentra con Valenod a quien le informa de su aumento de sueldo. Continúa la vida en Vergy mientras el alcalde, preocupado con las intrigas y los vaivenes de la política, no se apercibe de lo que sucede. La señora de Rênal se da cuenta de que está enamorada de Julián, pero la idea del adulterio - que asocia a la de ignominia pública - le aterroriza y decide comportarse con extrema frialdad frente a Julián.
Julián consigue un permiso para ir a ver a su amigo Fouqué. Este le ofrece entrar a partes iguales en su negocio de maderas. Aunque le atrae económicamente, no le gusta la idea de quedarse definitivamente en una provincia, y declina su oferta excusándose en su supuesta vocación por el sacerdocio.
Al regreso a Verrieres, observa la frialdad de la señora de Rênal hacia él, pero poco a poco van deshaciéndose de sus prejuicios: ella de sus principios morales, y él de las diferencias de casta, que ceden a su deseo de hacer fortuna y a su orgullo ante los ricos que le han humillado. El romance entre los dos se desarrolla en completo secreto y Julián va superando la humillación que hasta entonces había sufrido, porque no se siente tratado como un criado.
Más adelante, cuando regresan a Vergy, se enferma el menor de los hijos del alcalde, con lo que se agudiza el remordimiento de su mujer, al pensar que se trata de un castigo divino por sus relaciones con Julián. La señora de Rênal resiste a los remordimientos por el amor que siente hacia el joven. Una amiga de ella, invitada en la casa, se da cuenta de lo que sucede y acude a contárselo a Valenod —rival político del alcalde y antiguo pretendiente de la señora de Rênal—, que escribe una carta anónima al alcalde. Julián sospecha de la carta que ha recibido el alcalde y decide actuar con prudencia. La señora de Rênal, enterada del contenido, propone a Julián redactar otra carta, supuestamente escrita por Valenod, en la que le declara su amor y le amenaza con chantaje.
El alcalde se preocupa por los efectos que el hecho podría tener en su carrera política y en la no pequeña herencia de su esposa. Tras leer la segunda carta, concede a Julián una semana de permiso para que se aleje de la casa. Julián aprovecha ese tiempo para visitar al Abad Chélan, que ya ha sido desposeído de su puesto en Verrieres, y le presta algunos servicios materiales. Después se encuentra con un amigo de Valenod, que le ofrece ser preceptor de los hijos de su amigo que, entre otras cosas, le pagará mucho mejor. En los días de permiso de Julián se ha difundido por el pueblo el escándalo del adulterio. Chélan insta a Julián para que se vaya al seminario o a casa de su amigo Fouqué. Julián sale de Verrieres y se dirige a Besançon.
Julián llega al seminario en Besançon. Allí es recibido por el Rector del seminario, Pirard, quien le dice que tiene una carta de recomendación de Chélan, por lo cual es aceptado allí. Una vez instalado en el seminario, Julián está allí solo por ambición y porque ya no puede seguir en la casa de los señores de Rênal. Poco a poco Julián va aprendiendo el arte de la hipocresía. Mientras tanto la señora de Rênal le ha estado escribiendo con frecuencia, pero sus cartas son interceptadas y destruidas por el Rector, a quien impresiona el fervor religioso de esa mujer, junto con su loca pasión por Julián. En la última carta se despide para siempre, manifestando una completa conversión. En esas circunstancias se presenta Fouqué, que consigue ver a Julián solo después de varios intentos. Este le cuenta la conversión de la mujer del alcalde a la beatería, sin embargo, Julián se interesa por otras cosas y le pide periódicos liberales.
El Rector, víctima de maquinaciones, es destituido de su puesto. Durante seis años, Pirard había mantenido un enfrentamiento con Frilair, Vicario General de la Diócesis, a causa de un pleito por unas tierras entre este y el marqués de la Mole, por quien había tomado partido al comprobar su razón. El Vicario, que en doce años se había convertido en uno de los mayores terratenientes de Besançon, está decidido a usar de toda su influencia para ganar el pleito; de aquí su furia contra el Rector del seminario.
Julián es nombrado preceptor para las asignaturas de Antiguo y Nuevo Testamento, con lo que se gana el respeto de los otros seminaristas. El marqués de la Mole para agradecer a Pirard todos sus servicios en relación al juicio que llevaba con Frilair le ofrece dinero que aquel rechaza. Entonces, al enterarse de que Julián es su favorito le envía dinero anónimamente. Además, el marqués obtiene para el padre Pirard una parroquia en París.
En París, el padre Pirard sugiere al marqués que ofrezca a Julián un puesto de secretario particular. Una vez que Julián sale del seminario, pasa por Verrieres para saludar al padre Chélanl. Consigue una escalera de mano y con ella logra entrar en la habitación de la mujer del alcalde, la señora de Rênal. Ella al inicio lo rechaza, pero luego conversan y él le habla de su vida en el seminario. Estando en esa situación, casi es descubierto por el alcalde, pero consigue escapar perseguido por los perros y los disparos de los criados que le toman por un ladrón, y se dirige a París.
Llega Julián a París que es el centro de la hipocresía y de la intriga, según la novela. El Abad Pirard y Julián son recibidos brevemente por el marqués de la Mole, en su estudio y empieza a trabajar con él. Va aprendiendo los modales parisinos y recobra poco a poco la confianza en sí mismo que había perdido por la impresión del ambiente. En la cena conoce a la mujer y a los dos hijos del Marqués: el Conde Norberto y Matilde.
En la novela se describe aquella sociedad a través de las cenas que los marqueses ofrecían, y al hilo de las reflexiones de Julián. Se relata el aburrimiento, la falta de inteligencia y la total superficialidad de ese ambiente. En una de esas veladas se describe a los pretendientes de Matilde, a quienes esta trata con desdén.
Pasan varios meses. El marqués le ha encomendado a Julián el estudio de la administración de sus latifundios, y viaja a estas regiones. A causa de enfermar, el marqués deposita en Julián cada vez más su confianza. Julián y el marqués pasan mucho tiempo juntos y termina enviándole dos meses a Londres para que frecuente allí los ambientes diplomáticos y poder obtener para él la Cruz de la Legión de Honor, que facilitará el reconocerle como noble.
A su regreso de Londres le conceden la Cruz. Recibe la visita de Valenod, que va a ser nombrado alcalde de Verrieres, pues Rênal ha sido destituido por haber recibido apoyo de los liberales. Este le ruega que le presente al marqués, y Julián, a cambio, le pide para su padre, el viejo Sorel, el puesto de gobernador de la Casa de los Pobres.
La novela nos relata que Julián y Matilde sienten mutua atracción mezclada con desprecio e hipocresía, mutuos también. Él tiene conciencia de clase y ella lo desprecia por su origen humilde, pero le agrada su inteligencia, lo cual lo hace diferente a los pretendientes de su clase, quienes la aburren. El aburrimiento de ella sólo desaparece en presencia de Julián, del que acaba enamorándose y él decide conquistarla.
Julián recibe una carta de amor de Matilde, pero sospecha que se trata de una trampa para perderle. En la duda, y llevado por el deseo de vengarse de todos los desprecios sufridos, envía la carta a Fouqué para que la guarde por si es una emboscada, y contesta a Matilde acusándola de tramar contra él. Sigue un intercambio de cartas y termina con el triunfo de la pasión sobre el orgullo. Matilde Acaba enviándole una carta en la que concierta una cita.
La primera reacción de Julián es marcharse, pues se imagina un complot, pero luego se arrepiente ya que huir le parece una cobardía y decide acudir a la cita armado con pistola. Antes envía también esa carta a Fouqué. Logran verse a escondidas para no ser descubiertos por los criados ni por el marqués, pero se hieren mutuamente.
Pasan días en los que no se hablan, alimentando un odio mutuo por el orgullo herido. Aunque continúan sus contradicciones, recuperan su amistad y Julián acaba por enamorarse de ella; pero con el tiempo Matilde toma una actitud hiriente y se dedica a contarle historias de sus pretendientes, hablando bien de ellos, lo que provoca el dolor de los celos en Julián. Se describe un continuo sucederse de amor, autojustificación y sufrimiento, mientras Julián, que llega a pensar en el suicidio, trata de interpretar los sentimientos de Matilde, típico del romanticismo, donde la emoción es más fuerte que la razón.
Luego, el Marqués envuelve a Julián en un complot político. Consiste en que asista con él a una reunión de conspiradores y se aprenda de memoria un resumen de cuatro folios de lo dicho allí para luego transmitirlo verbalmente a una alta personalidad. Entre los conspiradores se encuentran representantes del clero. Su pretensión es instalar en el poder una monarquía que asegure una mayor unión entre el trono y el altar eliminando la libertad, para lo que piensan formar unas milicias voluntarias, reclutadas en las provincias con el apoyo económico de Inglaterra.
Julián parte para cumplir su misión, en un país extranjero, Estrasburgo, donde debe recitar de recitar de memoria lo dicho en aquella reunión de conspiración a un alto miembro del gobierno y éste envía un mensaje al márques de La Mole. Durante su estancia allí encuentra al Príncipe Korasoff, a quien conoció en uno de los bailes parisinos, y le confía que su aspecto triste y melancólico se debe a que la mujer que ama no le corresponde. Este le aconseja que haga la corte a otra para provocar los celos de la primera, y para ello le proporciona una colección de cartas de amor. Finalmente, Julián regresa a París.
En París entrega al Marqués la respuesta al mensaje. Después elige a la mujer para conquistar. Ante la extrañeza de Matilde, empieza a cortejarla y también a escribir las cartas de Korasoff. Durante una de las comidas en casa de la mujer con la que dará celos a Matilde, coincide con un obispo, tío de aquella, que se hallaba presente en la conspiración. Se trata de un personaje importante, pues interviene en el nombramiento de casi todos los obispos en Francia; se dice que no le niega nada a su sobrina predilecta. Julián sueña ya con ser obispo.
Tras algún tiempo, en el que Julián no acaba de ver el esperado resultado y está a punto de suicidarse cuando se entera de que Matilde va a casarse con otro, esta acaba claudicando, y dándole garantías de que ya no le dejará. Julián, sin embargo, continúa tratándola con un poco de dureza.
Matilde se embaraza y anuncia a Julián que está esperando un hijo, y que se lo va a comunicar a su padre. Así lo hace en una larga carta en la que le manifiesta su decisión de no separarse nunca de Julián aunque la expulse de su casa. Julián es llamado por el Marqués a su despacho, que lo recibe furioso con una avalancha de insultos, mostrándose indiferente ante su ofrecimiento de suicidarse o de que le mate. Decide entonces Julián acudir a Pirard a pedirle consejo pensando en su futura responsabilidad de padre.
Después de mucho cavilar, y habiendo consultado a Pirard, el marqués decide otorgar a Julián un título nobiliario, con parte de sus tierras, una generosa renta a ambos y el nombramiento de teniente de Husares. Julián, que empieza a creerse en efecto hijo de un noble, lleno de júbilo se incorpora al regimiento en Estrasburgo, donde con su personalidad y sus habilidades no tarda en conseguir el éxito.
Un día le llega una carta de Matilde, diciéndole que todo está perdido y que vaya inmediatamente a París. Allí le entrega una carta del marqués en la que dice que no puede consentir a su matrimonio después de haber recibido una carta enviada por la señora de Rênal, y que le entrega dinero con la condición de que se marche al extranjero. Le enseña luego esa carta medio borrada por las lágrimas, en la que reconoce la letra de la señora de Rênal. En ella le dice al marqués que al enterarse de la inminente boda de Julián se ve en la obligación moral y religiosa de advertirle la hipocresía e irreligiosidad del joven, y que es habitual en él recurrir a la seducción para dominar al dueño de la casa y obtener su fortuna.
Julián sale inmediatamente para Verrieres y compra unas pistolas en el viaje. Llega un domingo por la mañana y se dirige a la iglesia, sentándose unos metros detrás de la señora de Rênal. Se siente incapaz de realizar lo que se había propuesto, pero después dispara dos veces sobre ella, que se desploma. Julián es detenido por la policía sin oponer resistencia.
Dos gendarmes llevan a Julián a la cárcel, donde empieza a pensar en el suicidio o en la guillotina que le espera, aceptándola con resignación. Ante el magistrado que le interroga se declara culpable. Escribe a Matilde amablemente, satisfecho de haberse vengado, y le pide que no le escriba, que no hable a nadie de él, ni siquiera a su hijo, y que al cabo de un año se case con uno de sus ricos pretendientes.
Mme. de Rênal, herida sólo en un hombro, está fuera de peligro, lo que ella lamenta, pues no desea otra cosa que morir y envía dinero al carcelero para que trate bien a Julián. Este se entera por el carcelero de ella no ha muerto. A medida que el relato de éste demostraba a Julián que la herida que causó a Mme. de Rênal no era mortal, se enternece y se arrepiente de su deseo de haber deseado matarla.
Luego, Julián es trasladado a Besançon, donde tendrá lugar el proceso judicial. En esa situación, mientras sigue dando gracias al Cielo por no haberla matado, descarta la idea del suicidio y del soborno para huir; sigue pensando en Matilde y siente desprecio por los jueces.
Recibe la visita del padre Chélan y de su amigo Fouqué, que le deja el consuelo de un verdadero amigo que está dispuesto a vender todos sus bienes para liberarle - imagen que contrasta con los jóvenes que ha conocido en París -, pero Julián rechaza el ofrecimiento.
Matilde también quiere lograr la libertad de Julián. Con un soborno consigue el permiso para visitarle y allí le abraza llamando noble venganza al intento de asesinato. Para intentar liberarlo consigue una audiencia con el Vicario General, Frilair, que es además jefe de la policía secreta y el hombre más poderoso de la ciudad. Tras enterarse de que Matilde es hija de su mortal enemigo, el marqués de La Mole y que es amiga de la sobrina del famoso obispo, su semblante se transforma por la ambición. Explica a Matilde que él puede influir en cualquier jurado; luego, le relata el romance entre Julián y la señora de Rênal. Notando el efecto que esto causa en Matilde, no duda en hurgar en la herida - sabiendo que es su arma mejor para dominarla- diciéndole que el motivo del crimen son los celos de Julián, al enterarse de las relaciones de la señora de Rênal con su confesor, un joven sacerdote, y que por eso le disparó durante la misa. Acaba asegurándole la liberación de Julián a cambio del obispado que Matilde promete conseguir.
Matilde solicita a si amiga, la sobrina del obispo que venga personalmente a interceder por Julián. Este se siente abrumado por tanta devoción y sacrificio, aunque lo que le preocupa es si la señora de Rênal le ha perdonado. La tragedia en la que se ve inmerso hace que se produzca una especie de conversión moral de su espíritu egoísta y ambicioso sin límites, ante el sacrificio desinteresado de las dos mujeres. Julián le pide a Matilde que entregue su hijo a la señora de Rênal para que lo críe, y que se case un año después de su muerte.
Julián sufre otros dos interrogatorios, en los que sigue afirmando su culpabilidad, y se refugia en el mundo de sus ideas. Mientras Julián está encarcelado, el vicario Frilair consigue un grupo de hombre fieles en el Jurado, mandados por Valenod, que hipócritamente acepta hacer el favor, para que le absuelvan. Por su parte, la señora de Rênal, contra lo que le dicen su marido y su confesor, escribe a todos los miembros del jurado pidiendo la absolución de Julián.
Durante el proceso, Julián, en su alegato, se declara culpable sin atenuantes, pero se pronuncia contra el jurado, incapaz de juzgarle con clemencia —no veo entre el jurado a ningún pobre enriquecido, sino sólo burgueses indignados—, y se refiere a la injusticia de una sociedad y de unos hombres que no permiten el ascenso social.
Al ser pronunciada la sentencia de muerte por parte del jurado, Julián piensa con asco en la venganza satisfecha de Valenod – quien había escrito en el pasado un anónimo al alcalde hablándole de la relación de Julián con su esposa) su antiguo rival con relación a la señora de Rênal. Esta sentencia se debe a la traición de Valenod a lo prometido al Vicario General.
Encerrado en la prisión, se centra Julián en sus pensamientos sobre la señora de Rênal, y en sus monólogos. Así Julián continúa pensando en el regocijo de sus enemigos. Lo único que le importa es morir con valentía y despreciándolos, pues ha rechazado la posibilidad de la apelación que le sugiere Matilde para no perder con ese tiempo la valentía que ahora siente. Los ruegos de Matilde, que le reprocha amargamente todos sus defectos, le llevan a perder el poco afecto que le quedaba por ella.
La señora de Rênal visita a Julián en la cárcel. Esta, al mismo tiempo que le perdona, le pide perdón por la carta que envió al marqués, contándole que fue su confesor quien la redactó, quedando ambos como víctimas del clero y de la discriminación social. Le pregunta sobre Matilde, a lo que Julián responde que lo que dicen es sólo verdad en apariencia. Luego consigue convencerle de que no se suicide.
El día en que ella se marcha para Verrieres, siguiendo la orden de su marido, sucede el desagradable episodio de un sacerdote, un intrigante que no ha podido medrar entre los jesuitas, y decide hacerse famoso logrando la confesión de Julián. Se planta en la puerta de la prisión recitando oraciones y llamando a Julián a la conversión. Al fin, cansado del escándalo, Julián le permite entrar. Ante la hipocresía del sacerdote, Julián se siente furioso, pero al oírle hablar de la muerte se acobarda y casi llega a traicionarse con un gesto de debilidad; al final se libra de él entregándole cuarenta francos para decir una Misa por su alma aquel mismo día.
De nuevo solo, Julián empieza a llorar pensando en la muerte. Llega Matilde, por la que siente cada vez menos afecto, que le cuenta que Valenod traicionó a Frilair porque el día anterior había sido nombrado prefecto y ya no dependía de éste. Enfurecido echa de la celda a Matilde, que se deshace en lágrimas.
Julián rechaza la visita de su amigo Fouqué, para centrarse en sus meditaciones. Recibe en cambio a su padre, que le reclama todo el dinero que tuvo que gastar en mantenerle y en criarle, a quien disculpa por no ser peor que el resto de la sociedad. En la soledad de su celda, continúa entonces con sus cavilaciones sobre la vida de los hombres, que solo se mueven por el interés y la necesidad, sobre la verdad, la religión.
Uno de los pretendientes de Matilde muere en duelo por defender el honor de ella, y Julián trata de convencerla de que se case con otro. Ella queda sumida en los celos por la señora de Rênal, a la que ve cada día en la celda. A pesar de todos los intentos de las dos mujeres, Julián se niega a apelar la sentencia, y es guillotinado muriendo con honor, como había deseado. Fouqué compra el cuerpo de Julián a la congregación de Besançon, cuyos miembros sacan dinero de todo, para enterrarlo en una cueva cercana a su casa como le había pedido. Se presenta Matilde que como la reina amante de aquel antepasado suyo da sepultura a su cabeza con sus propias manos. La señora de Rênal, fiel a su promesa no trató de quitarse la vida; pero tres días más tarde, después de la muerte de Julián, murió mientras abrazaba a sus hijos.
Anécdota
Stendhal inventa poco y busca en los hechos reales acaecidos, las fuentes de sus novelas. En el caso de Rojo y negro, los eruditos stendhalianos encuentran algunas fuentes: una de ellas y la más importante es el crimen de un antiguo seminarista, Antoine Berthet, que asesinó a su amante, de cuyos hijos era preceptor y fue condenado a muerte el 15 de septiembre de 1827; y como otra fuente importante para las relaciones entre Julián Sorel y Matilde de La Mole, es el idilio entre una sobrina del rey Carlos X, con Edouard Grasset.
Biografía del Autor:
Stendhal es el seudónimo de Marie Henri Beyle, quien nació en Grenoble, Francia, en 1783 y murió en París, en 1842. Se quedó huérfano de madre a los siete años, por lo que se crió con su padre y su tía. Rechazó las virtudes monárquicas y religiosas que le inculcaron y expresó pronto la voluntad de huir de su ciudad natal. Abiertamente republicano, acogió con entusiasmo la ejecución del rey y celebró incluso el breve arresto de su padre. A partir de 1796 fue alumno de la Escuela central de Grenoble. Viajó a París para ingresar en la Escuela Politécnica.
Gracias a Pierre Daru, un pariente lejano que se convertiría en su protector, entró a trabajar en el ministerio de Guerra. Enviado por el ejército como ayudante del general Michaud, en 1800 descubrió Italia, país que tomó como su patria de elección. Desengañado por la vida militar, abandonó el ejército en 1801.
Ejerció diversos cargos oficiales y participó en las campañas imperiales. En 1814, a la caída de Napoleón, se exilió en Italia, fijó su residencia en Milán y efectuó varios viajes por la península italiana, pero luego volvió a vivir en París. Publicó sus primeros libros de crítica de arte bajo el seudónimo de L. A. C. Bombet, y en 1817 apareció Roma, Nápoles y Florencia (ensayo) en el que utilizó por primera vez el seudónimo de Stendhal.
Posiblemente Stendhal escribió Rojo y negro motivado a hacer un retrato y una crítica de la sociedad francesa del período de la Restauración, pues este se caracterizó por una aguda reacción conservadora y el restablecimiento de la Iglesia Católica como poder político en Francia. En otras palabras, la novela le sirvió para criticar a la Iglesia, pues esta también tenía poder político en aquella época, así como a la lucha política entre conservadores, quienes querían el regreso de la Monarquía, y republicanos.
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Autora: Sara Bravo Montenegro,
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