viernes, 31 de octubre de 2008

Autor: Christian Solano. De: Breves

Autor: Christian Solano

De: Breves
La mujer maravilla

Y después de salvar a dos parejas, tres mujeres, dos niños y hasta un anciano, llega a su casa y su esposo le reclama por la cena, la que ella otra vez ha comprado para calentar en el microondas; por sus hijos que no han terminado la tarea ya que la niñera no sabe nada de inglés y ella debería encargarse; por que cada vez llega más tarde a casa y por que ya casi no duermen juntos cuando se van a la cama; al fin le reclama por qué su matrimonio se está yendo en picada. Ella intenta relajarse al máximo para no lastimar a su esposo y piensa que la mejor solución para todos es que ambos acudan a una buena terapia con un psicólogo. Entonces decide que por la mañana al llegar a su consultorio llamará a un colega que tiene y que sabe experto en terapia de parejas, se anima a pensar que incluso es mejor que ella en estos temas.


Casa
Yo sólo quería regresar a casa, pero mi casa eras tú. Yo no quería tener que pagar el alquiler del departamento, ni la luz o el gas, sólo quería sentir que mi hogar estaba entre tus brazos. Y no quería tener que recordar el día de tu santo o el de nuestro primer beso, nuestro primer aniversario, sólo quería despertar cada mañana con la certeza de que ese día empezaba y terminaba contigo. No quería viajar para tener que llamarte o recordarte, pensarte, sentirte, tú eras mi ciudad, no deseaba irme, tú eras mi memoria, mis recuerdos. Yo sólo quería regresar a casa, pero aún no lo he conseguido, al cabo de tantas mudanzas y tantos otros abrazos, otros despertares, otros primeros besos, otras llamadas y recuerdos he terminado por descubrir que mi hogar siempre fuiste tú, lástima venir a darme cuenta de ello ahora que tú ya me suenas con tanto eco, como deshabitada, como sin mí.


Costumbres
Se despidió y caminando parsimonioso, con el mismo paso levitante, tan suyo, salió por la puerta del frente. Cabizbajo y reflexivo, avanzaba con la mirada perdida en la nada. Superó el breve pasadizo hasta llegar a la vereda y tomó la izquierda. No tenía un rumbo determinado; en rigor de verdad, no pensaba en ello, tenía su mente ocupada intentando resolver aquel problema, mas no podía concentrarse lo suficiente. De un tiempo a esta parte no podía concentrarse en un problema lo suficiente como para llegar a resolverlo y lo que es peor ni siquiera le interesa hacerlo. Tampoco podía distraer una parte de su atención en seguir sus pasos ni, mucho menos, en dirigirlos hacia algún lugar determinado. Anduvo buena parte de las calles de la ciudad, sin embargo si tuviera que desandarlas no podría hacerlo, lo perdían sus pies, su conciencia andaba por otros lados más envolventes que las tantas veces recorridas calles frías e insípidas de esta ciudad. Siempre sabía cómo llegar de donde sea que despertase a donde se le antojase y lo común era que se antojase la casa de Carla. Desde que ella murió él iba a visitarla a su casa, no al cementerio, solía llegar por la madrugada y pararse en la acera de enfrente como lo hizo siempre, a contemplar la ventana del cuarto de ella, que para él, siempre será su cuarto, además pasada la media noche ella aún le deja el pestillo de la ventana abierto, como siempre, claro.


Amor
Yo les hablo a las personas que amo cuando duermen. Le hablo a mi esposa, me gusta verla dormir, le hablo y me animo a decir la comunicación se hace mucho más estrecha, aun cuando ella parece no darse cuenta, tan ocupada como está: durmiendo. Sé que así puedo amarla, todas las veces que yo quiera. Sé que el subconsciente está atento a mis palabras, por ello cuando amanece y veo su rostro resplandeciente me invade una total gratitud. Antes, es decir cuando aún no le hablaba mientras ella dormía, despertaba las más de las veces con un humor terrible y con un rostro demacrado, a pesar de haber pasado la noche a mi lado, claro con el transcurrir del día volvía a ser ella y me amaba bien. Pero desde que le hablo mientras duerme —sé que me escucha— esa leve sonrisa en su rostro y ese brillo en sus ojos, lo es todo en mí. Es como el brillo en sus ojos cuando mira a nuestro hijo. Cuando lo abraza, sintiéndolo, besándolo, ese brillo en sus ojos, es algo que sólo he podido notar en ella desde que le hablo mientras duerme, sí. Con mi hijo es diferente, a él le hablo desde que nació, cada vez que lo hacía dormir entre mis brazos, arrullándolo, vigilando sus trémulos y tiernos párpados, dormidos, le hablaba y sabía que me escuchaba. Le decía mientras acariciaba su escaso y suave cabello que lo amaba, que siempre iba a estar allí para cuidar de él, que no sabría qué hacer si algún día me faltara. Le sigo hablando ahora en su cama por las noches cuando duerme, tiene cinco años ya. Me tiendo a su lado y le hablo, le hablo y sé que continúa oyéndome tal y como lo hacía antes. Yo les hablo a las personas que amo cuando duermen, eso es todo lo que puedo hacer ahora, ahora que estoy muerto.

Autor: Christian Solano. De: Breves.


Autor: Christian Solano

De: Breves
Caín
Una vez que bajó la colina y lo hizo, tiró la quijada ensangrentada entre las matas más espesas de los arbustos, tal como ella se lo dijo y recordó el resto de sus palabras la noche anterior mientras aún sudaban agitados por el amor: Ahora ya no nos molestará más y nos quedaremos con todo para nosotros, mi amor.
Culpa
Y después de hacer el amor él busca entre sus pantalones, al lado de la cama, la cajetilla de cigarros y el encendedor. Quema y aspira ese inicio áspero y dulce a la vez, como lo que siente después de un orgasmo. Las sábanas aún permanecen húmedas y ambos resuman cansancio, el cansancio feliz que sobreviene a las ganas, cuando las ganas han sobrepasado al amor, a ese amor que siempre sobra cuando todo ha sido consumado y consumido. Ella musita algunas palabras siempre incongruentes, él no la escucha y prefiere perderse aceptando esa sensación incompresible pero tan absoluta que le deja haber fundido sus cinturas en furiosa comunión, pues sabe que al cabo de unos minutos ella, irremediablemente, se entregará al sueño. Una vez que esto sucede él se viste y se va, abandonando la habitación, el hotel y todo lo que implicaría ella en su vida.
Para cuando ella despierta, él ya está lejos de su vida. Tras el desconcierto inicial, ella gana la certeza de que maldecir, gritar y golpear las paredes no arregla nada, pero igual lo hace, enseguida se viste mientras va tranquilizándose. Luego se dirige al baño y mira su rostro ajeno sollozando en el espejo. Se calma y se va. Al salir del hotel regresa a su casa, a sus amigos, a su esposo. Regresa a su vida, a donde un él no pertenece. Ella lo sabe y, sin embargo, lo ha vuelto a hacer.
Segunda muerte
Un hombre sueña que está muriendo, está atado y no puede moverse: lo dejan morir. Su percepción durante el sueño supera los límites de la autenticidad, se desespera, suda, se angustia, teme; muere, conoce la muerte. Ante este nuevo conocimiento, se maneja en los linderos de una nueva vida, la que ha logrado, su nueva vida, ahora muerto. Cuando, de improviso, despierta y consigue reaccionar, azorado, acezante, cae en la cuenta de que no tiene suficiente espacio para moverse con facilidad, la oscuridad lo asfixia y poco a poco gana conciencia, está dentro de un ataúd: Ha regresado de la muerte para morir.

martes, 30 de setiembre de 2008

Autor: Florentino Díaz. "Transmutación de la ciudad o el alba de los cuerpos luminosos".

Autor: Florentino Díaz
De: Transmutación de la ciudad o el alba de los cuerpos luminosos

Transformarlo todo
Presiento desde aquí
La tormenta de fuego sobre tu frente.
El ser humillado, desplazado
No le es grato a la vida. Ella estalla,
Ella conjura sus elementos y amenaza tu falsa estirpe.
Puedo ver que te aniquila.
También deshace al tiempo,
Al flujo abdominal que en la conciencia se concibe como hora.
Yo estoy libre, he aprendido a controlarme.
Que caiga la noche precipitada de verde.
Que todos tus huesos despierten.
Caminen,
Integrados a esa sombra que protege a las piedras.
Hablan de la enfermedad y no entienden.
Hablan de sus pobres y vacíos miedos.
En esa sangre está el amor, en ese cielo
Sostenido por el respiro.
No aprenden de los siglos, de los años.
La rama muerta danza sobre sus pechos,
No la flor luminosa, el encendido cuerpo del agua.
Ustedes, los que persiguen, ya están muertos.
Ustedes, los que humillan, la vida terminó por arrancarlos.
¡Oh fuego! ¡Oh quietud!
Mis ojos como otro río. Estoy bebiendo.
No me permites encantarme del todo. El sonido de esa voz
Puede causar el extravío. El sonido de sus dientes y su aliento.
Cuéntala también, es la herramienta divina. Cuéntala con su peso y destrucción.
Ya están ahogados.
Finalmente esa tormenta soy yo mismo.
Tampoco existe. No es importante.
El problema está en pensar,
En asumirse como un leño predestinado a arder.
Nada de eso.
El fuego nos nombra,
Sin piedad consume las hojas,
La carne guardada en tu vientre.
Pero acabo de notar tu castigado rumbo.
El frío estremecimiento ni siquiera te devora.
No posees ni voluntad ni impulso.
Eres como las demás mujeres,
La misma carga, la misma invitación al duelo.
En verdad voy a destruirte.
Con una frase basta, con un gesto.
Decirte que todo amor olvides,
Que el cuerpo, tu cuerpo,
No debe desear al mío porque mi cuerpo
Es sólo lo efímero, lo no deseable.
También recuerda:
Tendrás otro sexo para tu deleite alguna noche.
Tendrás aquel rostro acalorado
Descansando junto a tu mejilla.
Eso es lo cierto.
Por puro vano gusto nos mentimos.
Por pura casualidad coincides
En hacerme ver
Que no ansías el placer de los demás placeres.
Pero el tiempo exige ahora
El acariciar con dulzura tu espalda entre las sombras.
La inquietud de lo gozado, el cambio.
A veces, realmente, deseo buscarte y gritarte
Como a un cuerpo que se va a perder, que se va a ahogar.
La vida engendra a la noche infinita.
Y ese grito me dará otra muerte más
A la muerte de mis ojos.
Te buscaría entonces para rodearte de luz.
Un círculo del que no salieras ni vieras.
Pero qué lentitud se apoderaría de mí
Al no aceptar que también has de vivir
Que estás muriendo,
Como yo, como los otros.
Y no hay lugar tranquilo, ni un refugio
Para todo espíritu que arde.
Esperas al guía, lo sabemos.
Esperas ver el polvo de sus pasos en la calle.
No encuentras la verdad en sus quejidos.
El carro de la noche te ha arrancado el pensamiento,
El hilo tibio que desciende en tus mejillas.
Ahora has vuelto a las piedras del río.
Has regresado sin saber por la ruta de los viejos comerciantes.
Gustas de sus comidas, del olor de sus leños.
Ya te has perdido nuevamente.
Todo lo guía un dios. Respóndele.
Todo lo llevan sus miradas brillantes.
¿A ellos deseas acudir? Criatura del miedo.
Todos descansan en ti. Criatura que desprecia
El rumor del viento y la piel de ese niño.
La muerte que corrompe, la que hunde.
De la mente nace siempre su delirio.
Huye de ella, véncela. Tú, el inspirado, tú, vuelto por las flores a la vida.
La ciudad venga a sus débiles.
Cuéntate entre los humillados,
Entre los que respiran y persisten.
No eres nada de lo que crees ser.
En los muros las cruces, ninguna rama
Que te asegure el reposo. Pierdes el sentido.
Tan sólo un poco de esa luz y vivirás.
Tan sólo una palabra de sus cabellos cercanos.
Desespera, entrégate al olvido de tu vana presencia.
Los barcos se han hundido al fin.
Esa columna en tu rostro nada sostiene.
Eres libre, inmensamente triste sobre el polvo.
Tu visión ha sido un sueño, tu deseo de amor.
Mira los campos bajo los cuervos. El sol
Oscuro en el horizonte.
No te niegues al alba, allá vienen.
No te aferres a la flor acabada.
Todos los espíritus a tu alrededor.
Tú confiado, protegido por sus brazos.
Acércate, el silencio de las hojas son sus manos.
Vaga entre los puentes y los bosques.
La montaña gira cuando estás despertando.
No me ofrezcas tu vida, no me ofrezcas
El sabio cultivo de esas nubes.
Aleja tus pies sucios, estás podrido.
Concédeme un instante la verdadera contemplación.
Se oscurece la esfera de los vivos, otra se ilumina.
No has comprendido. Marcha el río.
Persigue esa corriente.
Respuesta de los Engendradores, los Procreadores a las plegarias de los hombres:
En todas las ventanas duerme el mundo.
Sólo en tus ojos despierta, al calor de tus manos,
Las señales.
Eso piensas es lo cierto
También te han hablado, es seguro,
Del cuerpo redimido sobre el mar,
Del venerable rostro en cada piel urdido.
La fatal codicia proviene de tu mente, entiéndelo.
El anhelado encuentro es sólo un sueño.
Aprende en lo que ves la verdadera ley:
La arena ha de cubrirlos algún día,
Bajo la piedra, su espinoso borde.
Y en realidad, más allá de esto o de lo otro,
Seguirán estando ahí, permaneciendo.
Saciando ignorantes la esperada lumbre.
Acaba ya con la brisa, esos hombres,
El aire te sigue con sus muertos.
Ellos respiraron. Ellos vieron.
Ellos caminaron sobre el pleno suelo fértil.
Estación de lluvia. Danza.
Estación de fuego. Danza.
Estación para las nubes. Llevar
Y alimentar los animales. Rosas a la derecha.
En torno al árbol. Danza.
Conocieron la humedad de la carne. El calor de la carne.
El olor. Las espaldas, las manos, esos cuellos
Moviéndose con el viento.
Sin buscar nada más. Buscaban el día.
Siembra de los frutos, siembra de la piel dorada.
La orilla del mar. El otro lado es cosa seria.
La noche es espléndida. Humaredas rojizas
Mientras se abre el cielo.
Juntáronse todos ellos, libres ya de las miradas de los pájaros
Su seno muerto de color violeta.
Frío su torso. Los jirones de su manto en las hormigas.
En su boca el escorpión prendado de las nubes.
Siembra de la piel dorada, siembra para la noche venidera.
La alcanzarás, estás muy cerca.
Serás honrado por los hombres.
Está lejos, la niebla te cegará.
Maldito serás para los hombres.
Los troncos se doblan, húmedos, en lo profundo de esta selva.
El tiempo cercano.
De uno de ellos fuiste parte. Parte de las flores.
Sangre derramada en la montaña.
A ellos te diriges. Edad tras edad. El viento.
Sombra tras sombra. El fuego encendido en el follaje.
Juntáronse y dividieron.
La luz del cielo. La noche del cielo.
El agua del río escoge la carne de sus muertos.
Poderoso el espíritu, suave voz en los oídos.
Alimentar al que nace y al que enferma.
Alimentar la tierra que alimenta. Amarillo el cenit.
Al paso de las mujeres. Los árboles moviéndose.
Un anciano desciende. Puñal para tus ojos.
Tres veces la luz. Tres veces el brillo sin verbo.
Tres veces la luz deslumbrante.
Mas no era el padre. Él dormía. Fuera de toda noche.
Soñaba. Fuera de todo día.
Nueve veces la sombra de tu cuerpo.
Comida y bebida para él. Ofrenda dulce para el fuego.
El canto antiguo debes comprender. En aquel canto de siglos, con toda tu atención, debes sumergirte. No pretendas conocer ya del desierto. Ellos han de retornar.
Lo que no es de la ciudad siempre es ceniza.
Los caminos, los puentes,
Hasta las esquinas que respiran
De la sombra de los niños son de fuego.
La curvatura de los cuerpos,
La basura, los insectos boca arriba.
Todo es la flama blanquecina y pura.
Las catedrales y los parques,
Aquellos jardines que albergaban
A las aves y las flores se vuelven a su forma.
También el cielo que cubre a la ciudad
Es un círculo oscuro consumido por el fuego.
Poetas, músicos,
Los hacedores de muros y edificios,
Los mendigos y las madres.
Los que caminan, los que duermen.
Ellos son de fuego.
Los árboles crujen silenciosos.
La materia es fuego en toda la ciudad.
Y los cuerpos amantes, verdaderos, no pertenecen a ella.
En este siglo de hierro. No.
Sigo el rumbo, la velocidad.
En la calle despierto, huelo sus casas.
Sus paredes. También tu cabello.
Podría haber sido gris entre las hojas.
Transformar todo en belleza.
Cada movimiento del cuerpo, el segundo.
Esa es la sagrada labor. Lentamente
Estremeciendo el tuétano de toda conciencia.
Allá va el infinito y gritarle.
Allá con su corriente helada de metal, su lengua.
No nos desviemos, me dirás de pronto.
Pero las nubes oscuras te desean.
Las nubes punta de labios, bordes de caderas.
Ellas están pendientes de tus palabras.
Es seguro que no tendré hoy tu cuerpo en mi cuello.
Vives extasiado por el presente.
Aparentemente no podrías pensar y ser preciso.
La verdad es lo contrario.
No recuerdo nada de la noche anterior.
Sólo la complacencia de llamarte a la distancia.
¿Realmente necesitas esos ojos brillantes?
Podrás vivir sobre la curva luz de sus dedos.
Un poco de piel, un poco de ese respiro.
La luna ausente y tu rostro.
Continuas llamándome, pero no importa.
Al tacto sería agradable empezar por tu mentón.
Tu paciencia es inútil sin la gracia
De lo que sólo se recibe en el silencio.
De ese modo la calle va quedando tras el vidrio.
No te preocupes por esa flor, está muriendo.
No te preocupes por el trayecto liberado. No hay mentira.
Es definitivo que la gente se alarme
Porque de pronto ven ante ese cuerpo su destino.
Para todas las horas polvo, para el resto de semanas.
Polvo ante la vista de los pájaros, los balcones.
Polvo en medio de murallas y automóviles.
Y con todo derecho reclaman el poder,
La duda que somete todo al hambre.
Ya no vivo en el mundo, soy los muertos.
Que enloquecen por tener siempre un lugar.
La agobiante espera te envuelve.
Esa es la hora para cada caverna.

martes, 8 de julio de 2008

Narración

5:37
Autor: José Luis Torres Vitolas

La niña bebió la taza de té y devoró su pan.
—Es tarde —su mamá señaló la entrada del callejón donde las luces de los postes empezaban a encenderse­—. ¿Ya has hecho la cama?
—Sí, pero, hoy no, por fa… Tengo mucho sueño.
—Ven… Es tarde.
Con cuidado, empezó a cepillarle el cabello.
—No te muevas.
—Es que me haces cosquillas.
—Solo falta un poco… Listo... Ahora tus labios.
Al terminar, su mamá la contempló un momento.
La niña se alejó.
Avanzó hasta la vieja puerta. Bajo la luz amarilla del poste se detuvo. Levantó un poco más su falda y esperó el primer cliente.
Oscurecía.


Ayer
Autor: José Luis Torres Vitolas

Él era un hombre sin peripecias. Su rostro limpio, impecable en todo momento, era el escrupuloso diario abierto de su vida.
Solía pasar el día a poca distancia de sí mismo, revisando siempre sus propios actos de soslayo. En ocasiones muy limitadas, algún suceso repetido, demasiado cotidiano, le causaba un poco de alborozo y su boca, usualmente desparramada, se llenaba de curiosidades.
Solo entonces se ponía a escribir. Cartas, en general. Y mientras la tinta corría como un hilo azul, se volcaba hacia el papel, hacia sus parientes, amigos, antiguas novias, todos ellos ficticios, con la única esperanza de convertirse, al fin, en un recuerdo.

martes, 22 de abril de 2008

Por: Miguel Ildefonso. "Otro par de vueltas por la realidad"

Otro par de vueltas por la realidad
Por: Miguel Ildefonso


“Vibro cuando la vehemencia aúlla. Y hacia el sur
cuando comience el nuevo verano sobre las costas del Pacífico
me iré unos miles de kilómetros hacia el sur,
me despediré nuevamente de lo que más amo,
me pondré mi chompa roja. Y me iré.”
Juan Ramírez Ruiz. Un par de vueltas por la realidad
.


Habiendo dejado para siempre Apolo, ahora sí el lugar de nunca jamás, cogí mi portátil mochila verde agua y me fui hacia el norte. Me vi en Trujillo, otra vez en la casa-minizoológico del poeta David Novoa. Me vi en Piura, conversando con el poeta Víctor Jara (homónimo del cantante chileno) y con la artista Carrera Lamadrid. Después me vi cruzando el puente Las Monjas, por el kilómetro 7 y medio, atravesando el desierto de Talara en la hora del sunset, hasta llegar a Tumbes y Aguas Calientes, la frontera. Aquel viaje me dejó unos poemas en el número 273 de la legendaria revista de Gustavo Armijos, La Tortuga Ecuestre, en un especial sobre poesía nor-peruana, con autores como Wilson Guevara, José María Gahona, Luz del Carmen Arrese y Stanley Vega Requejo, de quien me cogí de este su poema tipo Pavese para poder continuar mi viaje solitario:

Cuando llegue
La hora de partir
Jamás olvides
Colocar tu corazón
En la mochila

En cualquier aldea
Existe una linda muchachita
Esperando la llegada
De un forastero
Con los muslos tibios
Y acogedores

Por otra ruta, me vi en Huancayo, en el hostal Pasco de la tía Melesia, cerca de la estación de trenes; y en mi habitación me dediqué a leer el número 14 de la Revista de Literatura y Arte Cascadas, dirigida por Cirilo D. López Salvatierra. El sol frío reflejándose en los rieles y en la ventana, y la mulisa que venía de la calle, me acompañaban mientras leía la fábula El juicio del gallo y el pukupuku, escrita por Rita Amparo Orrego. También hallé un breve ensayo sobre el fatum de los poetas escrito por el lambayecano Nicolás Hidrogo, y El método wanka y la construcción de ecofábulas de Berta Rojas y Waldemar J. Cerrón. Muy interesante el artículo El realismo sucio en Huancayo de Isaac Lindo Vera, que venía acompañado de tres relatos: Claudia de Alberto Cavaría, Joyce de Flor de María Ayala y La desconocida de Cirilo D. López S. Y entre retamas camino a la laguna de Paca, me quedé leyendo estos versos de Carlos Mendoza:

Debían de haber traído una rosa

Nada más extraño que un pájaro volando hacia el sur
nada más extraño que una gaviota caminando en la arena
debían de haber traído una rosa para plantarla en
este papel y no tener que escribir estas líneas

Luego de tanto tiempo posponiéndolo, viajé a Iquitos, y pude llegar al Hostal Amor, libro de relatos de Cayo Vásquez, en una excelente edición de una colección de obras literarias de la amazonía, y que se distribuía gratuitamente, algo inaudito en nuestro país. Las historias de Cayo narran “un mundo oscuro que nadie quiere ver pero que todos quisieran disfrutar”. Su realismo tropical recoge con audacia una serie de personajes inolvidables: Loribet, Elmer, Zulema, Kike, Diego o Doña Erlinda. Y su destreza para fabular nos introduce fácilmente a aquellos espacios privados del amor pasajero: hostal Las Flores, hospedaje Detalles, El Dorado Plaza Hotel, hostal El Molino, hostal Manguaré y hospedaje Fantasía. El recurso de la ironía le permite dar consejos: “Para ligar una mujer de la selva nunca le preguntes esto: ¿Es verdad eso que dicen que las mujeres de la selva son fáciles? Sí que matas toda tu noche y no te liga nadie. Esa es una regla de oro. Puedes comenzar insinuándole que tienes una gran curiosidad, eso que las mujeres de la selva son seres divinos y sensuales, eso les gusta.” O también: “El año pasado habían pasado un reportaje en el programa Panorama del canal 5, donde hablaban de las chicas que se prostituían en Iquitos, ahí cayó mi amiga Leysi Jaramillo, ella aparecía bailando calata y borracha en la habitación de un hotel. ¡Hijos de puta! Casi le friegan toda su vida. El periodista vino haciéndose pasar por un empresario de plata, habló con la mayoría de cafichos, eso también suena mal, mejor les digo: negociador. Y como Segundo es el mejor negociador de Iquitos, le puso a su mejor chica, Leysi. Como en Lima les gusta el escándalo, y les gusta decir que aquí todas las mujeres somos putas, sacaron su reportaje con engaños. Hay que tener mucho cuidado con los que vienen de Lima.” Terminada aquella experiencia, me fui por el Amazonas hacia las tribus de Los Boras.
Más tarde llegué a Cusco, cuando también llegaba Cameron Díaz y su bellísima sonrisa. Me hospedé en el hostal Torcasa, y pasé noches, cansado de buscarla en vano, leyendo en mi cuarto número 6 el último número de la revista Sieteculebras. Veintidós números ya va editando el incansable Mario Guevara. Y luego de conversar con los pintores Mario Curasi y Víctor Zúñiga, y después de reencontrarme con un viejo amigo de mis viajes del 90 a Huaraz, el pintor Alex Córdova, me entregué a la lectura del poemario de Pasos Paz (o Carlos Sánchez), Espiga y humo, que obtuvo el Premio Regional de Cultura-Poesía 2004. Al terminar el taller de poesía que hice durante una semana a invitación de Carlos Sánchez (o Pasos Paz), me quedé con mi mochila, entre las verdosas piedras San Blas, y con estos sus versos:

Pasos lentos
Cual si se cayera
Tu voz
Ves
Los ángeles
No tienen alas
Sino
Pesado
Abrigo

Como el azul de arriba
Que se esfuma
Al atardecer de sus ojos

Deja de engañar…
Dime que es mentira
Aullido de luna
Entre follajes del mar…

Harapos de ese anciano
Que cruza su propia sombra

Llegué a Puno poco antes del amanecer, hice hora en la estación de buses, escribiendo unos poemas en mi cuaderno rojo. Luego me hospedé en un hostal que por el frío no recuerdo el nombre. Y me dediqué a leer, frente al lago Titicaca, el número 10 de la Revista de Arte y Literatura Apumarka, del Grupo Sur de Escritores Andinos, dirigida por Jorge Flores Aybar, en colaboración de Feliciano Padilla y José Paniagua Núñez. Leía ensayos de Ricardo Badini, José Luis Velásquez Garambel, Gloria Mendoza, entre otros. También cuentos de Christian Reynoso y Julio Chávez. Poemas de Boris Espezúa y José Paniagua. Luego me dediqué a la lectura del número uno de la Revista de Literatura y Otros Desvaríos La Rama Torcida, de Walter L. Bedregal, quien abre la edición con un polémico ensayo, La pecera o el reino de los pescadores del lago sagrado. Hay poemas de Luis Rodríguez Castillo, un cuento de Carlos Espinal B., y otros artículos de Javier Núñez y Francisco Hinojosa, inclusive un irónico decálogo para antologadores. Se publica una entrevista poco conocida a Víctor Humareda, el pintor nacido en Lampa. Antes de adentrarme en el lago cogí el libro de poesía de Darwin Bedoya, Yarume. Primera edad del silencio, editado por Lagoculto editores. “¿Qué es Yarume? ¿Yarume es, acaso, una novísima mañana, un mar de ausencias, un palacio en donde habitan las soledades más ásperas? De acuerdo a lo que se lee con el tacto y con los ojos vespertinos, Yarume viene a ser un pueblo o una ciudad real, un nuevo mapa dibujado en la agreste geografía del pensamiento, en donde los personajes son liderados por Oriel y en donde el tiempo pareciera desvanecerse en una profunda incertidumbre”, escribe en el prólogo Luzgardo Medina Egoavil. Entre las aguas, unos versos del libro de Bedoya se trasparentaban:

Hoy aquí nuestra mirada se confunde en el vacío

Sonidos en la noche
Resonancia del interludio
Es la estación que seduce con la misma elocuencia
Y permite que todavía estemos impecables
De cuerpo y remordimientos verdaderos
O un trozo de ala
Que pueda consumir los abismos de aquellos pasos
Aglutinados ahora mismo
A la risa del barranco aterciopelado
Límite con sinceridades falsas de toda realidad.

Ya de vuelta en Lima ─ la ciudad de las combis repletas de sardina y estentóreo movimiento de la sobrevivencia, con caramelos, chicles, cigarrillos, clavos en la garganta, y canciones con peine y tos ─ entre hostales fugaces, leía Desde la persistencia, antología de la agrupación Cultural Ave Fénix. Son “relatos forjados durante años de reclusión y vigilancia permanente al interior del establecimiento penitenciario del Régimen Especial ‘Miguel Castro Castro’”. Las historias empiezan con este contundente párrafo: “Como si una gigantesca mano me cerrara el paso me detengo, sin tocar aún la puerta, frente a mi casa. Todo parece en ella tan distinto, que hasta su espacio está como encogido en la noche, como si no existiera, como si yo tampoco estuviera frente a su pared de adobes, a su forma de antaño. Un punto en el inmenso terreno conquistado por emigrantes ayacuchanos peleando por un techo. Aquí he de reencontrarme con lo que amo.”
Después llegué al poemario de Bernardo Rafael Álvarez, nacido en Pallasca, Los bajos fondos del cielo. “Estamos ante una poética del lado sórdido y oscuro de la realidad. Pero que – simultáneamente – nos informa de una belleza contenida en él”, escribe prologando Róger Santiváñez. He aquí un breve poema:

Luz resbaladiza

Quién no ha untado
Alguna vez
La suela
De su zapato izquierdo
Con jabón
Y descubierto que
Dentro del hedor
También hay luz

Y finalmente abrí Anatomía de un vacío, de Paolo Astorga. Este poemario en Versión CD-Book, es una edición no venal, y abre un nuevo derrotero en las propuestas editoriales peruanas. “Astorga con este poemario va creando un gran inventario de sus visiones personales y cuestiona el mundo que lo rodea”, acota Augusto Rodríguez en el introito. Un poema como ejemplo:

Pucca (Fun Love)

Cenizas en mi boca derraman la tristeza de mi polo
Una foto en el poste y mi voz como una danza rota
Escondida en un cadáver a la moda

Y así termina este tour por la realidad y sus fantásticos seres que se encargan de reinventarla.

viernes, 21 de marzo de 2008

Publicaciones

Algunos indicios de la poética romántica en el poema Ecuatorial de Vicente Huidobro

Por: Sara Maricruz Bravo montenegro

El poeta chileno Vicente Huidobro (1893 – 1948) fue uno de los poetas impulsores de la poesía de vanguardia a través de la fundación del Creacionismo, movimiento que promovía la reacción contra las teorías imitativas de las artes (el arte debe imitar la naturaleza), iniciada en el Romanticismo.
Además de esta coincidencia del Creacionismo con el Romanticismo, se puede observar que algunas características de la poética romántica estuvieron presentes en la obra del poeta chileno, como veremos sucede con su poema Ecuatorial.
El poema, aunque es como una especie de collage, es decir, pareciera que estuviera hecho de “retazos” aparentemente sin relación, se va estructurando a partir de la repetición de símbolos que el poeta configura para darle unidad. Por ejemplo, hay símbolos como aves, nidos, banderas, aeroplanos que se van repitiendo a lo largo del poema y que le terminan dando consistencia a pesar de su fragmentariedad (*). En esta característica de la fragmentación estaría coincidiendo de alguna manera con la poética del Romanticismo, pues el poeta está tematizando lo fragmentario, no del lenguaje, pero sí del mundo que queda dividido por la guerra, lo cual se ve a nivel de significado y también a nivel de disposición gráfica.
A nivel de significado, el poeta combina palabras, frases, y oraciones, extrañamente puestos en contacto, imponiéndose en el poema un desarrollo que conecta, según relaciones aleatorias, componentes muy disímiles। Así, por ejemplo, dice:

Entre la hierba
silba la locomotora en celo
Que atravesó el invierno
Las dos cuerdas de su rastro
Tras ella quedan cantando
Como una guitarra indócil
Su ojo desnudo
Cigarro del horizonte
Danza entre los árboles

En relación a este ejemplo, podemos agregar, a lo expuesto anteriormente, que el poeta ha configurado el poema gracias a la libre asociación, a la imaginación sin ataduras, dándole unidad al poema con símbolos que se van repitiendo como dijimos anteriormente; estos símbolos no tienen referente en la realidad, pero sí referente intelectual, ya que el poema crea su propio mundo. En esta característica del poema está implicada la idea romántica de la imaginación como herramienta de conocimiento que transforma los objetos. Así, en el poema se transforman las máquinas humanizándolas, como por ejemplo en los versos:
Bajo la sombra de aeroplanos vivos
Los soldados cantaban en las tardes duras
Haciendo uso del mismo ejemplo, observamos que hay una expansión del concepto de belleza, pues los aeroplanos, y de manera más general aún el tema de la guerra, no son objetos que se puedan llamar “bellos” propiamente como para que sean utilizados al escribir un poema (como las palabras “cisne”, considerada bella y poética por sí misma según el Modernismo), pero el autor los utiliza para construir una metáfora que encaja muy adecuadamente en el poema.
Además de coincidir con la expansión del concepto de belleza de la poética romántica, el poema coincide con la idea de que la poesía es la única herramienta de conocimiento de la realidad profunda del ser, pues en él se nota que hay una visión del ser humano en búsqueda de una salida, tratando de escaparse de la guerra:

LOS HOMBRES
ENTRE LA YERBA
BUSCABAN LAS FRONTERAS

Obsérvese que la disposición gráfica ayuda a la significación, como lo dijimos anteriormente, pues las partes de la oración están escritas en diferentes líneas, y la palabra “fronteras” queda situada al margen o límite de la página. En relación a este escaparse de la guerra, podemos citar este otro ejemplo:

Y los santos en tren
buscando otras regiones
Bajaban y subían en todas las estaciones

Podemos decir, por lo tanto, que no solo el hombre común, sino incluso los santos intentan huir de la guerra, y su búsqueda es caótica, pues “Bajaban y subían en todas las estaciones”. En última instancia, los hombres, y también los santos, al intentar escaparse de la guerra, están intentando evadir la realidad, ya que en esta impera la muerte y el mundo está dividido, fragmentado:

Sobre el campo banal
el mundo muere
De las cabezas prematuras
brotan alas ardientes
Y en la trinchera ecuatorial
trizada a trechos
Bajo la sombra de aeroplanos vivos
Los soldados cantaban en las tardes duras

En estos versos podemos observar que el mundo se divide no solo por la línea Ecuatorial, sino también por la muerte como consecuencia de la guerra, por lo cual aquella se convierte en “trinchera”. Esta división del mundo por la guerra está representada también por la disposición gráfica, con espacios vacíos, separando una parte de otra de la oración.
Recalcando, entonces, podemos decir que a través de imágenes, el poema intenta llevarnos al conocimiento de la realidad recóndita del ser humano, reflejando de esta manera, y coincidiendo con la poética romántica, la idea de que la poesía es la única herramienta para conocer al hombre.
Ahora bien, el poeta va más allá: el destino de la humanidad es sucumbir, y en esto estaría coincidiendo con la concepción mística, también parte de la poética del Romanticismo, pues el poeta al ver el destino de la humanidad, se erigiría en una especie de profeta:

El niño sonrosado de las alas desnudas
Vendrá con el clarín entre los dedos
El clarín aún fresco que anuncia
El Fin del Universo

No podemos dejar de exponer en este trabajo, que así como la poética del Romanticismo propugnaba la libertad formal, en este poema Huidobro emplea el verso libre, de medida fluctuante, y la puntuación es suprimida para dar ambigüedad, aumentando la proyección semántica del poema. Sin embargo, debemos observar que el poeta no se aparta del todo del uso de la rima consonante, la cual es empleada en algunas partes de Ecuatorial, como por ejemplo:

Por todas partes en el suelo
He visto alas de golondrinas
Y el Cristo que alzó el vuelo
Dejó olvidada la corona de espinas

Por todo lo expuesto concluimos que en el poema Ecuatorial de Vicente Huidobro encontramos algunos indicios de la poética romántica। Así como la poética del Romanticismo promovía la libertad formal y la imaginación como herramienta de conocimiento, el poema está estructurado gracias a ambas, tanto en el fondo como en la forma, y en él el poeta se erige, siguiendo la concepción de los románticos, como un profeta capaz de revelar el futuro de la humanidad.
(*) La palabra fragmentariedad no la registra el Diccionario de la Real Academia Española, pero es usada en diferentes áreas del conocimiento como el Derecho y la Literatura. Debemos recordar que la RAE es solo una referencia en cuanto al uso de las palabras.

sábado, 12 de enero de 2008

Narración

Autora: María Neder

L A V I S I T A
En aquel momento le pedí besáme. Su mano tenaza caliente fue a mi cintura y con el otro brazo comenzó a presionarme la espalda hasta hacerme cimbrar, la mano de ese brazo se movió enloquecida rastreándome, llegándome al cuello y subiendo agazapada entre mi pelo. Había un impulso detestable, una urgencia rozando la belleza, porque mordía mis labios con la pasión no cotidiana, casi anclados los dos en la vereda y la gente caminando y el taxi habría pasado frente a nuestros cuerpos y su lengua buscando mi garganta en un ahogo maravilloso mientras la saliva me goteaba y su barba se dejaba humedecer y me achiqué en su cuerpo, acepté el abuso y me dejé y sus dientes tironearon hasta el último dolor insoportable, me temblaban las rodillas pero él estaba pisándome los pies para contener mi caída, la ilusión de no ver más, alguien lo había dicho antes y yo lo sentí, que había sido suya en todo momento, en el ahogo y la sangre brutal, volcánica, ya con baba y todo fue un mismo líquido. Alguien que habrá pasado frente a nosotros dijo mirá mirá. Neil se separó dulcemente y escupió mi lengua hacia el cordón de la vereda. Después buscó un pañuelo y me tapó la boca.Dos días antes Paul llegaba, de Francia, sin aviso y haciendo sonar el timbre del portero eléctrico en medio de un desayuno casi idílico, y sin exageraciones. Una sabe de qué halo se cubren las cuestiones de rutina para lograr tener tintes idílicos. Con semejante timbre desafinado yo me había asustado más que Neil porque últimamente nos perseguía la mala racha (dos días antes, a la misma hora, habían venido del Juzgado para entregar una citación). Paul tuvo que subir porque somos atentos, porque ni Neil ni yo sabemos decir no, porque qué bien Paul aquí desde tan lejos. Porque no sé qué mecanismos Paul estaba sentado en uno de los sillones tomando café y diciéndole a Neil que estaba acá porque yo había estrenado una obra de teatro y yo pensando qué mierda le habré dicho a este Paul y no recordaba y no hubo caso, aún no lo recuerdo. Aunque con seguridad debo haberle comentado en la única carta que le envié que mis planes, que una obra, que algo por el estilo. Neil sostuvo su cara de póker lo más que le da y yo inventé sonrisas y complacencias ridículas por alguno de mis mecanismos contradictorios. Neil se fue a la oficina y el dulce Paul nos invitó a cenar.Por la noche fue Neil, que aún con su muela ausente y después de un helado postodontólogo, eligió un buen restaurante a su gusto, dispuesto a comer como en su gran noche. Paul habrá gozado el buen vino pero olvidó su invitación y Neil desembolsó nuestros billetes. Después hubo café bohemio, buen regreso con promesas y planes para el sábado. Entonces Paul debe haberse sentido grande muy grande. Como sin querer suele una hacer sentir a cierta gente. Como sin querer le sale a una esa puta modalidad, tan puta sensual que brinda placer más placer al otro y ni siquiera se toma el tiempo de sentir lo asqueroso que resulta que un tipo como Paul esté gozando a costa de sus anfitriones. En algún momento me sentí molesta o invadida o exigida. En algún momento Neil no soportó a Paul. En algún momento Paul no soportó su papel de simple visitante, simplemente de paso e igualmente atendido por cualquiera de nosotros.El día siguiente fue sábado de Centro Cultural y galería de fotos, charla tonta e intercambio cuidadoso de chistes que no ofendieran demasiado nuestras nacionalidades. Hubo excelente música, como Paul no está acostumbrado en su pueblo, con caricias de Neil a mi pierna y de mi mano al cuello de Neil. Habrá -también- habido alguna mirada celosa y caliente de Paul a nosotros.Después del jazz y mi alegría musical hubo cena que Neil decidió aunque, por suerte para nosotros, Paul usó su tarjeta internacional. Y allí sí comenzaron los sablazos verbales. Paul traía deseo encima y entonces pensé que mejor aguantar ya que faltaba poco. También deseaba que Neil me poseyera con su mirada, como acostumbra a hacerlo en público y yo me mojo. Pero hubo corolario de café. Caminamos unas cuadras hacia la avenida, tal vez para sentir el sábado o la gente o para llenarnos de extranjeros noctámbulos. La noche no estaba ventosa. Daba gusto. Final de café con más estupideces en forma de palabras y Paul que se anima a dar su estocada espléndida: con los ojos brillosos, con toda su sonrisa atragantada, lo mira a Neil contándole que cuando yo lo llamé, no sé qué cosa.Mutismo es también brutalidad cuando no se dice lo que se tiene que decir. Por ejemplo mirar a Neil y sonreírle y recordar que es cierto, que algún día que en ese momento no sabía cuál yo había llamado a Paul por no escribir una carta, porque quería saber cuándo vendría, porque Neil y yo no estaríamos en la ciudad, porque la locura altera todo los renglones de la memoria y los mecanismos terrosos de Neil, y también los mecanismos de elección de ciertos minutos fatales, algo como un derramamiento de silencio, la locura natural o circunstancial que una no sabe, que una se piensa que puede modular palabra y no lo hace mientras mira a Paul y le dice sin decir qué mierda pretende con lo que dijo o qué mala leche le ataca y desde qué hora de ese maldito día. Pero no, sin palabras. Entonces Paul dice que se irá al hotel porque mañana debe viajar y si nosotros nos quedamos ahí, en el bar. Neil dice nos vamos y nos vamos los tres.Y en la vereda nos despedimos, paramos un taxi para Paul porque nosotros vamos caminando, le dijimos.El sonriente de Paul no había cerrado aún la puerta del taxi cuando Neil y yo comenzamos a caminar, lo tomé de la mano. Supe que hervía en imágenes por aquel llamado. No me gustó su cara pétrea. En aquel momento le pedí besáme.

del libro
ENTRE LOS HUECOS
Ediciones del Dock, Buenos Aires, 1994(LA VISITA fue premiado y publicado también en Antología Arcano, Bs. As., 1994)

Poesía

De: Pavese y Kodak. María Teresa Andruetto

Instante
Una turbulencia balancea
las barcazas. La luz pinta el aire
de amarillos y están cerradas
las viejas puertas. Nadie
en la pescara, ni las góndolas
lúgubres. En el puente de Canaregio
ni las de lujo ni el vaporetto,
sólo pequeñas barcazas
han pasado la noche entre los palos.
Allá al fondo, un hombre barre
la fondamenta de Ca laria. El resto,
nada.

Ahora que viene el tiempo de los pájaros

Ahora que viene el tiempo de los pájaros
y de los brotes en las ramas y la blancura
del almendro,
ahora que salgo al aire por las tardes
y riego plantas y veo cómo la tierra bebe
el agua,
ahora que se agitan las polleras
al murmullo de la brisa,
ahora que los niños conquistan el baldío
y construyen refugios y saltan vallas,
ahora que en el barrio las mujeres se sientan
a la sombra de los fresnos y toman mate
y hablan,
yo miro a cada instante hacia el Oeste, hacia
tu casa.

Primavera de l992.
In memoriam Clara Rut Crimberg.

Entre tus fauces

Río de lomo azul donde navego
con la cabeza otra vez contra
la orilla, devuélveme el resuello
y el talle que he tenido entre tus fauces;
y esta memoria que se lo come todo,
llévatela. Aquella niña calando
sandía en el patio y los amargos
granados abiertos, diamantes
de azúcar, llévatelos. Llévate también
a ese hombre de cejas espesas
y mirada viva que me ha mirado tanto.
Llévate los días, y el recuerdo
de los días, y la tarde en que se fueron,
y el abrazo. Muchas veces Caronte
me pidió que entregara la dádiva,
y yo la di, y los subí a la barca,
y los empujé hacia el agua
que hace sombra.Vuelve siempre
un camino de cipreses y el crujido
de mis pasos en la arena. Vuelven
los que trazan la huella de los días
y reclaman: Mira hacia arriba.
Y yo por el cielo,huérfana, buscando
el Caprino, los Gemelos, un recuerdo
de agua azul sin alimañas. Mira
hacia arriba, dicen, y yo en tus fauces
otra vez, contra la orilla.

De artes y oficios: Delia Pasini
Stabat Mater
La madre con el hijo expuestos tras un vidrio
preservan su eternidad. Los ojos ya no ansían
el aliento del mármol, ni recorren los dedos
sus pliegues interiores. Anónimo viajero,
su voz desaparece en ecos al unísono.

No es necesario llegar ante esa puerta
para abandonar toda esperanza.

Chillan los ojos de quienes ya perdieron
los sonidos. Abrazados a huesos que aún
respiran, esperan el alimento de la muerte.

Agónica tierra sembrada de codicia.
Bocas vacías de estupor, papando moscas.
Más próximo el dolor, igual ajeno.

Tantos son los que yacen sin regazo
sin una lágrima que pueda recordarlos
siquiera ojeras bajo los párpados
soberbios de obstinación, al trocar
la aflicción por la condena.

Ella extendía un blanquísimo lienzo
salpicado por dos gotas de sangre.
La piel cetrina se demoraba en sombras
en tanto el valle resplandecía en verdes
después de la tormenta.

Acorralan al río con sus mañas,
titilan las luces sobre el hormigón,
lo reflejan en yermo.

Un país es sus costumbres y sus miedos.

La figura inclinada sobre el banco de piedra,
cubierta su cabeza con el manto,
las manos aleves contra el aire
acunan los labios su reposo.

Caen los peces.
Se hinchan sobre el barro.
Su hedor se mezcla con el de la ciudad.
Crujen las fachadas contra las
casillas de chapas y cartón.

Someter y despojarse forman parte
de la razón y el desatino.
La mueca complaciente se hunde
en el rictus de quien celebra su agonía.

De Zoología del conejo: Cecilia Romana

DOS O TRES COSAS ACERCA DE ÉL

Me limpio la suela en el borde del cantero. Hice
dos cosas inexplicables. La primera: decirle a mi amiga
que se parece al personaje de McCullers ¿Por qué?,
pregunta ella con toda razón. No sé. Por lo alta, quizás,
porque tiene esa manía de estirarse la camisa para
esconder los pezones ¿Por qué?, vuelve a preguntar.
Porque le incomoda ser mujer, supongo. O porque
sabe que los hombres son todos unos cerdos.

Mick –a ella me refiero-, tiene doce años. Compra
cigarrillos a escondidas. Cuando habla, se aplasta
el flequillo con el puño cerrado. Escribió en un muro:
Edison, Dick Tracy, Mussollini. Después,
en el primer lugar agregó a Mozart ¿Y en qué nos
parecemos?, pregunta mi amiga. Qué sé yo,
en que las dos usan pantalones de tiro bajo.

Desmontamos el puesto. Los libros grandes en el fondo,
los medianos arriba... Qué bien si yo pudiera
catalogar mi amor así de fácil. El sol
se adhiere como una sábana al último piso de la
biblioteca. Él se acerca: remera negra, zapatillas
Lotto. Cargado de hombros, se entiende,
por la edad. O porque sería mucho que
además de buen narrador fuera también atlético.
Él no usa cinturón, salvo en casos extremos.

En realidad son tres cosas, no dos las inexplicables.
Sumémosle a la primera que pisé caca de perro y debería
retroceder en mi aseveración de antes: no todos
los hombres son unos cerdos. Él, de hecho, usa anteojos,
señal de que, en algún sentido, no anduvo por la
calle apedreando a otros muchachos. Apostaría mis
suelas a que es limpio, ordenado y se duerme boca arriba.

De: Mientras duerme el inocente Ana Guillot

1

Clama la encrucijada de la noche
y el cielo es apenas
el rostro angular
de una escena que ocurre en otra parte

Alguien juega a los dados
(ya se sabe)

y uno es siempre entonces
un hombre desnudo
que se esconde
del sortilegio final

Alguien juega a los dados
y el infinito se compacta
en un destino individual

Alguien juega a los dados
y el compás
dibuja los contornos
de ese hombre ahora

mientras, el inocente duerme
y ensueña música
como si el universo pudiera reducirse
a la armonía posible
de los otros

Alguien juega a los dados
y empuja el número
la cifra que siempre nos define
la herencia de agua y de sangre
la suma de destierros

Alguien juega a los dados
(ya se sabe)

/ ¿con ironía? ¿con celo?
¿con tristeza?/

Desciende en la encrucijada de la noche
una estrella feroz
mientras, el inocente duerme

3

Porque sólo el ojo recorre la cifra
y reconoce al hombre
que será

porque sólo el ojo ha de reconocer
antes que nadie
dónde se ha de partir el cáliz
cuándo las lágrimas seccionarán el vientre
cómo ha de nacer magnolias también alguna vez

Porque sólo ese ojo abierto y metálico
descifra el código del agua
o el mínimo temblor de la semilla

porque sólo ese ojo perpendicular al mundo
define el nombre oculto
en la madera hostil del ataúd

Ha jugado a los dados
/ ¿con infinita paciencia? ¿con malicia?/

Avanza ahora el dedo
y la cifra revela la presencia
de un puente entre dos mundos

duerme el inocente, sin embargo